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Reportaje:UNA VUELTA A LA ISLA REDONDA

Dunas y prados con aires atlánticos

Gran Canaria une en febrero las cálidas temperaturas con la fiebre del carnaval

El mes de don Carnal en Canarias puede ser la oportunidad de aterrizar en Las Palmas e iniciar un animado y diverso recorrido que incluya las dunas de Maspalomas, Arucas, Mogán y Agaete.

La isla es redonda como una galleta. Eso la hace apetecible para rodear su perímetro y mordisquearla por los bordes: la mejor forma de apreciar su tamaño y su fisonomía. Gran Canaria es una de las islas más pobladas y deterioradas por una política de urbanismo incontrolado, pero con una orografía contundente que alberga rincones de gran belleza, como son el interior con sus cumbres y sus roques de origen volcánico, los barrancos occidentales y algunas playas como las dunas de Maspalomas. Rodeando su circunferencia se pasa casi sin transición de las aglomeraciones más agresivas a los paisajes más intactos y estremecedores. Ello requiere una jornada completa o dos, si se decide hacer algún requiebro hacia el interior.

En la ciudad de Gáldar se concentra uno de los principales yacimientos arqueológicos de la isla: la célebre Cueva Pintada, a punto de ser reabierta al público. Se trata de los restos de un poblado prehispánico, más una cueva con las paredes pintadas con motivos simbólicos

1Arucas señorial

Antes de aventurarme por la costa, me acerco hasta la caldera de Bandama, a unos 20 kilómetros de la capital. Desde el pico se divisa una amplia panorámica de la parte oriental de la isla. Decenas de turistas y nativos se asoman al hueco profundo de esta formación volcánica y se admiran de su perfecta circunferencia forrada de vegetación. Solamente una casita asoma en el fondo de este agujero que, puestos a imaginar, se parece a un impacto de meteorito.

Y ahora, tras respirar toda la tibieza voluptuosa de las primeras horas de la mañana, ya es hora de encaminarse en dirección a Agaete. No es que la autovía del Norte sea un dechado de belleza. La panza de burro oprime de lo lindo (el cielo está nublado) y un poco por todas partes aparecen tristes cubos de hormigón sin terminar, en un urbanismo precario que corroe las laderas como un sarampión. A un lado, el océano, con ese azul penetrante insular, y al otro, las viejas coladas volcánicas cubiertas de una rala vegetación xerófila. Pronto se alcanza con alivio la villa de Arucas, que, aunque convertida en ciudad dormitorio de Las Palmas de Gran Canaria, muestra un cogollo histórico señorial, de arquitectura de cal y colores y sillares de basalto. La iglesia de San Juan Bautista, con alardes de catedral y toda ella de piedra negra y florida, es un homenaje al neogótico más fantasioso. El jardín municipal se muestra como un remanso de calma bulbosa y subtropical. Algunos dragos ofrecen su sombra y derraman esa resina tan roja que se la compara con la sangre, y que ya aparecía en los tratados medievales de farmacopea. En pleno parque aún permanece parte de las complejas acequias de piedra que la Heredad de los Regantes, del siglo XV, habilitó para un reparto equitativo de las aguas. En las afueras, el jardín de la marquesa de Arucas, hoy abierto al público, alberga una colección de 2.500 especies tropicales y subtropicales en una puesta en escena de corte romántico, y en mitad de un campo de plataneras despunta un hotel rural de lujo, la Hacienda del Buen Suceso, en el que alimentar sueños coloniales ante un zumo de papaya.

2Quesos y arqueología en Gáldar

De nuevo en la autovía, aparecen indicados Guía y Gáldar, dos poblaciones reputadas por sus quesos. Insuperables, hay que decirlo. Para comprobarlo no hay más que dirigirse hacia los barrios más alejados. Allí, una serie de valles dan la espalda al asfalto, mostrando toda su intacta exuberancia. En el Inciensal y en Las Mesas viven varias queseras dispuestas a contar el secreto de su producción. Sita Mendoza explica que los quesos son de "mixtura", y que se elaboran mezclando leche de cabra, oveja y vaca en distintas proporciones, a gusto de cada cual. El ganado se alimenta casi exclusivamente de pastos, y el cuajo es de leche de baifo (cabrito) o flor de cardo. "La leche de las cabras rinde más que la de vaca, y la de la tierra más que la de afuera, aunque la que más rinde es la de oveja", comenta, mientras que Rosa Díaz se queja de que está más oronda de lo conveniente porque le encanta el tabefe, que es como aquí se llama al requesón. "Para prepararlo", asegura, "es necesario guisar el beletén, que es el calostro de la leche recién ordeñada, y removerlo constantemente con una caña para que no se corte". Desde su casa y la cueva en la que prepara sus quesos, el ronroneo incesante del tráfico rodado queda lejos.

