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Entrevista:Donna Tartt | 'BEST SELLERS' DE CALIDAD

"Me gusta más que digan 'me encanta esta frase' a que digan 'me ha encantado tu libro"

La escritora de Misisipí causó sensación con su primera novela, El secreto, publicada en 1992. Luego se desvaneció, dejando a sus admiradores suspirando por más. Ahora, diez años después, la autora ha roto su silencio y vuelve con la novela Un juego de niños a las rutas literarias que la consagraron. En esta entrevista habla de su éxito y de su obsesión por el mundo de la infancia.

Cuando se publicó El secreto, los periodistas parecían tan cautivados por Donna Tartt como por su libro. Había nacido y se había criado en Misisipí, y se habló mucho de su educación y sus antecedentes sureños (la heredera del legado de Faulkner, Capote y Welty), su erudición y su estilo. Las reseñas biográficas hablaban de su experiencia en estudios clásicos; su entusiasmo por Platón y Dante; su característico aspecto ("de golfillo", "como un duende"); que encendía un cigarrillo tras otro, sacados de una tabaquera de piel de avestruz, y bebía como un cosaco. Una reseña de Vanity Fair señalaba que el contestador de su apartamento de Greenwich Village recibía a quienes llamaban con la voz de T. S. Eliot leyendo La tierra baldía, y la describía como un espíritu precoz salido de un crucero de la Cunard Line (barcos de vapor que hacían la ruta del Atlántico Norte) en los años veinte. Una chica lista al estilo Salinger.

"Mis obsesiones e intereses no han cambiado mucho desde que tenía seis o siete años"

"Me he dado cuenta de que no escribo sobre el amor, y tampoco me gustan los libros de amor"

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Mientras Nueva York suda con una de esas oleadas de calor que baten marcas de temperatura, me dirijo a un pequeño restaurante francés del Upper East Side para reunirme con ella. Tartt tiene un apartamento por la zona (se ha trasladado de Greenwich Village), pero en realidad pasa la mayor parte del tiempo escribiendo en su casa "de campo". Tras mucha insistencia, se aviene a decirme que está en el Estado de Virginia.

Peter Pan en Misisipí

Es menuda y muy elegante: apenas 1,52 de estatura, viste blusa de seda azul, pantalones negros y mocasines negros. Tiene una belleza poco ortodoxa, tez pálida y rasgos marcados, pelo peinado con una severa melena a lo Louise Brooks y penetrantes ojos verdes que mantiene herméticamente cerrados cuando se concentra al hablar. Su voz es aguda, entrecortada, con un mínimo deje sureño.

Aparentemente, la bebedora y fumadora que escribió El secreto (Plaza & Janés) se ha desvanecido. Dejó de fumar hace unos años debido a una bronquitis, y durante nuestra comida sólo bebe agua. Pero la chica lista sigue siendo muy evidente. Tartt ha leído muchísimo, y es asombrosamente erudita; durante la conversación cita a Tomás de Aquino, Oscar Wilde, San Agustín y Henry James -por no mencionar a John Hurt, el cantante de blues de Misisipí-, mientras consigue la encomiable hazaña de no parecer en absoluto jactanciosa.

Ambientado en Alexandria, una pequeña población de Misisipí, Un juego de niños -como El

secreto- empieza con un asesinato, aunque es lo único que ambos libros tienen en común. La víctima es un niño de nueve años, Robin Cleve Dusfrenes, cuyo cadáver aparece colgado de un árbol de su propio jardín. Doce años después, su hermana Harriet, que tenía menos de un año cuando se produjo el asesinato, se dispone a vengar la muerte de Robin. Harriet está enamorada de Raptado, de Robert Louis Stevenson; la historia de Scott en la Antártida, y la vida de Harry Houdini. Especie de versión femenina de Peter Pan, un relato que adora, es decidida, impetuosa y valiente; en realidad, más decidida y más impetuosa de lo que le conviene, porque uno de los temas centrales del libro es que los niños pueden interpretar y comprender de manera equivocada y peligrosa el mundo de los adultos, y los peligros en los que pueden caer si lo hacen. La solitaria, inteligente y poco común niña, enamorada de los libros, que vive en un mundo de imaginación... Cada autor vierte su propia experiencia y la convierte en ficción, pero todo esto suena, poco más o menos, a esbozo autobiográfico de Tartt y de su propia niñez.

