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Reportaje:MATANZA EN MADRID | El tanatorio

El lento cortejo hacia el pabellón 6

Algunos familiares prefieren ver los cadáveres de sus allegados en lugar de identificarlos mediante fotografías

Fue uno de los primeros cadáveres identificados, pero en todo el día nadie había preguntado por Enrique García González, un dominicano de 29 años, porque no iba en ninguno de los trenes que sufrieron el atentado del jueves. Hasta aquella misma noche su familia no reparó en que el transbordo en la estación de Atocha para ir de Móstoles a Pinto podía haberle costado la vida. La ausencia de noticias les alarmó y las listas de víctimas que se manejaban en Ifema confirmaron la terrible sospecha: Enrique García murió en el andén. "Lo hemos identificado nosotros mismos nada más llegar", explicaba su cuñado, Miguel Antonio Calderón, en el recinto ferial de Ifema, donde se llevaron todos los cuerpos, incluidos los de los fallecidos en los hospitales.

Pabellón 6

Sin embargo, el proceso de identificación de los 192 cadáveres, que formaban hileras en el suelo del Pabellón 6 del citado recinto, no fue tan sencillo en la mayoría de los casos.

A la una de la madrugada de ayer comenzaron a llamar por megafonía a los familiares, que esperaban desde la misma mañana de la tragedia, para reconocer los cuerpos. A cada víctima se le habían tomado dos fotografías de detalle: una mano con un anillo, un tatuaje, un pendiente... Cualquier cosa que pudiera servir para que un allegado identificara a su ser querido.

Un proceso muy lento

"Está siendo un proceso muy lento. Muy pocos familiares entran a reconocer a las víctimas personalmente", explicaba Miguel Ángel Rodríguez, portavoz de Cruz Roja Española

. La entrada en el Pabellón 6 se evitaba a toda costa. Psicólogos y trabajadores sociales trataban de ahorrarles ese mal trago a las familias. Muchos de esos profesionales habían pasado parte de la mañana entre las bolsas semiabiertas y los cuerpos incompletos que se custodiaban en el pabellón. De algunos sólo se conservaba una mano. "Sin embargo, cuando les comunican el hallazgo de los cuerpos sin vida de sus familiares, hay quienes insisten en que se los enseñen porque no se lo terminan de creer", aseguraba el portavoz.

Los cerca de 100 miembros de la Policía Científica, junto a los 80 forenses que se turnaron para realizar las labores de autopsia e identificación, no quisieron que hubiera ningún error. La traumática experiencia vivida tras el accidente del avión Yakolev 42 en Turquía, según comentaron algunos de los facultativos presentes, les hizo avanzar con pies de plomo, repasar las pruebas y realizar análisis más complejos cuando era necesario.

Identificar a las mujeres fue más dificultoso. Frente a la facilidad con la que se encontró la documentación en los bolsillos de los hombres, la mayoría de las mujeres perdió su bolso entre los amasijos del tren.

Además, la precaución de los psicólogos de retrasar el reconocimiento de los cuerpos, mientras se recomponía el ánimo de los familiares, hizo que se dilatara durante horas el proceso.

Apoyo psicológico

"Depende del estado de los familiares y de cuántos sean. Desde el momento en que no aparecen en ninguna de las listas, comienza el apoyo psicológico y la intervención de la Policía Judicial para recabar información que ayude a encontrar los cuerpos. Hasta mucho más tarde no comienza su reconocimiento", añadía el portavoz de Cruz Roja.

"Nos hemos enterado a las 23.15 de que mi sobrina Miriam estaba en el pabellón seis", decía María José Rivero. "Han entrado mi sobrino y mi hermano para identificarla. Con 25 años, sólo llevaba casada tres meses. Una pena. Murió en el primer tren cuando iba a trabajar con otra compañera que sólo sufrió heridas. Mi sobrina se llamaba Miriam Rivero", se lamentaba.

El lento desfile hacia el Pabellón 6 impidió que hubiera una explosión de dramatismo. Cristóbal Sánchez, portavoz de Solidarios, que movilizó a casi un centenar de sus cooperantes, aseguró: "Ha habido menos trauma e histeria de la que se esperaba. La gente se aferra a la más mínima esperanza y eso los mantiene contenidos. Tan sólo hay algunas explosiones puntuales".

Las largas horas de espera sin noticias de los que todavía se consideraban desaparecidos fueron más llevaderas gracias a la presencia de una legión de psicólogos y trabajadores sociales que arropaban por parejas a cada una de las familias. Entre ellos, otra víctima del terrorismo, Irene Villa, mutilada en un atentado en octubre de 1991.

La muerte más dolorosa

"Estamos para apoyar a la familia durante todo el proceso", explicaba Juan Cruz, otro de los psicólogos. "Ésta es la muerte más dolorosa que pueda existir porque no tiene justificación. Es el tipo de duelo más problemático. El dolor está servido. Te encuentras a la gente conmocionada, con ansiedad, depresión o mutismo. Sólo podemos ofrecer el hombro, saber escuchar y abrazar si eso es preciso".

Pero no todo el mundo encontraba consuelo. Una mujer, que había viajado a Madrid de vacaciones, perdió a toda su familia. Todos decidieron visitar la estación de Atocha, pero ella prefirió quedarse en el hotel. Ayer, tras confirmar la muerte de todos sus allegados, trató de tirarse por la barandilla de uno de los pabellones del recinto de Ifema.

¡Que los quemen!