En la ciudad de Gáldar, agarrada a un cono volcánico, se concentra uno de los principales yacimientos arqueológicos de la isla: la célebre Cueva Pintada, cerrada al público desde los ochenta y a punto de ser abierta de nuevo. Se trata de los restos de un poblado prehispánico de casas circulares con sillares de toba, cubierta vegetal y vigas de tea. Rodean una cueva con las paredes pintadas con motivos simbólicos. Era el lugar donde se piensa que se reunía la asamblea del guanarteme, o rey de los aborígenes.

3El puerto de Agaete

Al cabo de pocos kilómetros aparece Agaete, pequeño puerto pesquero con mucha gracia. El océano parpadea y es tan intenso que casi ciega. Un ferry de la compañía Fred Olsen espera a cargar sus tripas de pasajeros para desembarcarlos en Tenerife. El pueblo de Agaete se rodea de casas y chalés adosados, preludio de la masificación. Pero su barrio pescador todavía conserva un sabor marinero de carpintería repintada en azul, barecitos populares con terrazas que miran al mar, un paseo marítimo agradable y un cierto aire beat reciclado. Pintores como Pepe Dámaso o poetas como José de la Rosa mantienen casa aquí para rebajar los agobios urbanos, mientras que los nórdicos se quedan en invierno para dejarse abrazar por el sol. Una buena filosofía la de los europeos jubilados.

Si se mira hacia el sur, la civilización parece haberse parado de golpe. Una fabulosa barrera orográfica ha salvado el resto del litoral de la especulación. El Dedo de Dios. Así llaman al desafiante monolito negro que emerge desde las aguas clamando al cielo. Y cubriéndole las espaldas a Agaete, asoma en la cumbre el pinar de Tamadaba. Hermoso topónimo de resonancias prehispánicas que alberga los ejemplares canarios más singulares.

Tan apetecibles se muestran aquí las montañas que tomo una carreterita hasta el caserío de Artenara. En Fontanales los pastos son tan lujuriosos que parecen suizos. Un señor con sombrero de fieltro y cuchillo canario, don Alfredo Rodríguez, se da a la reflexión junto a la cuneta. Recuerda tiempos pasados mejores y más tranquilos, en que "no hacíamos crisis en estos campos". Le señalo hacia un rebaño que pasta feliz en unas praderías junto a una casa, y me explica que "son corderos y machonas, ovejas que van a parir y no dan leche". En Artenara, las casas cuevas son silenciosas como la piedra y la noche. "Calientes durante el invierno", explica María del Pino, "y fresquitas en verano". Desde allí se contemplan los roques y las cumbres más altas y descarnadas de la isla. Un buen lugar éste para almorzar y beberse la visión grandiosa del paisaje grancanario.

4La aldea de San Nicolás

De nuevo en la costa, una carretera estrecha y vertiginosa conduce a lo más indócil de la isla sobrevolando los acantilados. Mejor no mirar hacia abajo y seguir mansamente al camión que me precede y arrastra su panza sin prisas. La visión es brutal, sobrecogedora. Se atraviesa el barranco de Guayedra, bellísimo, y dan ganas de pararse y recorrerlo a pie. Pero las distancias y las curvas trazan su tiranía, así es que continúo con la ruta establecida.

Según se llega a la aldea, un mar de invernaderos ensucia el amplio valle sobre el que se asienta esta rica población agrícola. Al socaire del puertito, un puñado de bares ofrecen terrazas acogedoras, espaguetis para turistas alemanes despistados y pescado del bueno para quien lo exija. Samas, viejas o salmonetes con papas arrugadas. Y queso tierno del país. Todo ello sin complicaciones culinarias, a la plancha o frito, y acompañado de un mojo verde con cilantro y una cantidad de ajo capaz de levantar el ánimo de un picapedrero.