Nació en 1963 en Greenwood, Misisipí, la misma ciudad, me dice con orgullo de verdadera admiradora, donde murió envenenado el gran cantante de blues Robert Johnson; el cruce donde supuestamente él encontró al diablo está cerca de la pequeña ciudad de Grenada donde ella creció. La mayor de dos hijas, Tartt fue educada en una "raída elegancia", en una gran casa "llena de cosas bonitas y montones de libros". Su familia por parte de madre, los Boushé, eran "antiguos sureños", que es como decir que vivían en Grenada desde que la ciudad existía. Su madre, Taylor, trabajaba de ejecutiva en la Comisión de Empleo Estatal. Su padre, Don, era una persona fuera de lo normal, un antiguo músico rockabilly que de alguna manera se había metamorfoseado en político local de cierta enjundia y que raramente aparecía por casa. Tartt pasó buena parte de su infancia rodeada de una extensa familia de tías diversas, abuelos y bisabuelos. Sus padres están ahora divorciados, y hace años que no habla con su padre.

Tartt afirma que una de las cosas que quería hacer en Un juego de niños era describir un Sur "en la cúspide del cambio": social, económico y cultural. Y uno tiene la impresión de que Alexandria, el lugar donde se ambienta Un juego de niños, sirve de fiel equivalente a la Grenada en la que Tartt creció; su aire de somnolencia intemporal interrumpido por el ruido infernal de las excavadoras que abren carreteras y construyen hipermercados a las afueras, donde el viejo Sur y el viejo orden están siendo irreversiblemente derribados. "Recuerdo que de pequeña", dice Tartt, "la clínica de nuestra ciudad tenía dos puertas en diferentes partes del edificio con las palabras blancos y de color escritas encima en cemento, aunque para entonces ya no funcionaba, por supuesto. Recuerdo muy bien cuando mataron a Martin Luther King. Yo tenía cuatro años. Vino a nuestra ciudad poco antes de que lo matasen".

De Julio Verne a Joy Division

Estos indicios del futuro no eran suficientes para borrar la sensación de que se trataba de un lugar congelado en el tiempo. Tartt afirma que creció "en el mismo lugar en el que había crecido mi abuela. Realmente había una sensación de continuidad. Yo leí en buena parte los mismos libros, las mismas ediciones, que mi abuela había leído cuando era niña". Los libros eran "un gran elemento de huida". Los libros te permitían "ser otro". Sobre todo, ella era "una niña a la que le encantaban los libros para niños". Ivanhoe, Julio Verne, James Fennimore Cooper, Robert Louis Stevenson. Uno de los juegos preferidos de su niñez era reclutar a sus amigos menos interesados por la lectura para representar escenas de Raptado. "Y", añade Tartt, "me encantaba sobremanera Peter Pan". A los doce años leía a Dickens y Kipling. Este amor por la literatura del siglo XIX y su tradición narrativa -la ausencia casi total de influencias que podríamos denominar "contemporáneas"- parece esencial para describir a Tartt.

Como dijo Peter Pan, "morir será una aventura enormemente grande". Esta idea ejerce una poderosa atracción sobre Tartt. Porque la obsesión de Harriet por Peter Pan y por la historia de Scott en la Antártida es, por supuesto, la de Tartt. "J. M. Barrie era un gran amigo del capitán Scott", dice entusiasmándose con el tema. "De hecho, creo que llegué al capitán Scott, al que adoro, a través de Barrie". "Una de las últimas cartas escritas por Scott cuando estaba a punto de morir fue a Barrie. Y cuando la noticia de su muerte llegó a Inglaterra, Barrie escribió un artículo en el que incluía un asombroso relato sobre una expedición de alpinismo en la que uno de los jóvenes alpinistas se había caído en una grieta. Muchos años después, algunos miembros del equipo decidieron volver (por entonces ya eran viejos) y allí estaba su compañero, todavía con 20 años, bellamente conservado. Y Barrie escribió, "también Scott y sus compañeros emergieron de las inmensidades blancas, jóvenes para siempre".

