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COLUMNA

Euromudos

Si yo fuera periodista -de los que preguntan, no de los que le ríen las gracias al entrevistado-, habría querido que el ministro Trillo me arrojara a Blanquita como respuesta, en vez de un mero euro, un simple euro, un pinche euro. ¡Blanquita! El sueño de todos los periodistas zoófilos, es decir, los que aún preguntan, de los que no cobran en favores ni en cargos ni en halagos, los que pronto serán relegados a una jaula, o disecados como el africano de Banyoles. Menuda fuente. Quién pudiera entrevistarla. Qué cosas no habrá visto, la cabra del Guiñol. Qué cosas no le quedarán por ver.

En cambio, aquí, nosotros, los bípedos, no nos enteramos de casi nada. Reconozcámoslo. No sirve que Zaplana zaplanee todos los días, pilotando su propio ego, oscuro y bimotor. La falta de información nos abruma. Nos vemos obligados a ser como pepeólogos, del mismo modo que hubo francólogos y kremlinólogos, es decir, igual que hubo que arreglárselas con el olfato para adivinar las arcanas intenciones de los regímenes autoritarios. Hoy en día lees un periódico o te enchufas a una radio y con lo único que te encuentras es con ese belén viviente que, en formato No-Do, rodea a la cautelosa virgen aspirante, mientras la mano de siempre mece la cuna. Los analistas esnifan Moncloa. ¿Por qué harán esto o lo otro?, se preguntan, privados de que les conteste quien podría, si se dejara preguntar sin entrar en arrebatos de señorito montado en jaca.

Mi colega y compañero Tomás Delclós suele subrayar, con escalofriante lucidez, que en las películas y novelas de ciencia-ficción nunca salen periodistas. Ello quiere decir que, según los autores más acreditados del ramo, en un futuro no muy lejano nos habremos extinguido. Yo me resistía a aceptar semejante afirmación. Pero últimamente observo, con angustia, que ya estamos en ello. Lentamente los informadores han mutado en oyentes, los oyentes se han convertido en aplaudidores, los aplaudidores han devenido informantes, los informantes asumen responsabilidades de cómplices.

(A propósito, y para España: que sepas que cierta Cataluña, la mía, prefiere morir contigo a ser cómplice de los asesinos de ETA. Viva el mundo libre y mestizo).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de febrero de 2004