5En dirección a Mogán

Sigue la belleza en estado bruto y sin limar. De pronto, el cielo se pone borrico y la niebla se hace tan densa que borra las cimas. Las montañas derraman su vomitona basáltica hasta el mar. Están cubiertas de aulagas, verodes y cardones, plantas inquietantes donde las haya, y algún hilillo de agua serpentea entre las fisuras de los barrancos. Ha llovido este año y la naturaleza está verde a rabiar. Las curvas siguen mandando, pero esta vez no culebrean por el borde del mar, sino que se adentran por el interior.

Se atraviesa el hermoso barranco de Veneguera y viene a la memoria la movilización popular y ecologista de hace unos años, que tuvo a la isla empapelada de pancartas que rezaban: "Salvar Veneguera". El último barranco y la última playa intacta de esta isla superpoblada. Esta vez venció la voluntad del pueblo y los proyectos de urbanización masiva se paralizaron, explica Heriberto Dávila, de Ben Magec-Ecologistas en Acción. Buena noticia. En la cabecera del barranco surgen cardones del tamaño de una casa. Son plásticos, escultóricos.

Continúa la ruta entre montañas que destilan humedad hasta que comienza a asomar de nuevo el sol y aparecen las primeras casas. Se acerca Mogán. Pero la masificación urbanística aún no es agresiva. Solamente hace las veces de purgatorio. En el limbo se encuentra el puerto de Mogán. Un antiguo y humilde puerto pesquero convertido en marina chic-disney.

6Las dunas de Maspalomas

La masificación llega con las playas de Taurito y Tauro, las únicas vírgenes y naturistas hasta los años ochenta. Aquí, como sucederá hasta la playa de Puerto Rico, la dinamita ha mordido las laderas de las montañas para convertirlas en colmenas para el turismo. Aunque las playas son virginales. Sus originales arenas grises se han trocado en rubias y están atestadas de hamacas y otros artilugios propios de la avalancha veraniega.

Y así, la locura constructiva se irá configurando durante varios kilómetros áridos y soleados (estamos en el Sur) hasta llegar a Maspalomas y la playa del Inglés: las macrourbanizaciones turísticas más veteranas. Junto al faro de Maspalomas siguen creciendo hoteles de lujo de dimensiones faraónicas que obturan el horizonte: algunas empresas parecen haber escapado mediante argucias legales al cupo de camas impuesto por la moratoria de alojamientos turísticos.

Es necesario empaparse de nuevo de belleza; así que, en medio de un maremagno de hoteles, centros comerciales y discotecas, busco con avidez las dunas de Maspalomas. Ahí surgen de pronto como un bálsamo de arena que reconcilia con el mundo. Ante la visión de estos monumentos móviles modelados a golpe de viento, uno logra olvidarse de lo que tiene a sus espaldas. El sol poniente acaricia sus lomos y les proporciona un mayor relieve. Algunos paseantes aparecen como puntos diminutos entre las 403 hectáreas de esta reserva natural especial, rica en insectos sabulícolas y otros pobladores de la arena.

Ya es hora de apresurarse y finalizar este largo recorrido. Enfilando la autopista en dirección a Las Palmas se atraviesan de nuevo barrios de triste hormigón; también polígonos industriales y grandes superficies comerciales. Por fin llego a la ciudad, y allí, el barrio de Vegueta, ya de noche, aguarda con sus calles empedradas, sus rincones íntimos y su calma fresca y colonial. Las palomas de la plaza de la catedral están durmiendo, y los vecinos caminan sin prisas hacia sus casas para cenar. Mañana toca el Museo Colón, con su inequívoco aire ultramarino y aventurero, las construcciones racionalistas del barrio residencial de Ciudad Jardín, y el Museo Néstor, en el Parque Doramas, con la iconoclasta pintura modernista de Néstor Martín-Fernández de la Torre, sus bocetos de escenografías teatrales y sus diseños de tejidos frescos y rompedores.

