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OPINION DEL LECTOR

Una vez fui emigrante y no me sentí extraño

Una vez fui inmigrante. Salí de mi tierra y aterricé en tierra extraña donde lo más común se volvió diferente. El idioma, la gente, la cultura, el clima, la alimentación... Hasta las estrellas eran otras en aquella lejana tierra y cuando buscaba el norte, no encontraba la estrella polar; simplemente, no estaba allí para guiarme.

Una vez fui inmigrante. Y me sentí diferente, extraño, extranjero. Realmente lo era. Todo lo que conocía me quedaba muy lejos, mi familia, mis amigos, mis fiestas de La Blanca, mis bares de costumbre donde tomaba unos cacharros con los colegas, la comida de casa.

Una vez fui inmigrante y encontré una gente que me acogió de brazos y corazón abiertos; una gente a la que no importaba que el color mi piel fuese distinto al suyo; una gente que no me veía con ojos de desprecio ni de miedo; una gente que compartía conmigo su cultura y se interesaba por conocer la mía.

Una gente admirable que se volcaba en atenciones y privilegios hacia mí simplemente porque venía de lejos; una gente que aguantaba con paciencia infinita mis meteduras de pata, debidas a mi incomprensión; una gente que me demostró que se puede vivir en cualquier parte del mundo y sentirse como en casa.

Ojalá algún día, nos parezcamos a esa gente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 29 de marzo de 2004