Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:

La segunda muerte de Manuel Ríos

El asesinato de la novia del hincha del Depor apaleado en Santiago reaviva las especulaciones sobre el caso

Manuel Ríos Suárez murió a los 31 años el 7 de octubre de 2003 en una pelea en el exterior del estadio de San Lázaro de Santiago, al término de un partido de Copa entre el Compostela y el Deportivo. El pasado miércoles día 25, cuatro meses después, su compañera Clara Castro fue asesinada en su piso de Cambre, en los alrededores de A Coruña. Dos muertes violentas en distintos lugares y en circunstancias casi opuestas, pero evidentemente relacionadas. Las investigaciones pretenden establecer hasta qué punto.

La versión oficial y definitiva de la muerte de Manuel Ríos confirmó que el seguidor del Deportivo murió apaleado al interceder por un adolescente compostelanista ante hinchas de su propio equipo. Dijo algo así como "os estáis pasando con ese chaval" y fueron a por él. Una vida que transcurrió ciertamente por caminos marginales y que se había redimido en el último momento.

El suceso provocó riadas de análisis sobre la violencia en el fútbol y de indignación sobre sus protagonistas, hasta el punto de que Riazor Blues, una peña hasta entonces caracterizada por utilizar más la cabeza que los puños, optó por autodisolverse. El presunto culpable, Gabriel Rodríguez Pérez, Gabi, dirigente de Los Suaves, la facción violenta de Riazor Blues, se entregó a los dos días y está desde entonces en la cárcel. A la espera del juicio, el asunto languideció -la memoria de Manuel Ríos todavía espera la calle que prometió entonces el Ayuntamiento de Santiago-. Hasta que pasó lo de su novia.

Las primeras conjeturas de la muerte de Clara Castro Loehmann, nacida hace 38 años en Bata (Guinea Ecuatorial), apuntaron al móvil de la testigo silenciada. Pero la compañera de Ríos, que estaba presente el día de la muerte de su novio, no había inculpado a Gabi, y las circunstancias en las que falleció señalan más bien a una disputa que acabó mal. El cuerpo hallado en el piso en el que habían vivido ambos, en el número 5 de la plaza Miguel Ángel Blanco, en el barrio de O Temple, tenía dos cuchilladas mortales y otros cortes previos, fruto de un forcejeo.

A las ocho de la mañana, los vecinos de los pisos superiores oyeron gritos pidiendo socorro y avisaron a la Guardia Civil. Nadie abrió a los agentes cuando llamaron a la puerta. Tres horas después los avisó de nuevo el matrimonio que vive en el piso de al lado, José Palacios Seijo y Dolores Ares, que vieron que la puerta llevaba entornada un par de horas. El asesino, que estaba dentro cuando llamaron los agentes a la puerta, se había olvidado de cerrarla al salir. "Creo que la primera vez no entraron porque no tenían orden judicial, y además, no les extrañó tener que venir, porque los vecinos llamaban cada dos por tres por los escándalos", cuenta Dolores. "Tocaban nuestro timbre a las tantas de la madrugada, y yo estaba harto de decirles que Manolo no vivía allí. La noche anterior todavía llamó uno a las doce preguntando por Clara", concreta su marido.

Vecinos y fuentes de la investigación recurren a todo tipo de eufemismos para no acusar a la pareja de trapichear con drogas. En ambientes judiciales señalan que ella tuvo un par de condenas menores, "una de seis meses por tenencia de cuatro o cinco gramos de hachís. Era a principios de los 80, cuando ponían las mismas penas por heroína que por hachís, así que la gente que iba con Clara, como el Bombero u Olímpico, que murieron de sida o sobredosis, se dedicaron al caballo. Ella se salvó por los pelos de ir a la cárcel", recuerda un abogado entonces habitual del turno de oficio.

La trayectoria de Manuel fue similar. Nunca tuvo un trabajo legal, aunque un vecino del barrio coruñés donde nació lo definió cuando falleció como "un buen chico, muy educado y muy formal a su manera". "Siempre se movió en el mundo de la droga. Una temporada le pagaban en especie por transportar joyas para fundir", recuerdan quienes le trataron en los juzgados. De hecho, el día que murió, el nombre de Manuel Ríos Suárez figuraba en un mandamiento judicial que no llegó a ejecutarse. Su autopsia reveló la existencia de cantidades elevadas de cocaína, además de un hígado deteriorado que no soportó el golpe que le propinaron.

Fuentes policiales, que dan por completamente cerrado el caso Ríos, reconocen que la pareja tenía deudas pendientes en ese círculo de la droga. Instancias menos oficiales afirman que ella las acrecentó cuando se quedó sola. "Como era la coleguita de Ríos, le fiaban, pero le llegaron a fiar demasiado", aseguran. En la búsqueda de cualquier indicio que lleve a localizar al autor o autores del crimen y sus motivos, la policía judicial de la Guardia Civil lleva días analizando el piso de la pareja, y ha llegado a precintar 88 contenedores de basura para rastrear pruebas. El juez que lleva el caso prohibió que los restos de Clara fuesen incinerados.

La Guardia Civil, en sus comunicados oficiales, afirma que contempla todas las hipótesis, e insiste en no desechar la de que las dos muertes estén relacionadas. Eso supondría que Manuel Ríos murió en las inmediaciones del estadio de San Lázaro, pero quizás la violencia que lo mató no la ocasionó exactamente el deporte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 29 de febrero de 2004