La isla es redonda como una galleta. Eso la hace apetecible para rodear su perímetro y mordisquearla por los bordes: la mejor forma de apreciar su tamaño y su fisonomía. Gran Canaria es una de las islas más pobladas y deterioradas por una política de urbanismo incontrolado, pero con una orografía contundente que alberga rincones de gran belleza, como son el interior con sus cumbres y sus roques de origen volcánico, los barrancos occidentales y algunas playas como las dunas de Maspalomas. Rodeando su circunferencia se pasa casi sin transición de las aglomeraciones más agresivas a los paisajes más intactos y estremecedores. Ello requiere una jornada completa o dos, si se decide hacer algún requiebro hacia el interior.

1Arucas señorial

Antes de aventurarme por la costa, me acerco hasta la caldera de Bandama, a unos 20 kilómetros de la capital. Desde el pico se divisa una amplia panorámica de la parte oriental de la isla. Decenas de turistas y nativos se asoman al hueco profundo de esta formación volcánica y se admiran de su perfecta circunferencia forrada de vegetación. Solamente una casita asoma en el fondo de este agujero que, puestos a imaginar, se parece a un impacto de meteorito.

Y ahora, tras respirar toda la tibieza voluptuosa de las primeras horas de la mañana, ya es hora de encaminarse en dirección a Agaete. No es que la autovía del Norte sea un dechado de belleza. La panza de burro oprime de lo lindo (el cielo está nublado) y un poco por todas partes aparecen tristes cubos de hormigón sin terminar, en un urbanismo precario que corroe las laderas como un sarampión. A un lado, el océano, con ese azul penetrante insular, y al otro, las viejas coladas volcánicas cubiertas de una rala vegetación xerófila. Pronto se alcanza con alivio la villa de Arucas, que, aunque convertida en ciudad dormitorio de Las Palmas de Gran Canaria, muestra un cogollo histórico señorial, de arquitectura de cal y colores y sillares de basalto. La iglesia de San Juan Bautista, con alardes de catedral y toda ella de piedra negra y florida, es un homenaje al neogótico más fantasioso. El jardín municipal se muestra como un remanso de calma bulbosa y subtropical. Algunos dragos ofrecen su sombra y derraman esa resina tan roja que se la compara con la sangre, y que ya aparecía en los tratados medievales de farmacopea. En pleno parque aún permanece parte de las complejas acequias de piedra que la Heredad de los Regantes, del siglo XV, habilitó para un reparto equitativo de las aguas. En las afueras, el jardín de la marquesa de Arucas, hoy abierto al público, alberga una colección de 2.500 especies tropicales y subtropicales en una puesta en escena de corte romántico, y en mitad de un campo de plataneras despunta un hotel rural de lujo, la Hacienda del Buen Suceso, en el que alimentar sueños coloniales ante un zumo de papaya.

2Quesos y arqueología en Gáldar

De nuevo en la autovía, aparecen indicados Guía y Gáldar, dos poblaciones reputadas por sus quesos. Insuperables, hay que decirlo. Para comprobarlo no hay más que dirigirse hacia los barrios más alejados. Allí, una serie de valles dan la espalda al asfalto, mostrando toda su intacta exuberancia. En el Inciensal y en Las Mesas viven varias queseras dispuestas a contar el secreto de su producción. Sita Mendoza explica que los quesos son de "mixtura", y que se elaboran mezclando leche de cabra, oveja y vaca en distintas proporciones, a gusto de cada cual. El ganado se alimenta casi exclusivamente de pastos, y el cuajo es de leche de baifo (cabrito) o flor de cardo. "La leche de las cabras rinde más que la de vaca, y la de la tierra más que la de afuera, aunque la que más rinde es la de oveja", comenta, mientras que Rosa Díaz se queja de que está más oronda de lo conveniente porque le encanta el tabefe, que es como aquí se llama al requesón. "Para prepararlo", asegura, "es necesario guisar el beletén, que es el calostro de la leche recién ordeñada, y removerlo constantemente con una caña para que no se corte". Desde su casa y la cueva en la que prepara sus quesos, el ronroneo incesante del tráfico rodado queda lejos.