Tartt afirma que sus obsesiones y sus intereses "no han cambiado mucho desde que tenía seis o siete años". Era un chicazo (y dice que todavía lo es) a quien no le interesaba adaptarse a la idea que otros tenían de cómo debía comportarse una niña. El hecho más absurdo de su adolescencia es que la presionaron para que participase en el grupo de animadoras del equipo de su instituto; "la animadora menos animada que te puedas imaginar"; mientras que la idea de asistir al cotillón, o al baile de puesta de largo -un momento muy esperado en el ritual sureño en el que se espera que las muchachas se vistan como Escarlata O'Hara para coquetear con los futuros Rhett Butler- la hacían llorar. "Incluso ahora me hacen verdadera gracia los trajes de mujer", dice.

Un viejo chiste en Misisipí dice que hay más escritores que gente que sepa leer. A los 13 años, Tartt publicaba poesía en la Mississippi Literary Review. Competía en todos los premios literarios que tenía a mano, e invariablemente los ganaba. En 1981 llegó a la Universidad de Misisipí en Oxford, conocida como "Ole Miss" (vieja señorita). Como la mayoría de los alumnos, se unió a una hermandad, "Kappa, Kappa, Gamma", pero posteriormente confesó que no le interesaba excesivamente la camaradería alegre y simpática. En la "caja de la amistad" en la que sus compañeras depositaban mensajes de esperanza y felicidad -hola árboles, hola cielo- Tartt lanzaba granadas literarias de Nietzsche y Sartre: "Dios está muerto... y nosotros lo hemos matado" y "el infierno son los demás". Acabó bajo la protección del escritor invitado del campus, que la abordó después de leer trabajos que Tartt había remitido (sin éxito) al periódico de la universidad. Él se presentó: "Me llamo Willie Morris y creo que eres un genio". Antiguo director de la revista Harper's, Morris había ayudado a lanzar las carreras profesionales de William Styron, Joan Didion y otro escritor de Misisipí, John Grisham.

A sugerencia de Morris, Tartt dejó la Ole Miss al año siguiente y se matriculó en Bennington, una escuela de artes liberales de Vermont. Allí hizo migas con un grupo de aprendices de escritores entre los que se encontraba el novelista Bret Easton Ellis. Única entre sus contemporáneos, había estudiado latín y griego, y había leído la obra completa de Proust. Por si todo esto suena demasiado hermoso, también era gran admiradora de Joy Division y R.E.M.

Un éxito de culto

En Bennington es donde empezó a escribir El secreto. Le llevaría diez años terminarla, durante los cuales se mantuvo trabajando de vendedora en una librería de Boston, y de ayudante de un pintor que enseñaba en la Escuela Parsons de Diseño, de Nueva York, por lo que recibió clases particulares gratis de pintura, además de un sueldo. Más que un simple éxito de ventas, El secreto se convirtió enseguida en un culto, provocando páginas y sitios de Internet que celebraban y analizaban el libro al milímetro, y a su vez provocando el culto a Tartt. Un crítico inglés ha sugerido recientemente que el libro había sido básico para el "sombrío egocentrismo" manifiesto en iconos góticos como Marilyn Manson y Buffy la cazadora de vampiros. Tartt parece completamente desconcertada cuando le digo esto. "No sé qué es Buffy cazavampiros. No conozco el aspecto de Marilyn Manson". Su conocimiento de la cultura popular es, confiesa, como mucho poco sólido. En la universidad sentía pasión por la música rock, "y sigo pensando que Brian Eno es un genio", añade. "Pero, por ejemplo, ¿quién es J. Lo?, ¿entiende lo que quiero decir?". Dice que, verdaderamente, no tiene idea de por qué El secreto prendió de esa forma; "me dejó profunda y absolutamente perpleja, y todavía lo estoy. Pero lo más maravilloso, con mucho, son las cartas que me llegan de jóvenes que han decidido estudiar griego o latín después de leer el libro. Eso es lo que me hace más feliz".

