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Reportaje:

China rompe los esquemas a Occidente

El espectacular desarrollo de su comercio y los bajos costes de producción la convierten en la 'fábrica del mundo'

China despierta todos los temores en las economías occidentales. Su espectacular crecimiento -una media anual del 9,5% desde 1980-, el tamaño de su mercado -1.300 millones de habitantes- y las condiciones de producción, con unos salarios muy inferiores a los de Estados Unidos, Europa y Japón, la están convirtiendo en la fábrica del mundo y un gran centro exportador. La exuberancia de su economía, junto a la debilidad del resto del mundo, y especialmente de Estados Unidos, ha convertido al gigante asiático en centro de preocupación. Pequeñas empresas y sindicatos norteamericanos, aprovechando el ambiente electoral, han empezado una campaña de presiones y amenazas para intentar que China abra más la puerta y, además, que devalúe el yuan, en un movimiento discutido por los expertos. China es ya la sexta economía del mundo y el primer receptor de inversión directa exterior. Se ha convertido en una amenaza para Occidente, muchas de cuyas empresas de desplazan a producir allí, y al tiempo, en una oportunidad. Ha surgido una incipiente clase media que devora productos de consumo. Es también un país desconocido para el tejido empresarial español, que mantiene allí una presencia casi testimonial.

Zhang Zhigang, viceministro de Comercio de China, visitó esta semana Madrid junto a un grupo de emprendedores para convencer a los empresarios españoles de las bondades de invertir en ese país. Y como síntoma de los derroteros que esa nación está tomando, en su discurso no citó a Confucio, sino a Aristóteles, primero, y luego a Colón. China empezó a abrir sus puertas a Occidente a finales de los setenta y ha acelerado el proceso con su entrada en la Organización Mundial de Comercio (OMC), en 2001. El resultado ha sido un desarrollo económico a un ritmo espectacular -una media de crecimiento del 9,5% desde 1980- que la ha convertido en foco de atención y de preocupación.

¿China es una amenaza o es una oportunidad? Según los analistas y los empresarios, es ambas cosas a la vez. Y, sobre todo, es el despertar de un gigante que ha dormido cientos de años y que alberga a 1.300 millones de habitantes, lo que le convierte en el mayor mercado potencial del mundo. Ello, junto al bajo precio de la mano de obra, la amplitud de la jornada laboral, la estabilidad política y una impresionante capacidad para adaptarse a los cambios ha llevado a algunos estudiosos a afirmar que será "la mayor potencia económica del mundo en el horizonte de los años 2020-2030", si sigue creciendo como hasta ahora.

El espectacular desarrollo -un crecimiento medio del 9,5% desde 1980- ha convertido a China en foco de atención y preocupación

El año que viene saldrán al mercado laboral 400.000 nuevos ingenieros chinos, frente a 80.000 en India, uno de sus competidores

Con un producto interior bruto (PIB) de más del doble de España el año pasado, la economía china se sitúa ya entre las seis más grandes del mundo; es la primera receptora de inversión directa exterior, con 53.000 millones de dólares en 2002, y en 20 años ha pasado del número 34 en la clasificación del comercio internacional hasta el número cinco. Pero, según algunos analistas económicos, está aún lejos de ser considerada una potencia mundial. Por ejemplo, sus ingresos por comercio internacional (exportaciones más importaciones) son sólo la cuarta parte de los de Estados Unidos o la Unión Europea, excluyendo el comercio intracomunitario.

Para los analistas, China está siguiendo el patrón de un país subdesarrollado y de intensiva mano de obra que empieza a contar con inversiones extranjeras. Pese a su rápido crecimiento está manteniendo una política de bajos salarios y aprovechando esa ventaja competitiva para incrementar fuertemente sus exportaciones. Ese ha sido el motor del fenómeno chino, para el que se han definido tres etapas: en la primera, en los inicios de la liberalización, el comercio exterior creció a mucho más ritmo que el producto interior bruto; en una segunda fase ambos fueron más en línea, y una tercera, la que comenzó en los noventa, en la que el crecimiento de la participación de China en el PIB mundial es similar al crecimiento en la cuota de comercio en el mundo.

"Las empresas", dice Andrés Cosmen, presidente del comité bilateral de Cooperación Empresarial Hispano-Chino, "en los años ochenta vinieron a China buscando un centro de producción barato para exportar; luego vieron que China era un gran mercado, y desde hace dos años, cuando se ha intensificado la salida de las empresas chinas, los extranjeros vienen aquí para aliarse con ellas y gozar de sus ventajas competitivas".

Sin conflictividad laboral

Entre ellas, el coste de la mano de obra, que para un obrero es de entre 100 y 150 dólares al mes, y sólo el doble si tiene alta cualificación. "En capacidad y precio", dice Jan Borgonjon, presidente de la consultora española Interchina Investment Consulting, "China va a ser el país más competitivo del mundo en los próximos 50 años. Los chinos trabajan mucho y bien. La conflictividad laboral es inexistente y trabajar 60 horas a la semana no es un problema". Su objetivo", concluye, "es hacerse rico".