Aunque algunos consiguieron dormir unas horas tendidos sobre los sofás y cubiertos con los cientos de mantas que los voluntarios fueron proporcionando, a medida que avanzaba la noche y los familiares pasaban por el Pabellón 6 e iban reconociendo a sus parientes, los gemidos y los lamentos se transformaron en alaridos desgarrados de dolor. "¡Yo no puedo, yo no puedo! Mi hijito, mi hijito. ¡Canallas!, que los quemen como han abrasado a mi hijo, que no se lo ha llevado Dios", el grito de una mujer traspasaba las paredes de los pabellones.

Puerta norte

A las tres, a las cuatro, a las cinco de la madrugada, todavía continuaban entrando y saliendo familiares por la puerta norte de Ifema. Muchos de los que por la mañana dejaron en manos de la Policía Judicial las características físicas de sus familiares, regresaban tras haber recibido la más dolorosa de las llamadas. Las escenas de nerviosismo, ansiedad y desasosiego de la entrada contrastaban con el abatimiento de quienes salían tras haber confirmado los peores presagios. El actor Jorge Sanz, que había pasado parte de la mañana anterior tratando de localizar a un familiar en casi todos los hospitales, fue uno de los últimos en salir del recinto ferial tras horas de espera, acompañado de una mujer.

84 cuerpos sin nombre

A las seis de la mañana aún quedaban 84 cuerpos por identificar en un recinto ferial convertido en una improvisada morgue. De los 199 muertos contabilizados, un centenar ya habían sido reconocidos y partían en los coches fúnebres camino a los tanatorios elegidos por sus familias: tanatorio Sur y M-30 de Madrid, el de Alcalá de Henares, Leganés, Aranjuez y Guadalajara, entre otros.

Cámaras sobre el dolor

A las nueve de la mañana las cámaras de televisión ya han comenzado a llegar de nuevo a la morgue. Los efectivos del Samur sacan a una mujer, familiar de una de las víctimas, en camilla. La mujer va desfallecida, con los ojos semicerrados: han tenido que suministrarle oxígeno y tiene la cara desencajada. Los familiares que han pasado toda la noche están arropados por mantas y su cara refleja el cansancio y la incertidumbre de no saber todavía si las personas que han venido a buscar están muertas. Otros, han ido y han vuelto. "Hola, ayer ya estuve", dice una mujer, con resignación, al policía que hay en la puerta. De vez en cuando, se oyen de fondo gritos desgarradores. Un sacerdote acude a atender a las familias.

Globos de propaganda

Ifema no cerró ayer sus puertas, y durante toda la jornada los familiares de las víctimas se mezclaron a la entrada del recinto con pandillas de adolescentes, exhibidores y público de dos ferias activas en los pabellones 10 y 9, justo los dos contiguos a los que alojaban a los familiares y la inmensa morgue. Una feria era sobre educación y la otra sobre salud dental. De ellas salía público con propaganda vistosa como papeleras azules, grandes bolsas amarillas y globos naranjas.

La tragedia, por países

Las salas de espera de los familiares se fueron nombrando en torno a las nacionalidades de las familias que esperaban noticias. Así, la 10.01 era la sala Rumania, junto a la sala Ecuador y la sala Colombia, según detalló George Gainar, presidente de la Asociación del Pueblo Rumano de Alcalá de Henares, donde viven más de 10.000 personas de esa nacionalidad. "Estar juntos los rumanos en la misma sala reconforta a la gente", explicaba Gainar. El Consulado de Rumania confirmó dos fallecidos de ese país. El cónsul de Rumania bajó personalmente a la morgue a identificar a una mujer por medio de una foto. Otras 12 familias rumanas permanecían sin noticias de los suyos.

"No tenemos cadáver"

"No hay perdón son unas alimañas", grita una mujer. Ha perdido a su hija Begoña Martín Baeza, de 25 años, recién casada. Ha tenido que prestar muestras de ADN porque el cadáver de Begoña ha quedado irreconocible. No hay cadáver. "No vamos a velar nada porque no tenemos cadáver que velar", dice la mujer, con la mirada perdida. El marido de la víctima, David, de 30 años, intenta mantener el aplomo. Es mediodía, y a Ifema ya sólo llegan familias cuyas víctimas se encuentran entre las más irreconocibles.

Algunos saben que sus seres queridos están en la morgue, pero deben esperar a que los análisis lo hagan oficial. "Llevamos 35 horas esperando a saber algo, de un lado a otro. Los terroristas no tienen perdón de Dios". La policía encontró algunos objetos personales de Begoña en uno de los trenes. Viajaba sola desde Azuqueca de Henares, hasta San Sebastián de los Reyes. Murió en el atentado del Pozo del Tío Raimundo.

Los últimos sin nombre

Ultima parada: Ifema. La familia de Ángel Pardillos Checa, funcionario del Banco de España, lleva en pie desde la mañana del jueves. Ha recorrido todos los hospitales hasta llegar a Ifema, y aún tiene para largo, según les han informado. Ángel no aparece. Llevaba chaqueta marrón y pantalones grises. "Y bigote, y una maleta para llevar todos sus achiperres", cuenta su cuñado Paco. "Nos han dicho que hay cadáveres que aún van a tardar una semana en reconocer. A lo mejor tenemos que esperar otra semana", explica. Entrada la noche, con toda España en la calle contra del terrorismo, Paco y los suyos siguen en Ifema sin saber nada. Anoche quedaban aún 46 cuerpos sin identificar; 20 de ellos necesitarán pruebas especiales antes de que sus familias puedan llevárselos.

Con información de Patricia Ortega Dolz, Soledad Alcaide, Susana Hidalgo y Pablo X. de Sandoval.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de marzo de 2004