En la ciudad de Gáldar, agarrada a un cono volcánico, se concentra uno de los principales yacimientos arqueológicos de la isla: la célebre Cueva Pintada, cerrada al público desde los ochenta y a punto de ser abierta de nuevo. Se trata de los restos de un poblado prehispánico de casas circulares con sillares de toba, cubierta vegetal y vigas de tea. Rodean una cueva con las paredes pintadas con motivos simbólicos. Era el lugar donde se piensa que se reunía la asamblea del guanarteme, o rey de los aborígenes.

3El puerto de Agaete

Al cabo de pocos kilómetros aparece Agaete, pequeño puerto pesquero con mucha gracia. El océano parpadea y es tan intenso que casi ciega. Un ferry de la compañía Fred Olsen espera a cargar sus tripas de pasajeros para desembarcarlos en Tenerife. El pueblo de Agaete se rodea de casas y chalés adosados, preludio de la masificación. Pero su barrio pescador todavía conserva un sabor marinero de carpintería repintada en azul, barecitos populares con terrazas que miran al mar, un paseo marítimo agradable y un cierto aire beat reciclado. Pintores como Pepe Dámaso o poetas como José de la Rosa mantienen casa aquí para rebajar los agobios urbanos, mientras que los nórdicos se quedan en invierno para dejarse abrazar por el sol. Una buena filosofía la de los europeos jubilados.

Si se mira hacia el sur, la civilización parece haberse parado de golpe. Una fabulosa barrera orográfica ha salvado el resto del litoral de la especulación. El Dedo de Dios. Así llaman al desafiante monolito negro que emerge desde las aguas clamando al cielo. Y cubriéndole las espaldas a Agaete, asoma en la cumbre el pinar de Tamadaba. Hermoso topónimo de resonancias prehispánicas que alberga los ejemplares canarios más singulares.

Tan apetecibles se muestran aquí las montañas que tomo una carreterita hasta el caserío de Artenara. En Fontanales los pastos son tan lujuriosos que parecen suizos. Un señor con sombrero de fieltro y cuchillo canario, don Alfredo Rodríguez, se da a la reflexión junto a la cuneta. Recuerda tiempos pasados mejores y más tranquilos, en que "no hacíamos crisis en estos campos". Le señalo hacia un rebaño que pasta feliz en unas praderías junto a una casa, y me explica que "son corderos y machonas, ovejas que van a parir y no dan leche". En Artenara, las casas cuevas son silenciosas como la piedra y la noche. "Calientes durante el invierno", explica María del Pino, "y fresquitas en verano". Desde allí se contemplan los roques y las cumbres más altas y descarnadas de la isla. Un buen lugar éste para almorzar y beberse la visión grandiosa del paisaje grancanario.

4La aldea de San Nicolás

De nuevo en la costa, una carretera estrecha y vertiginosa conduce a lo más indócil de la isla sobrevolando los acantilados. Mejor no mirar hacia abajo y seguir mansamente al camión que me precede y arrastra su panza sin prisas. La visión es brutal, sobrecogedora. Se atraviesa el barranco de Guayedra, bellísimo, y dan ganas de pararse y recorrerlo a pie. Pero las distancias y las curvas trazan su tiranía, así es que continúo con la ruta establecida.

Según se llega a la aldea, un mar de invernaderos ensucia el amplio valle sobre el que se asienta esta rica población agrícola. Al socaire del puertito, un puñado de bares ofrecen terrazas acogedoras, espaguetis para turistas alemanes despistados y pescado del bueno para quien lo exija. Samas, viejas o salmonetes con papas arrugadas. Y queso tierno del país. Todo ello sin complicaciones culinarias, a la plancha o frito, y acompañado de un mojo verde con cilantro y una cantidad de ajo capaz de levantar el ánimo de un picapedrero.

5En dirección a Mogán

Sigue la belleza en estado bruto y sin limar. De pronto, el cielo se pone borrico y la niebla se hace tan densa que borra las cimas. Las montañas derraman su vomitona basáltica hasta el mar. Están cubiertas de aulagas, verodes y cardones, plantas inquietantes donde las haya, y algún hilillo de agua serpentea entre las fisuras de los barrancos. Ha llovido este año y la naturaleza está verde a rabiar. Las curvas siguen mandando, pero esta vez no culebrean por el borde del mar, sino que se adentran por el interior.

