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Crítica:CANCIÓN | Lídia Pujol

Voz de algodón

Apareció Lídia Pujol estilizada bajo una túnica de color burdeos, etérea y vaporosa, y el vestuario se erigió así en metáfora de su propia voz. Esta barcelonesa de 35 años ha sabido desarrollar una estética entre lo sensual y lo algodonoso, y el protagonismo de ese piano delicado que suscribe Dani Espasa, máximo responsable de los arreglos, la termina emparentando con la primera etapa de la bilbaína Fania o, en geografías más lejanas, la cálida femineidad de Tori Amos o Jennifer Terran.

Domina Pujol las tablas con la seguridad y solvencia de esa actriz que también es, con la prestancia de quien se ha curtido en muchos kilómetros de escenario. No resulta sencillo encontrar una artista que, con su primer trabajo en solitario, transmita emoción y expresividad bajo los focos. Pues bien: ese disco existe y responde al extraño título de Iaie.

Lídia Pujol

Lídia Pujol (voz), Dani Espasa (piano), Xavi Lozano (bansuri, chirimías, efectos), Toni Xuclà (guitarras), Pep Coca (contrabajo), Antonio Sánchez (percusiones), Jordi Rallo (tabla india). Sala Galileo Galilei. Madrid, 2 de febrero.

El debú madrileño de Lídia debería contribuir a que la comunicación musical entre Cataluña y el resto de la Península deje de estar presidida por esa absurda desconfianza mutua. Sobre todo porque el universo musical de esta mujer se circunscribe bien poco a cualquier latitud predeterminada. Por su sangre corren a un tiempo el Mediterráneo luminoso y el Atlántico de los celtas, la poesía de Prévert y la de García Lorca, la España medieval y la Europa oriental de los judíos.

Con estos mimbres, la Pujol ha construido un repertorio preciosista y por momentos muy inspirado (L'arbret, Rossinyol, Missatge), aunque algo más monocorde y complaciente de lo que cabría esperar. Pujol descolla en los pasajes más lánguidos y sentimentales, pero flaquea cuando su discurso intenta coger peso y parecer rotundo, como en Chanson dans le sang.

Tampoco se entiende bien que su acercamiento a Irlanda sea a través de la melodía más trillada y prototípica de aquellas tierras, Mná na hÉireann. Resultó mucho más sabroso el acercamiento al clásico de Nightnoise Silky flanks, pero esta revisión no se encuentra, en cambio, entre los surcos de Iaie. En cualquier caso, el talento que atesora Lídia no tardará en afianzarse y despuntar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de febrero de 2004