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Crónica:APROXIMACIONES

Otoño en Roma

En un extremo del popular barrio romano del Testaccio, al lado de la inefable ferocidad del tráfico de la avenida de la Marmorata se halla la vía de Caselli. Un extraño silencio envuelve al visitante. Tras un muro, un jardín presentido. Es el cementerio civil. Muchas flores, tierra oscura, setos verdes y una babélica colección de lenguas. En él reposan los restos del hijo de Goethe, Shelley, Gramsci, Keats. Algunos descansan hasta del apellido. Una mujer, sola y bella, camina ensimismada entre las tumbas.

Muy cerca de la estación Ostiense, parada obligatoria del trenino del aeropuerto, está el Cimitero acattolico de Roma, discretamente recostado en la pequeña pirámide Cestia. A dos pasos del monte Aventino, el barrio más tranquilo de esta ciudad tan bella y exuberante como ruidosa. Es una zona muy céntrica, separada del meollo turístico por un perezoso meandro del Tíber. Algunos turistas suben, sí, al Aventino para contemplar la lejana cúpula de San Pedro a través del ínfimo buco o agujero de la cerradura de los Cavalieri di Malta, pero se marchan, generalmente, sin descubrir el prodigioso espacio de la basílica de Santa Sabina, alzada sobre exquisitas columnas corintias; y sin dar un vistazo al fabuloso balcón con que el Giardino degli Aranci se abre al Tíber y a todas las cúpulas de Roma.

Lentamente, oscurece en Roma. El que observa la tumba de Keats ha quedado pegado al lugar como el musgo a los intersticios de los mármoles

Entre el monte Aventino y el Tíber se desarrolló, en el siglo II, el emporium (o, como se dice ahora, la "sede logística") del puerto romano. En aquel tiempo, al parecer, los empleados del puerto tiraban junto al Tíber las ánforas que habían servido para trasladar las mercancías. Y estos desechos cerámicos acabaron creando un promontorio de cincuenta metros de alto al que bautizaron como Mons Testaceus, que da nombre al Testaccio, un barrio bastante desconocido por los forasteros, pero vigorosamente "romanesco", mucho más que el escenográfico Trastevere. El Testaccio es feo y encogido, vagamente racionalista, ocupado por pequeños bloques humildes de sabor popolare pero con detalles ornamentales de una retórica más o menos clásica: una mezcla de paternalismo social y de ecos culturales del imperio, característica de los proyectos de Mussolini. La fealdad del barrio se ha moderado con los años, como acostumbra a suceder con todas las cosas (y las personas) viejas: la fealdad más ofensiva es la del presente (o, dicho a la inversa: la fealdad pasada parece inofensiva). El Testaccio, en todo caso, es un barrio deliciosamente abigarrado y vivaz. En el viejo mercado semicubierto, por ejemplo, uno puede escuchar todavía el dialecto romanesco y admirar cómo unas expresivas mujeres, salidas de una película de Vittorio de Sica, se cuentan sus cuitas o refutan, casi cantando, mientras compran, las respectivas recetas del carciofo a la giudia.

En un extremo del Testaccio está el Cimitero acattolico. Avanza el visitante por la ruidosa avenida de la Marmorata hasta casi llegar al cruce con otras no menos ruidosas avenidas: Ostiense, Campo Boario, Giotto, Pirámide. Se trata de uno de esos tremendos cruces de Roma, en los que los detalles arquitectónicos o artísticos, siempre bellos, que le sobran a la ciudad -la puerta de S. Paolo y la pirámide Cestia, en este caso-, quedan completamente eclipsados por la inefable ferocidad del tráfico, por un fenomenal estruendo de motores, motorinos y tranvías. Por fortuna, no hace falta llegar hasta este cruce infernal. Uno tuerce desde la Marmorata por la callejuela inmediatamente anterior. Via Caselli. Y enseguida nota algo extraño, un silencio sorprendente. Por esta calle apenas pasan automóviles. Un muro discreto y maternal, coronado por las ramas de un jardín presentido, ordena austeramente el aspecto de esta calle muda, que tiene un sabor gris y un aire de ausencia. Hay que llamar al timbre, muy gastado. Aparece un conserje anémico y sumiso, bastante joven. La puerta da a la parte más convencional del cementerio. Tumbas apiñadas ordenadamente sobre la tierra que se eleva en forma de amable colina. Lápidas de corte romántico, pequeñas esculturas, ínfimos parterres. Muchas flores, tierra oscura, setos verdes, algunas flores de plástico y una babélica colección de lenguas que se mezclan en el momento de la verdad. Inglés, alemán, serbocroata, griego, italiano. En esta parte están las tumbas del hijo de Goethe, del poeta Shelley; y las cenizas de Antonio Gramsci, que ahora sólo visitan los viejos sindicalistas, añorando con rosas rojas, el optimismo de una voluntad que ha sido completamente devastada por la pésima realidad.

Existe otro espacio, más recoleto y plácido, en este cementerio: más cerca de la pirámide Cestia, que asoma tímidamente por encima del muro. En esta parte, domina el césped, que abriga a unos pocos muertos, cuyas lápidas, esparcidas aquí y allá, tienen las letras borrosas. Algunos reposan incluso del apellido o del rango. En los parterres, rosas de pétalos negligentes, libres de la obligación de perfumar. Sobre el césped, los pinos (los elegantes, altísimos, pinos romanos), gatos que buscan las perneras del visitante, cipreses cargados de simbología o de edad. Y una mujer. Una mujer sola y bella caminando ensimismada entre las tumbas, indiferente, como las rosas, a los ojos del observador. Un runruneo, como de olas metálicas, parece acercarse del otro lado del muro, pero se detiene justo en el vértice de la pirámide. Aquí domina el silencio. El silencio de la hiedra, la calma del laurel (que ha olvidado ya la obligación de construir coronas para las cabezas patricias o literarias y ha estado engordando el verde oscuro y brillante de sus hojas para esta mujer que ahora corta una ramita pensando en el guiso de esta noche).

Aquí está la tumba del poeta John Keats, que murió joven. Su amigo Joseph Severn, artista seriamente enfermo, reposa a su lado. Keats escribió versos felices o febriles, perfumados de vez en cuando con una muy leve ironía. En sus tiempos, todavía muy retóricos y severos, dejó escrito que la voz de los poetas más grandes se parece al rumor que tejen los pájaros y las hojas en el momento de crepúsculo. Murió con el corazón triste a pesar de la grácil ligereza de sus versos. Muchos escritores mueren, como Keats, con el corazón triste. Arden en el fuego de su mente las páginas que escriben, como arde en el fogón el guiso que la mujer perfumará con el laurel. Pero en los ojos del que lee no es muy frecuente esta llama. En los ojos del lector, la llama es muy incierta, demasiado incierta.

Lentamente, oscurece en Roma. El que observa la tumba de Keats ha quedado pegado al lugar como el musgo adherido a los intersticios de los mármoles de letras borrosas, como la capa de suciedad sobre la pirámide que fue blanca. Se alejan los gatos con las primeras sombras. La mujer se va con su ramito de laurel. Hay que pagar unos céntimos al escuálido conserje. Cae sobre todas las tumbas un rumor de pájaros y hojas temblorosas. En la Marmorata el tráfico sigue siendo infernal. Un grupo de hindúes prepara la cena. La cuecen en unos fogoncitos que arden en la misma avenida, en unos sucios jardines abandonados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de noviembre de 2003