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Crítica:LOS NUEVOS

El rechazo al olvido

Tiempos complejos para los narradores noveles. En sus vidas se instala el debate viciado por la realidad de nuestros días: el deseo de fama y dinero o, simplemente, el gusto por contar lo que llevan dentro. Alberto Méndez, Marcos Rebollo y Rubén Correa han optado por la segunda opción. El primero, con 63 años, rescatando del olvido la Guerra Civil. El segundo, rehabilitando la memoria de un padre humillado. El tercero, denunciando la corrupción que envuelve a los políticos argentinos.

Frente al afán de tantos jóvenes autores, deseosos de publicar, cuanto antes, sus primeros escarceos literarios, y la impaciencia de otros, ya con la juventud en el diván, que no quieren irse de este mundo sin ver su nombre en una portada, se agradece esa tercera vía, poco transitada hoy, de quienes no aparecen en la palestra pública, hasta asegurarse de que su oficio literario está maduro. Sigilo o acaso pudor, lo cierto es que esa vida preliminar, dedicada a forjar un material verbal que no sea hijo del mercado o de la moda, sin ser garantía de excelencia, al menos acredita una firme determinación a favor de la literatura, considerada un arte de sentido, no un cúmulo de anécdotas que trenzan una historia programada, mil veces leída.

En otras ocasiones se ha deplorado, en esta misma sección, la disminuida exigencia con que los nuevos autores certifican su valor literario y la lamentable generosidad de algunas editoriales para darles cabida en sus catálogos. Por suerte, hay excepciones, aunque la nutrida concurrencia de libros de débiles propósitos, tan pertinaz, parece una tendencia fatalmente contagiosa. Si el ocio, la curiosidad, o algún extraño lenitivo, impusiera la lectura única de primeras obras, no quedaría otra opción, para seguir respirando, que desertar de la literatura.

Una excepción admirable, por tanto un aliciente inesperado que corrige el chasco general, es el primer libro de Alberto Méndez (Madrid, 1941), Los girasoles ciegos, una serie de cuatro relatos sobre la derrota, con el horror de nuestra Guerra Civil como origen de la calamidad. Las historias, datadas en los años que van de 1939 a 1942, conforman una única tira trágica, con ecos de unas a otras, repeticiones y engarces que arman un friso narrativo y articulan el carácter unitario del libro; Alberto Méndez concede a cada relato su singularidad, pero sólo el conjunto instaura su sentido, que no es otro que admitir la labor del duelo, según el epígrafe de Carlos Piera que abre el libro: "El duelo no es ni siquiera cuestión de recuerdo: no corresponde al momento en que uno recuerda a un muerto, un recuerdo que puede ser doloroso o consolador, sino a aquel en que se patentiza su ausencia definitiva. Es hacer nuestra la existencia de un vacío".

Los girasoles ciegos se publica en un momento en que la memoria histórica de este país, impulsada más por organizaciones ciudadanas que por instituciones públicas, se encuentra empeñada en recuperar y dignificar a las víctimas del bando derrotado, enterradas en las llamadas "fosas del olvido". A la vez, con distintos enfoques, han ido apareciendo novelas que tematizan este olvido: Soldados de Salamina, de Javier Cercas; La voz dormida, de Dulce Chacón; Las trece rosas, de Jesús Ferrero. La novela de Cercas pone un aura de consolación en los vencidos que transfigura la derrota en victoria moral, un bucle sentimental que decora la tragedia; Chacón exalta el sacrificio de las mujeres republicanas, y honra su condición de mártires, algo no muy distinto del trato de los vencedores con sus "caídos"; Ferrero, sí, se aproxima al mito, la tragedia y el duelo. Ninguno llega más lejos que Alberto Méndez. Los girasoles ciegos posee la impronta y el delirio de un libro pensado durante toda una vida; cada línea se registra como si fuera la última que se escribe.

Por lo demás, son historias muy complejas, de una implacable densidad realista, pero a la vez simbólica y poética: un militar de intendencia del Ejército de Franco, horas antes de la caída de Madrid, se entrega a los vencidos, porque "no quería formar parte de la victoria"; el diario de un poeta adolescente refleja el miedo y sufrimiento de la huida, agazapado en una braña entre Asturias y León, en compañía de su hijo recién nacido y el cadáver de su novia, muerta durante el parto; la confusión de un diácono, excombatiente de la "Gloriosa Cruzada", cuya lascivia por la madre de un alumno provoca el suicidio del marido, un intelectual antifascista, oculto tres años en un armario camuflado de la casa.

El ímpetu que anima estas historias se doblega ante el atroz infortunio de la guerra y la precisión del dolor. Con un estilo más bien seco, pero cadencioso, que se adapta a la inflexión de voz del narrador, y opera en el núcleo mismo de la desgracia, Méndez instaura un modo de liturgia civil que invoca el duelo como la única fórmula de reconocimiento público de la tragedia. Sus personajes no son del todo comprensibles, no pueden serlo; aunque acotados en su individualidad maltratada, se proyectan como una contradicción que sólo resuelve la muerte. De ahí que sean muertos que aún hostigan la memoria de este país, que serán fantasmas hasta que no se asuma su presencia. Los girasoles ciegos es, sin duda, un libro ejemplar sobre las consecuencias de la Guerra Civil. Contribuye, desde la más ferviente aplicación literaria, a una normalización no falseada de nuestra herencia histórica.

Los girasoles ciegos . Alberto Méndez. Anagrama. Barcelona, 2004. 155 páginas. 12 euros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de febrero de 2004