Tribuna:CICLISMO | La desaparición del último gran escalador
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La tragedia del héroe

Marco Pantani y José María Jiménez, al morir en la soledad de habitaciones de paso, han seguido hasta el final el guión de los héroes clásicos. De ellos se dice que están condenados a la soledad. Por eso en las tragedias griegas no hay diálogos, sólo soliloquios sucesivos, y tampoco escenas de amor, sólo arrebatos de pasión.

Los héroes contemporáneos son campeones deportivos. Lo que hace soñar no es la ciencia, ni las letras, ni siquiera el poder político, sino la magia que encierra algo tan simple como un balón de cuero o las ruedas de una bicicleta. Los que triunfan en estas artes se convierten en arcanos de los sueños que necesita una sociedad frustrada.

El prestigio les viene porque encarnan aquellos deseos de felicidad que esta sociedad concede casi en exclusiva a los hombres virtuosos en sentido homérico, es decir, a los poderosos, que para eso son los buenos. Para el inmenso resto de mortales no queda más que el ejemplo de estos seres esforzados que han llegado a lo más alto. La gente se identifica con su trayectoria convirtiendo el éxito del héroe en utopía de quien sólo cuenta con los sinsabores de la vida ordinaria. El que triunfa les representa.

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Este juego de trasferencias entre el triunfador y la sociedad tiene, sin embargo, una trampa, la misma que convertía un entretenido relato dramático sobre dioses antiguos en tragedia. El héroe nunca está por encima de esta sociedad, nunca representa lo otro de esta sociedad, es decir, no es un embajador de aquella felicidad de la que aquí andamos escasos y que él habría encontrado en otro lugar. No. El deportista de éxito es de este mundo o, mejor dicho, es el producto más logrado de esta sociedad de desdichas. Nada se parece tanto a la despiadada lógica de los tiempos que corren como ese "más rápido, más fuerte, más alto" del ideal olímpico. La fría competitividad que domina la actividad humana en sus variantes económicas, políticas o laborales queda perfectamente recogida en la competitividad deportiva, obligada a una progresión infinita con un cuerpo finito. "Citius, fortius, altius" no es ningún ideal humanista, sino el código impasible de una sociedad cuya lógica sólo se encuentra con los sentimientos en el día del entierro.

Mientras el deportista se mantiene arriba reproduce la frialdad competitiva de la sociedad. Él se identifica con la lógica social. Por eso nada más ajeno al héroe moderno o antiguo que una vida autónoma, que un proyecto de vida libremente decidido. Su vida es su imagen, no tanto la que quieren ver quienes le aclaman cuanto la de la sociedad que le engendra. Nunca le da por pensar si arrear patadas a un balón o dar pedaladas con más fuerza es algo capaz de constituir a algún mortal en un ser supraterrestre o, como ahora se dice, galáctico.

Cuando se pone a pensarlo es demasiado tarde. Llega un día en que las fuerzas o las ayudas le abandonan y queda remitido al mero nombre propio: Marco o José María. Hacen entonces una experiencia semejante a la de los moribundos que, por mucho que hayan sido en vida, sólo responden a lo más propio, a lo que les queda cuando lo demás se esfuma, al nombre de pila: ahora se dan cuenta de que nadie les conoce ni les llama nominalmente. Sólo valen como Pirata o Chava, eso mismo que ellos ya no son. Mueren solos como héroes griegos y ellos sólo son hombres que quieren responder a quienes les llamen por sus nombres.

Reyes Mate es profesor de investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC.

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