Tartt afirma que tras El secreto estaba decidida a escribir "un libro completamente distinto, sobre un mundo completamente diferente. Es especialmente difícil escribir desde el punto de vista de un niño. La satisfacción más profunda que me produce escribir es del nivel más pequeño, más humilde e íntimo: trabajar con tesón en una frase complicada, conseguir llevarla a la perfección, sin importar el tiempo que haga falta. Puedo pasarme tranquilamente horas moviendo una coma. Me satisface mucho más que alguien diga 'me encanta esta frase', que no que diga, 'me ha encantado tu libro".

Ni amor ni fama

Lo curioso, quizá, de El secreto y Un juego de niños es que el amor romántico o sexual está completamente ausente de ambos. Los estudiantes de El secreto -únicos quizá entre los estudiantes de todo el mundo- parecen casi desprovistos de vida sexual (Tartt la ha descrito de hecho como una novela sobre la sexualidad reprimida) y en Un juego de niños evita cualquier tema romántico, aunque dice que algunos han detectado una corriente romántica subterránea entre Harriet y su amiguito Healy, "a pesar de que no beben vasos de vino en un restaurante francés ni van a habitaciones de hotel", añade con sequedad.

Pero no, el amor es un tema so bre el que no le interesa escribir. "Me he dado cuenta de que no escribo sobre el amor, y tampoco me gustan los libros de amor", dice resueltamente. Pero si uno escribe sobre la vida, ¿no se topa en algún momento con el amor y el deseo sexual? Tartt enarca una ceja. "No lo sé. Julio Verne nunca se encontró con ellos. A Melville no parece interesarle en absoluto. Flannery O'Connor, un escritor al que admiro mucho, no parece sentirse muy atraído por esta cuestión...".

Poco después de nuestra conversación, Tartt y yo intercambiamos mensajes electrónicos en los que le pedí que me hablase más sobre el tema del éxito y del escritor en cuanto celebridad. "Cicerón", me respondió, "tiene una gran expresión al respecto: aura popularis, la brisa de la popularidad. Depende siempre de dónde sople el viento. Pero el asunto es que la brisa tan pronto viene como va. Pienso que debe de ser un problema temible", continúa, "para aquellos a quienes les preocupa la celebridad y que desean atención, y desean aferrarse a ellas, pero es una idea profundamente tranquilizadora para alguien que, como yo, sólo quiere irse a casa, cerrar la puerta, y volver a su mesa de trabajo".

En mi mensaje también la había invitado a participar en un pequeño ejercicio. En 1948, el fotógrafo Herman Leonard tomó una fotografía del músico de jazz Lester Young. En ella se muestra la maleta de Young abierta, en la que se ven partituras que sobresalen por los lados; su característico sombrero hongo colgado de la tapa. Delante de la maleta hay una botella de Coca-Cola vacía, con un cigarrillo encendido encima. Como si el propio Young hubiese sido arrancado de la fotografía en el segundo antes de que se disparase el obturador, dejando atrás los elementos esenciales de su vida. ¿Qué habría en su retrato?, le pregunté. Ella replicó: "Papeles sucios, una libreta abierta, un lápiz. Una taza de té. El mismo sillón que tengo desde la universidad, con un jersey colgado del brazo. Libros abiertos boca abajo por todo el suelo. Mis perros, que se sientan a mi alrededor mientras trabajo, ladrando furiosamente a cualquier fuerza invisible que acaba de arrancarme de la foto".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de octubre de 2003