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Reportaje:CENTENARIO DE UN GENIO DEL HUMOR

El joven Waugh

Evelyn Waugh (Londres, 1903-1966) tenía 25 años cuando escribió Decadencia y caída. La novela, en la que se narran las venturas y desventuras de un joven angelical, gozó inmediatamente del favor de la crítica, de sus pares y del público. Sin ninguna pretensión de vanguardismo, había logrado innovar el género humorístico. Dos años más tarde escribiría Cuerpos viles, una marcha festiva de comicidad hilarante. Este martes 28 de octubre se celebra el centenario de su nacimiento.

Evelyn Waugh publicó su primera novela: Decadencia y caída (Anagrama), en 1928; su recepción fue sorprendente. De inmediato se convirtió en uno de los escritores importantes del Reino Unido. La crítica lo recibió con unánime entusiasmo, y no sólo en su país: "El único genio cómico de primera magnitud que ha aparecido en inglés desde Bernard Shaw", declaró Edmund Wilson desde Estados Unidos. Celebrado por sus pares fue a la vez un preferido del público. Innovar un género sin desear ser vanguardista es tremendamente difícil. Waugh lo logró.

Decadencia y caída tiene como protagonista a Paul Pennyfeather, un estudiante de teología en Oxford, quien desde la niñez sintió el llamado de la Iglesia y se prepara para llegar a ser pastor. Una noche, en el progrom anual que los jóvenes atletas de la universidad, acuciados por el alcohol y un sentimiento de virilidad triunfante, se lanzan a castigar salvajemente a los estetas, devastando sus habitaciones, haciendo trizas sus piezas de porcelana antigua, sus matisses, sus pianos de cola, sus tesoros bibliográficos, el joven Pennyfeather regresa a su cuarto después de participar en un debate sobre la paz universal, y es atrapado por algunos de esos feroces cruzados que desean limpiar de afeminamientos su universidad; lo vapulean, lo insultan con palabras horrendas y, al final, le quitan los pantalones. Los guardianes del orden tienen la obligación de castigar a los depredadores, pero no se atreven a culpar a los alumnos de nombres y títulos respetables, quienes eran generosos con las propinas, sino a ese modesto muchacho que vieron caminar por la noche casi desnudo por los patios de la universidad. Paul Pennyfeather, hay que decirlo, es un personaje angelical. Mischkin, el príncipe idiota, en parangón con él hubiera sido un depravado. De inmediato es expulsado por conducta indecente. Su tío y tutor se apropia de la herencia de la cual es custodio, argumentando que a un joven que ha probado los peores vicios, el dinero lo lanzaría con mayor fruición al desenfreno, y así aquel inocente es arrojado a la intemperie sin protección alguna. A partir de entonces, sin conocimiento del mundo ni de las perversiones que anida, se mueve en medio de una fauna salvaje, corrupta hasta la médula, perfectamente enmascarada y notablemente divertida, de cuya existencia no tenía la más remota idea. Aunque viviera una docena de vidas, si no hubiera sido expulsado de la universidad no habría descubierto un tejido de sordidez y felicidad como el que el cielo le había deparado. Se codeó con las figuras que forman la cúpula de una sociedad poderosa: vivió en el Ritz, viajó en un yate, estuvo a punto de casarse con una de las mujeres más hermosas del Reino Unido, una anfitriona cuya casa era visitada por la más alta sociedad, pero también descendió a los infiernos, condenado por el delito, nada menos, de trata internacional de blancas; conoció la cárcel, fue rescatado de ella, reapareció en un palacio en una isla griega.

La estructura de Cuerpos viles está formada por un concierto de voces, murmullos y un caudal de citas en torno a la "alegre juventud"

Si Paul hubiera leído a Calde-

rón, habría supuesto que era una nueva encarnación de Segismundo. Le asombraba, eso sí, que en ese juego de sueños la sociedad estuviera movida por poderosas corrientes secretas. En su trato con el mundo logró advertir la existencia de una vitalidad salvaje encubierta por exquisitos modales y una frivolidad de buen gusto, encarnada en una tratante de blancas, un estafador de altura y un irredento pedófilo. Y para que la comedia humana pudiera seguir su curso normal era necesario que algunas instituciones prestigiosas y todas las instancias del poder estuvieran implicadas en los peores manejos. Sin ello, el mundo podría perder su preciosa fachada. Años después, Paul Pennyfeather vuelve a la universidad. Nadie lo reconoce, nadie recuerda su nombre, nunca llegó a ser nadie, y por lo mismo puede continuar sus estudios eclesiásticos.

Cuerpos viles (Anagrama), publicada dos años después, es una novela más arriesgada que la precedente. Su estructura está formada por un concierto de voces, murmullos y un caudal de citas periodísticas en torno a la "alegre juventud". La novela se inicia en un viaje en barco de Calais a Dover. Allí está la mayor parte del reparto de la novela: Mrs. Ape y su cadena de ángeles evangélicos, en gira por Europa; el padre Rothschild, un misterioso, cultísimo y evasivo jesuita, y los representantes más exaltantes de la "alegre juventud". La novela es una marcha festiva de comicidad delirante; el himno religioso que canta un grupo de coristas vestidas de ángeles tiene por nombre: "En el Cordero de Dios no se detienen las moscas". La arquitectura de esta novela se distancia de la anterior. En Cuerpos viles los acercamientos personales se vuelven elusivos, sesgados y sordos; los diálogos insinúan más que afirman. No hay protagonistas propiamente dichos, los sustituyen una histérica trouppe de figuras recortadas de papel colorido.

El cast de Cuerpos viles es amplio. Un clan compacto: "la brillante juventud" circula incesantemente entre la frivolidad, el diletantismo y la disipación. Su lenguaje resulta cifrado a todos los otros sectores sociales. Se han liberado de las costumbres familiares, o al menos eso dicen, pero en realidad actúan como rebaño. Un espacio privilegiado es cualquiera donde se celebre una fiesta. Vivir fuera de la fiesta es vivir en el error. Pero el hecho de que una fiesta sea una verdadera fiesta depende de la crónica de sociales de algún periódico importante. Sin los columnistas de sociales, la alta sociedad no funcionaría. Tanto los anfitriones como los invitados dependen de los cronistas. De ellos depende el éxito o el fracaso de una anfitriona, el reconocimiento de sus esfuerzos, el premio merecido, o, en otros casos, la catástrofe. El cronista de sociales puede ser un dictador, un inquisidor, un hombre de poderes enormes, y a la vez un ser frágil, tremendamente vulnerable. En seis semanas un periódico importante cambió tres veces a su cronista de sociales, el primero se suicidó, el segundo fue despedido y el tercero huyó al continente.

Enumera Waugh: "Fiestas de máscaras, fiestas salvajes, fiestas victorianas, fiestas del Lejano Oeste, fiestas rusas, fiestas de circo, fiestas donde uno tiene que disfrazarse de otro, fiestas en donde se debe concurrir casi desnudo al bosque de St. John; fiestas en los apartamientos, en estudios, en mansiones, en barcos, en hoteles, y en clubes nocturnos, en molinos, en piscinas; tés escolares, donde come uno bollos y merengues y cangrejos en lata; fiestas en Oxford, donde se bebe jerez y se fuman cigarrillos turcos, aburridos bailes en Londres, cómicos bailes en Escocia y desagradables bailes en París... toda esa sucesión y repetición de humanidad añadida... es Cuerpos viles". El epílogo de la novela transcurre en un campo de batalla. Unos cuantos jóvenes brillantes tratan de escapar entre las ruinas. La fiesta había terminado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de octubre de 2003