Se atraviesa el hermoso barranco de Veneguera y viene a la memoria la movilización popular y ecologista de hace unos años, que tuvo a la isla empapelada de pancartas que rezaban: "Salvar Veneguera". El último barranco y la última playa intacta de esta isla superpoblada. Esta vez venció la voluntad del pueblo y los proyectos de urbanización masiva se paralizaron, explica Heriberto Dávila, de Ben Magec-Ecologistas en Acción. Buena noticia. En la cabecera del barranco surgen cardones del tamaño de una casa. Son plásticos, escultóricos.

Continúa la ruta entre montañas que destilan humedad hasta que comienza a asomar de nuevo el sol y aparecen las primeras casas. Se acerca Mogán. Pero la masificación urbanística aún no es agresiva. Solamente hace las veces de purgatorio. En el limbo se encuentra el puerto de Mogán. Un antiguo y humilde puerto pesquero convertido en marina chic-disney.

6Las dunas de Maspalomas

La masificación llega con las playas de Taurito y Tauro, las únicas vírgenes y naturistas hasta los años ochenta. Aquí, como sucederá hasta la playa de Puerto Rico, la dinamita ha mordido las laderas de las montañas para convertirlas en colmenas para el turismo. Aunque las playas son virginales. Sus originales arenas grises se han trocado en rubias y están atestadas de hamacas y otros artilugios propios de la avalancha veraniega.

Y así, la locura constructiva se irá configurando durante varios kilómetros áridos y soleados (estamos en el Sur) hasta llegar a Maspalomas y la playa del Inglés: las macrourbanizaciones turísticas más veteranas. Junto al faro de Maspalomas siguen creciendo hoteles de lujo de dimensiones faraónicas que obturan el horizonte: algunas empresas parecen haber escapado mediante argucias legales al cupo de camas impuesto por la moratoria de alojamientos turísticos.

Es necesario empaparse de nuevo de belleza; así que, en medio de un maremagno de hoteles, centros comerciales y discotecas, busco con avidez las dunas de Maspalomas. Ahí surgen de pronto como un bálsamo de arena que reconcilia con el mundo. Ante la visión de estos monumentos móviles modelados a golpe de viento, uno logra olvidarse de lo que tiene a sus espaldas. El sol poniente acaricia sus lomos y les proporciona un mayor relieve. Algunos paseantes aparecen como puntos diminutos entre las 403 hectáreas de esta reserva natural especial, rica en insectos sabulícolas y otros pobladores de la arena.

Ya es hora de apresurarse y finalizar este largo recorrido. Enfilando la autopista en dirección a Las Palmas se atraviesan de nuevo barrios de triste hormigón; también polígonos industriales y grandes superficies comerciales. Por fin llego a la ciudad, y allí, el barrio de Vegueta, ya de noche, aguarda con sus calles empedradas, sus rincones íntimos y su calma fresca y colonial. Las palomas de la plaza de la catedral están durmiendo, y los vecinos caminan sin prisas hacia sus casas para cenar. Mañana toca el Museo Colón, con su inequívoco aire ultramarino y aventurero, las construcciones racionalistas del barrio residencial de Ciudad Jardín, y el Museo Néstor, en el Parque Doramas, con la iconoclasta pintura modernista de Néstor Martín-Fernández de la Torre, sus bocetos de escenografías teatrales y sus diseños de tejidos frescos y rompedores.

LA CUEVA PINTADA DE GÁLDAR

EL MUNICIPIO DE GÁLDAR es uno de los más ricos en yacimientos prehispánicos. En esta zona, muchos asentamientos se cubrieron de cultivos de plataneras. La cueva se descubrió hacia 1860, precisamente bajo una plantación. El dueño la rellenó con piedras y, tras ser recuperada de nuevo, se abrió al público en 1970. Sin embargo, la humedad de los regadíos circundantes y la presión humana obligaron a cerrarla hasta hoy, en que, tras un minucioso trabajo de excavación y consolidación, está a punto de abrir sus puertas a lo largo de este año. El yacimiento se ha convertido en parque arqueológico que, además de permitir la visita del poblado y de la cueva, contará con un laboratorio para investigadores, un departamento de restauración, una biblioteca especializada y un museo. El proyecto ha sido puesto en marcha por el Cabildo Insular y el Gobierno autónomo, en colaboración con el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, y la dirección de las excavaciones corre a cargo del arqueólogo Iñaki Sáenz. El edificio ha sido proyectado por el arquitecto Javier Feduchi.

