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OPINIÓN DEL LECTOR

Conductores de autobús

Soy afortunado usuario de la línea de autobuses Madrid-Las Matas o Madrid-El Cantizal. Digo afortunado porque sólo hago este recorrido una vez por semana, pues el peligro al que nos vemos sometidos los viajeros y automovilistas de alrededor es elevado, como se puede ver por los hechos observados el último mes.

Caso 1: ya sentados en el autobús (yo voy en el primer asiento de la derecha), y dispuestos a emprender el viaje, el conductor habla por su teléfono móvil que sujeta entre el hombro y la oreja izquierdos, mientras que con la mano derecha da billetes y maneja las monedas del cambio. Se aproxima el empleado del intercambiador y le da la salida. Nuestro hábil conductor, en presencia del otro empleado, cierra las puertas y arranca, sin dejar de hablar por teléfono. Suerte que cuando vamos a salir a la superficie finaliza la conversación. Afrontamos la bajada por el estrecho carril sólo-bus hacia Puerta de Hierro y aquí comienza el segundo numerito: saca con la mano izquierda una caja metálica, mientras que con la derecha va recogiendo pilas de monedas y las coloca en el interior de la misma. ¿Y el volante? No hay problema, para eso están los muslos de nuestro hábil conductor. El resto del viaje ya se convierte en rutina, es decir, a 105 kilómetros por hora en llano y 110 en bajadas.

Caso 2: esta vez voy sentado justo detrás del conductor. En primera fila de la derecha, y usando sólo la mitad del asiento para quedar lo más próxima posible, una joven mantiene una animada conversación con el conductor. En un momento dado, el conductor se vuelve hacia la joven y dice: "Tú es que estás muy bien". La joven responde: "No es para tanto. El otro se vuelve otra vez: "Que sí, que te lo digo yo". La otra: "Eres muy amable". En ese momento mi pensamiento va hacia lo peligroso que es ir en este autobús, con este sujeto desentendido de lo que pasa por la carretera, y no presto atención al resto de la conversación. Cuando me recupero, la cosa ya está apalabrada: "Bueno, voy contigo, pero si luego me llevas a casa, porque no tengo coche". Menos mal, la cosa ha ido rápida y ya vuelve a mirar a la carretera.

Estas situaciones se producen con frecuencia, y parece que se consideran como hechos normales por parte de los conductores. ¿No hay inspectores que se encarguen del buen funcionamiento de estos autobuses? ¿Acaso hemos olvidado el trágico accidente del 18 de noviembre de 1997 que supuso la muerte por aplastamiento entre dos autobuses de una pareja de jóvenes? Recientemente se ha dictado sentencia condenatoria por homicidio y cuatro años de cárcel al conductor (EL PAÍS, 19 de octubre de 2003).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de noviembre de 2003