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Columna
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La hiperliteratura

¿Ha quedado anticuada la literatura? Nadie puede atreverse a una sentencia fatal, pero la interrogación sobreviene a causa de que, más allá de lo literario, va creciendo una creación hiperliteraria donde la palabra no es la última palabra en la comunicación.

La hiperliteratura nace (según explica María José Vega en su interesante compilación de la editorial Marenostrum: Literatura hipertextual y teoría literaria) de las copulaciones entre la música, la pintura, la palabra y la holografía, hacia adelante, hacia la esquina o hacia atrás. En la historia literaria reciente se han ofrecido textos al estilo de Rayuela, de Julio Cortázar, o En el laberinto, de Robbe-Grillet, donde el seguimiento de una historia no se hacía de manera lineal ni tampoco mediante una sucesión de secuencias predeterminadas. La obra quedaba expuesta a la caprichosa elección del lector y tanto su desarrollo como su desenlace dependían de cada sujeto activo ante las páginas. De esa manera el producto se personalizaba, adquiría, como las camisetas de Custo-Barcelona o las recetas de Kellog's demandadas por Internet, una particularidad que afianzaba la identidad del consumidor.

Cada lector, en efecto, ha obtenido siempre un resultado diferente ante la misma obra. Pero esto exigía una expresa intervención de su interior personal. Lo que sucede ahora con la flexibilidad del producto literario es que precisamente la creación se ajusta al receptor como un vestido customizado. Ante la pantalla, la hipertextualidad permite abrir links que comunican con otros textos suplementarios o contrarios, enriquecedores del discurso o perturbadores de su intención. La hiperliteratura cumple con este ejercicio de enlaces que reproducen El jardín de los senderos que se bifurcan pero, además, esos pasadizos incluyen hoy fragmentos de música, juegos cromáticos, movimientos, holografías.

La literatura hablada o escrita estalla en una multiplicidad de órganos de expresión que acaban por arrasar la naturaleza de la literatura. ¿Será este el impensado porvenir de la narración? ¿Vencerá el suministro de elementos virtuales al ejercicio de la imaginación? Los nostálgicos seguirán prefiriendo el mundo de la literatura que exponía Sartre hace medio siglo, pero otros verán en la suma de efectos multimedia una manera de implicar a diversos sentidos y sensibilidades en la experiencia de la creación.

El libro que ha editado María José Vega referido a esta nueva literatura hipertextual es especialmente expresivo cuando se refiere al mundo de la poesía. La poesía ya ensayó desde Mallarmé y, antes, la importancia de la situación de la palabra en el espacio y las connotaciones de la palabra con el color, el sonido o la forma, a través de su materia como un detonante de sensaciones. De hecho, la verdadera poesía no comunica mediante conceptos sino, en buena medida, valiéndose mucho del retumbo que en la carne suscitan la vibraciones fonéticas y morfológicas de los versos.

En 1993, cuenta Vega, el poeta brasileño Eduardo Kac compuso un hiperpoema visual, Storms, que ofrecía al lector una infinidad de opciones consonánticas y vocálicas. El lector podía activar cualquiera de las letras del texto, pero, si no lo hacía, la palabra o el verso terminaban por disolverse en la pantalla y en su lugar aparecían otros. ¿Responsabilidad de su parálisis? ¿Crimen de la indolencia? Sartre destacaba en la escritura su carácter jeroglífico y frío. Las novelas, los cuentos, no se calientan por sí mismos, sino que son los celos, la cólera o la ternura del lector quienes deciden la potencia emocional de una historia. Ahora, además, el lector en interacción con los mensajes polivalentes de la hiperliteratura se convierte en el protagonista supremo; un hiperprotagonista que termina por desbordar al autor, entrar a saco en la opera aperta y salir, al fin, de la peripecia con la impresión de haber vivido otra realidad producida por su taumaturgia. ¿Libros de evasión? En lo sucesivo todas las obras serán de evasión, de viajes, periplos para obtener la máxima experiencia de ser único.

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