Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:LA VUELTA A ESPAÑA EN 15 PROBLEMAS | LAS PENSIONES MÁS BAJAS | Elecciones 2004

Milagro en Lavapiés

Una red de ayuda vecinal hace posible la supervivencia en Madrid de un jubilado de 75 años con una pensión mensual de 179 euros

No hay santos de por medio, ni certificaciones de expertos de la Iglesia, pero sólo un milagro puede explicar que Jesús Galindo, madrileño de 75 años, antiguo taxista, sobreviva en Madrid con una pensión de las no contributivas, en su caso de menos de 200 euros mensuales, poco más que una limosna del Estado destinada a los que nunca cotizaron a la Seguridad Social. Galindo trabajó como chófer 43 años de su vida, pero eso quedó en la letra pequeña de su biografía porque sus patrones no le dieron nunca de alta en la Seguridad Social. Cuando se deshizo el hogar de su hermano, donde vivía, la vida le mostró su peor cara. Estaba solo, enfermo -recién operado de un cáncer de garganta-, y con una pensión miserable. ¿Cómo salir adelante? La empresa, de por sí dificilísima para una persona en su situación, adquirió dimensiones titánicas porque Galindo no estaba dispuesto a separarse de su perro, Batman, un chucho sin pedigrí, recogido en la calle. En la pensión donde encontró una habitación de alquiler no se aceptan animales. Fue entonces cuando se acordó de la señora Angelita, una vecina de 95 años, capaz de hacer milagros.

Las miserias cotidianas le parecen pequeñas incomodidades cuando saca a pasear a 'Batman'

Galindo fue chófer 43 años, pero sus patrones no le dieron de alta en la Seguridad Social

"Yo a este señor lo conocía de toda la vida, de aquí del barrio", dice esta anciana diminuta, que cose en el salón doméstico, enfundada en una bata azul. "Cuando se murió su cuñada y los hijos se llevaron con ellos a su padre, a Carabanchel, él se quedó solo y sin donde vivir. Un día llega y me dice, 'Angelita ¿podría usted cogerme al perro?'. Yo le dije que si no daba problemas con mi gata me lo quedaba". Y no los dio. Batman y la gata China, se respetan. Los dos son viejos y han sabido acoplarse a las circunstancias. Cada uno tiene su plato. "Les doy carne, corazón, hígado, bofe", dice ella, que vive con una pensión de 390 euros, como viuda de un combatiente de la Guerra Civil.

Antes de que el señor Galindo asome por la esquina de la calle, Batman ya sabe que se acerca la hora del paseo y ladra como un loco. "El hombre viene dos veces al día para sacar al perro", dice Angelita. "Luego, cuando termina el trabajo, a las 8 de la noche, le dejo algo de cena, un plátano, unas natillas, porque yo tampoco me puedo deslizar. También le he cosido el chaquetón que lleva. Era de mujer y le he cambiado de sitio los ojales y los botones y le ha quedado fantástico. Parece un varón dandy. Porque otra vecina viuda le dio toda la ropa de su marido. Era un señor italiano que tenía abrigos muy buenos, y hasta camisas de seda natural. La ropa se la lava y se la plancha la Luisa, la vecina de abajo".

Poco a poco se ha ido tejiendo esta red de ayuda vecinal, entre las calles de la Encomienda, Dos Hermanas, Embajadores, Abades, o Ave María, nombres evocadores de un Madrid castizo que hoy es historia. Jesús Galindo enseña los recibos sellados del alquiler del cuarto donde duerme. Le cuesta 120 euros mensuales. El resto de sus ingresos, da para bien poco. Dice que no encontró plaza en ningún asilo, pese a que el suyo es un caso extremo.

O quizás no lo es. En España hay 279.432 personas que cobran pensiones no contributivas, a cargo de los gobiernos autonómicos. En Madrid, este tipo de pensión, que incluye la asistencia sanitaria y farmacéutica gratuita, alcanza un máximo de 276'30 euros. "Pero si el beneficiario dispone de otros recursos, o si vive en una unidad de convivencia económica, en una familia, la pensión disminuye", dice un responsable de la Consejería de Asistencia Social. Es imposible saber por qué Galindo cobra sólo 179 euros. "La memoria me falla", dice él, que no ha pensado nunca en afrontar los laberintos de la burocracia para reclamar más dinero.

El futuro no le agobia, pese a que su vida depende del vecindario. Si no fuera por la comida gratis que le sirven en el bar donde hace las veces de chico de los recados, y por la ropa que le dan los vecinos y, sobre todo, si no fuera por Angelita, nadie sabe qué sería de él. Quizás pasaría el día dormitando en los bancos de la plaza de Tirso de Molina, y se acercaría a desayunar, como muchos ancianos vagabundos, al comedor Ave María, fundado, en 1611. Tampoco él se ha permitido un desfallecimiento. Entreabre el chaquetón de cuadros y enseña el traje azul marino que viste debajo. "Todo regalado", dice satisfecho de su aspecto asombrosamente elegante. No es que su familia le haya abandonado, puntualiza. Los sobrinos le han dicho que deje la pensión, que tiene abiertas las puertas de sus casas. "Pero en este barrio murió mi madre, que es lo que más he querido", dice.

A veces la voz sofocada se apaga totalmente y no es posible entenderle. Entonces, Galindo escribe la respuesta inaudible con una caligrafía esmerada. La vida no le ha sido fácil, pero tampoco tiene quejas. No es fácil que hasta él lleguen los servicios de teleasistencia del Ayuntamiento, porque en su pensión no hay teléfono. Tampoco hay ducha, "sólo un váter y un lavabo en cada una de las dos plantas", a compartir por una docena de ancianos.

Las miserias cotidianas a Galindo le parecen pequeñas incomodidades cuando saca a pasear a Batman, abrigado con una manta a cuadros. A esa hora, las calles de Lavapiés son un hervidero de furgonetas de reparto que abastecen a las tiendas de ropa al por mayor gestionadas por chinos. El caos es total, pero Jesús Galindo ha encontrado en él su particular paraíso vecinal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 20 de febrero de 2004