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Reportaje:FÚTBOL | 17ª jornada de Liga

El fútbol o la escayola

Campano, que trabajó tres años de escayolista, es la clave de la remontada del Mallorca, aunque hoy no juega por lesión ante el Madrid

Ya se lo advertía su padre: "O el fútbol o la escayola". Y él, que ejerció de escayolista "por necesidad" desde los 13 hasta los 16 años, para echar una mano en casa, optó por el fútbol. Nueve años despues, ya puede afirmarse que Alejandro Campano, de 25, eligió bien. Se ha convertido en la

clave de la remontada mallorquinista de la mano del Luis Aragonés, que lo recogió hace dos meses hecho pedazos, olvidado por Gregorio Manzano el pasado curso y, sobre todo, menospreciado públicamente por Pacheco al principio del presente. Hasta que Luis llegó, lo zarandeó y lo convirtió en el mejor aliado de Eto'o. Le ha sacado el fútbol que ni él mismo sabía que guardaba. Ha marcado cuatro tantos -tres en Liga y una en la UEFA-y ha dado tres pases de gol.

Hoy, sin embargo, Son Moix lo echará de menos, ausente por un pinchazo en los isquiotibiales. Como compensación, el Madrid sufre a su vez una gran perdida por una contractura: también el interior derecho, Beckham, también en gran forma.

Campano compaginó el trabajo con el fútbol en las categorías inferiores del Sevilla, donde fue internacional sub 15. Llegó a los 10 desde la escuela Los Mares. Tuvo dos pretendientes: el Betis y el Sevilla, y se decantó por el último porque su padre había jugado en su filial. Pepe Bonet, secretario técnico del Mallorca, lo invitó a la isla en 1999. Le dijo que, con un poco de paciencia, tendría todas las puertas abiertas. Y aceptó. "Llevaba ya cuatro años en el filial y, en el Sevilla, a los jóvenes les daban muy pocas oportunidades". El Mallorca volvía a pescar en el mercado andaluz: Tristán, Novo, Lauren, Niño... "Andalucía es el Brasil de España", explica Bonet.

Desde niño, a Campano se le puso la etiqueta de jugador frío. Notable técnicamente, bastante rápido, pero frío. Hasta que se cruzó con Aragonés. "Es el mejor entrenador del mundo". Tiene razones para estarle agradecido. Lo hizo debutar en el primer equipo, al principio del 2000-2001, ante el Athletic en San Mamés. Fue su estreno en Primera (marcó cuatro goles ese ejercicio) y debutó en la Champions, el fatídico 11 de septiembre, ante el Arsenal en Son Moix. Pero su estrella se apagó cuando Aragonés se marchó al Atlético. Pasó una temporada en segundo plano con Manzano, que prefería a Álvaro Novo. Llegó al banquillo de la isla Pacheco y su situación empeoró. El técnico portugués lo miró con desprecio. Y ya en la segunda jornada, antes de recibir al Zaragoza, Campano leyó en la prensa lo que sospechaba: Pacheco se quejaba al club de no haber traspasado al volante andaluz, que se vino abajo. "Me afectaron esas declaraciones. Lo pasé muy mal". Su suerte cambió el 20 de octubre. Volvió Aragonés. Y el chico saborea el reencuentro: "Yo estaba muy acelerado en el primer entrenamiento, por el respeto que le tengo. Quería demostrar mucho. Pero me pegó dos chillidos y me puso en mi sitio. Para que hiciera lo que sé y punto. Luis me ha quitado una venda de los ojos. Me ha dado la agresividad que siempre me ha faltado".

También hubo algún retoque táctico. Antes, no solía acompañar las jugadas de ataque que llegaban desde el otro extremo. No acudía al centro del interior zurdo. Ahora sí. Ha ganado en profundidad. Y el equipo, hundido en las primeras seis jornadas, remontó. Encadenó cinco victorias. Hasta las prácticas volvieron a ser intensas y el estado físico mejoró "muchísimo".

Enamorado del pimpón -del que se declara un buen jugador-, Campano sigue oyendo la advertencia de su padre: "Me decía que, si me cuidaba, podría vivir del fútbol. Y si no, ahí tenía la escayola".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 21 de diciembre de 2003