Así que hay cierto temor a que China se convierta en el país manufacturero del mundo y produzca una masiva deslocalización de empresas. Temor alimentado por el desplazamiento de algunas multinacionales allí IBM ha cerrado una planta en Hungría para ir a China, donde el coste laboral es un 75% más bajo; Philips ha hecho lo mismo y Flextronics ha cerrado en la República Checa- y sobre todo, por el daño que las exportaciones chinas están haciendo a miles de pequeñas y medianas empresas de EE UU, el país que más alto y claro ha expresado su miedo a la competencia china, país con el que mantiene un importante déficit comercial.

Para firmas como Goldman Sachs y otras, esos miedos, sin embargo, están injustificados. Uno de sus analistas señala que China todavía es un país especializado en exportar productos intensivos en mano de obra, mientras es un gran importador de productos acabados y de recursos naturales. "Los consumidores del mundo", dice, "se benefician por una parte de unos precios más bajos de producción, y de otra, del aumento de la demanda china. Si se deja que cada parte cumpla su papel, todo el mundo saldrá beneficiado". Añaden que, de momento, no hay datos de que el crecimiento del comercio internacional chino haya provocado un ajuste significativo en las economías de Japón, Estados Unidos o Europa, fundamentalmente.

Eric Kim, vicepresidente ejecutivo de la coreana Samsung, expresa así la oportunidad de negocio: "Hemos invertido mucho en China, casi 3.000 millones de dólares, porque China significa dos cosas: es un centro de fabricación muy importante para exportar productos al resto del mundo y, en segundo lugar, es uno de los mercados más grandes y que más crecen. Nuestro público objetivo allí es el segmento alto-medio del mercado ; en la parte baja hay competidores chinos muy agresivos. ¿Sabía que hay más millonarios en China que toda la población coreana?".

"China se está convirtiendo paulatinamente y sin solución de continuidad en la fábrica del mundo", dice Germán Lorenzo, director de operaciones con Asia de Centro Corporativo Mondragón, uno de los grupos españoles pioneros y más grandes instalados allí. Ningún otro país emergente, a su juicio, combina factores como su tamaño; el enfoque práctico hacia la consecución del resultado; la relativa estabilidad política o la gran cantidad de ingenieros y profesionales técnicos altamente cualificados y competitivos -el próximo año saldrán al mercado laboral 400.000 nuevos ingenieros, frente a 80.000 en India-. Además, Lorenzo cree que su bajo coste laboral permanecerá durante los próximos 20 a 40 años, gracias, entre otras cosas, a que ha conseguido transportar fábricas a zonas interiores del país con menores costos de producción.

Para Corporación Mondragón está claro que China puede suponer, por sus bajos precios, una grave amenaza en sectores como aparatos domésticos o sectores industriales en un plazo de cinco años, y en 10 en automoción, bienes de equipo, máquina herramienta o construcción. "Lo que hay que hacer", dice Lorenzo, "es convertir esa amenaza en una oportunidad". Lo mismo que opina Borgonjon, de Interchina Investment. Lo primero que hay que hacer, en su opinión, es darse cuenta de ello y reaccionar. ¿Cómo? "Primero comprando en China para ser competitivo y luego invirtiendo allí". Reconoce que ambas cosas afectarán al empleo -"ya se han perdido puestos de trabajo y se perderán más"-, pero ve "imparable" un proceso de reajuste sobre quién hará qué y dónde y en el que China jugará un papel de barato productor, y también de importante consumidor.

La cla

se media

Según el Centro de Análisis Prospectia, el 5% de la población china tiene ingresos superiores a los 10.000 dólares anuales, lo que supone que más de 70 millones de habitantes tienen poder adquisitivo suficiente para acceder a productos importados de alta calidad. De hecho, las importaciones chinas crecen a gran ritmo -el 49% los nueve primeros meses-.

Los aumentos de la renta per cápita del país, que se situó en 1.000 dólares el año pasado, están trayendo consigo la formación de una clase media en las ciudades que consume teléfonos móviles -hay más de 200 millones-, televisores -más de 400 millones- o Internet, que cuenta ya con más de 60 millones de usuarios. Aunque el consumo interno del país es débil, pese a los esfuerzos del Gobierno para estimularlo, los chinos son cada vez más proclives a consumir productos duraderos. Y prueba de ello son los casi dos millones de automóviles que se venderán este año o el crecimiento del 33% que el sector inmobiliario experimentó el año pasado.

Unas cifras espectaculares para un país que tiene ante sí también enormes retos. Entre ellos, la modernización de un sistema bancario poco eficiente y extendido -se estima que sólo el 55% de los ahorros de las familias están en los bancos y el 45% restante se guarda en casa-, la ampliación de la red de infraestructuras, una menor dependencia de la energía exterior y la necesidad de trasladar el excedente de trabajadores del campo -al menos 150 millones de personas- a otros sectores de actividad, al tiempo de dar un mejor uso a la tierra y generar mayores tasas de rentabilidad para mantener el crecimiento y la estabilidad social del campo, casi la tercera parte de la población.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de noviembre de 2003