El yacimiento data de los siglos VI al XVI y consiste en un poblado de unas 60 casas circulares en el que, tras ser excavado por iniciativa de Celso Martín de Guzmán, se encontraron ajuares, piezas cerámicas y restos de alimentos como marisco, peces, cebada y trigo. En él se sitúa la llamada Cueva Pintada, probablemente excavada con fines rituales, cuyas paredes están cubiertas de motivos geométricos de gran valor, por tratarse de auténticas composiciones ornamentales realizadas con almagre y pigmentos blancos de origen calcáreo.

Se piensa que la sociedad aborigen grancanaria, muy evolucionada, era de tipo piramidal, con un poder político y religioso marcado y unas creencias de tipo monoteísta muy arraigadas. Vivía de la agricultura y la ganadería ovina y caprina. Para conocerla más a fondo es imprescindible una visita al Museo Canario (928 33 68 00; calle del Doctor Verneau, 2. Vegueta, Las Palmas de Gran Canaria). Allí las colecciones de tejidos vegetales, momias, cerámica y objetos líticos ofrecen una visión completa del mundo funerario y de la vida cotidiana de este pueblo. En la actualidad, la catedral de Santa Ana, en el mismo barrio de Vegueta, presenta una gran exposición sobre arte sacro de todas las épocas, incluida la prehistoria, con valiosas piezas bajo el lema: La huella y la senda,

que muestra algunos de los ídolos hallados en la cueva.

GUÍA PRÁCTICA

Cómo ir

- Iberia (902 400 500) y Spanair (902 13 14 15) tienen vuelos, desde Madrid y Barcelona a Las Palmas de Gran Canaria, desde 96 euros, más las tasas.

Dormir

- Santa Brígida (928 35 55 11). Real Coello, 2. Santa Brígida. Hotel-escuela de hostelería rural agradable y no muy lejos de la caldera de Bandama. Tarifa de fin de semana en habitación doble, 60,10 euros, con desayuno incluido.

- Hotel Fataga (928 29 06 14). Néstor de la Torre, 21. Las Palmas de Gran Canaria. Céntrico, funcional y agradable. Habitación doble, 87,50 euros, con desayuno incluido.

- Santa Catalina (928 24 30 40). León y Castillo, 227. Las Palmas de Gran Canaria. Un clásico del siglo XIX, elegante y en pleno parque Doramas. Fin de semana, 91 euros la habitación doble, con desayuno incluido.

- Hacienda del Buen Suceso (928 62 29 45). Carretera de Arucas; Bañaderos, 1. Arucas. En mitad de una plantación de plataneras, arquitectura tradicional colonial y muy buen gusto. Desde 144 euros la habitación doble, con desayuno incluido.

Turismo rural

- Asociación Grantural (902 15 72 81) ofrece toda clase de alojamiento rural en distintos puntos de la isla (www.ecoturismocanarias.com).

Comer

- Anthuriun (928 24 49 08). Pi y Margall, 10. Las Palmas de Gran Canaria. Cocina mediterránea y canaria moderna y cuidada. Alrededor de

30 euros.

- Mano de Hierro (928 64 03 88). Vuelta del Pino, 25. Santa Brígida. No muy lejos de la caldera de Bandama, restaurante alemán de toda la vida, muy popular. Alrededor de 20 euros.

- Casa Brito (928 62 23 23). Pasaje Ter, 17. Arucas. Unos 20 euros. Tanto en el puerto de Agaete como en el de La Aldea de San Nicolás hay diversos bares-restaurantes con terraza y buen pescado: samas, viejas, cherne, lapas... Alrededor de 17 euros.

- La Silla

(928 66 61 08). Carretera de La Silla. Artenara. Restaurante mirador con terraza y grandes vistas. Alrededor de 20 euros.

Información

- Oficina de turismo (928 30 65 07). Plaza de los Derechos Humanos, s/n (www.turismodecanarias.net).

- Cabildo de Gran Canaria (928 21 94 21 y www.grancanaria.com).

-

Patronato de Las Palmas

(928 21 96 00). Calle de León y Castillo, 17.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de febrero de 2004

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