Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

El hábito

Quisquillosos, gruñones, torpes son adjetivos que se adjudican a los mayores, pienso que con toda justicia. Y también el instinto de defensa genérico con el que intentamos defendernos y buscar protección ante lo que no podemos asumir. Conforme se avanza en la vida -ha sido hartamente dicho por otros-, tener más años no quiere decir ser mejores, ni custodiar mayor sabiduría, sino, simplemente, somos más viejos, le damos valor a ciertas cosas, se lo hurtamos a otras y sobrevaloramos las formas y las fórmulas. Es otra precaución para transitar siempre por terrenos familiares, sirtes predecibles entre las que la sorpresa queda descartada. Por eso los ancianos rechazan la novedad que viene envuelta en ropaje desconocido, sin la certeza de que pueda ser bien entendido lo por venir. Los mayores se aferran a sus costumbres para sentirse seguros. Aman los vestidos viejos y cómodos por temor a que las nuevas costuras les levanten llagas. Comen poco y beben menos ante el premonitorio gatillazo de las fatigadas vísceras. En cosas semejantes pensaba la otra noche cuando la generosidad de unos amigos me llevó a un recordado restaurante, de los que ya nuestro Madrid dispone con variedad, y al que mis actuales finanzas impide frecuentar. El mismo ambiente de antaño, los mismos camareros de cabeza encanecida y movimientos menos ágiles, con intactos modales respetuosos y al tiempo cordiales. Un ambiente resguardado en el transcurso de los años, luces matizadas, moqueta tranquilizadora, paredes enteladas que absorben el rebote de las voces humanas y el trajín de platos y cubiertos.

Aunque no está escrito en parte alguna, los parroquianos conocen la norma que impone la chaqueta y la corbata para ellos, las señoras siempre o casi siempre van arregladas y bien vestidas en estas ocasiones. En remedio de posibles olvidos o despistes, hay un breve surtido de corbatas que al final deben devolverse. Es algo frecuente en España y por ahí fuera. De acuerdo con esas convenciones, la clientela procura seguirlas porque, en el fondo, agradan las cosas que suponemos especiales, como si estuvieran hechas exclusivamente para nosotros o para un grupo muy restringido. A la mayor parte de la humanidad le encantan los privilegios, por mezquinos que sean. Pues bien, esa noche, precedido por una hermosa mujer, bien vestida y maquillada, entró un individuo gigantesco, de cabello blanco, enrojecida tez, ropa cara y gestos de persona habituada a esos lugares de lujo. Tomaron asiento en la reservada mesa cercana y no pude evitar una sensación de malestar, porque aquel ciudadano no llevaba corbata -pese a que estamos en invierno y el adminículo no resulta agobiante- y, por contra, al cabo de unos minutos, quizás debido a su naturaleza sanguínea, se despojó de la chaqueta, que colgó en el respaldo de la silla. Sin preocuparse por el elevado tono de su voz, despachó con el maître un acertado menú y trató brevemente con el sumiller el asunto de la bebida. Como aperitivo, un botellín de cerveza que, con gran desenvoltura, bebió del gollete. Nada me pasaba inadvertido, pues los tenía enfrente y me dio la sensación de que aquel hombre proclamaba largo trato con los ladrillos y los banqueros. Allí estaba, vulnerando las normas que los demás acatábamos, singularizándose entre la tropa masculina y reclamando implícitamente la atención de todas las miradas. Era como entrar revestido de pontifical en el bar de alterne de una carretera comarcal. Comenté discretamente con el camarero lo que saltaba a la vista. "Qué quiere usted. También nos fastidia a nosotros, pero nada podemos hacer porque el propietario ha dado órdenes de que no se rechace ni contraríe a nadie". Estiró los puños de la camisa bajo el impecable frac y lanzó al comensal una disimulada y desdeñosa mirada de desprecio. Al dueño y heredero apenas se le veía el pelo por allí.

Pienso que esa condescendencia sea perjudicial para este tipo de negocios, cuyos altos precios se mantienen precisamente porque las buenas maneras parecen complementarias de los buenos fogones. Va incluida la obligatoriedad de conservar unas apariencias, si quieren ridículas y desfasadas, pero que contribuyen a que no se discuta la factura. Hoy se come bien en muchos sitios donde el aspecto de la parroquia, la indumentaria de los camareros y lo que hay encima de los manteles cede el paso a lo que sirven dentro de los platos. El conjunto de todas esas cosas requiere cierta armonía y el hábito ya lo creo que hace al monje, al menos mientras lo lleva puesto. La cosa no tiene mayor importancia, ya les dije que iba invitado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de marzo de 2004