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Crónica:VUELTA 2003 | Vigésima y penúltima etapa

El calvario de Nozal

Roberto Heras destroza al hasta ayer líder en la cronoescalada de Abantos y se proclama virtual ganador

Desde el autobús, por televisión, con el teléfono móvil conectado a su fiel Pablo Antón, Manolo Saiz contempló el apogeo del desastre que pacientemente había estado generando la última semana. La hecatombe. La nada del hombre que buscó todo durante una Vuelta tallada a la medida de su equipo. Quiso ganar la general por equipos, jugar con el maillot amarillo desde el primer día, acumular triunfos de etapas, ganar la Vuelta con Igor González de Galdeano, copar el podio, controlar, bloquear, manejar... Y el penúltimo día, el día de los 11 kilómetros decisivos, tres buenos repechos y poco más, que llevan de San Lorenzo de El Escorial al Alto de Abantos, allí estaba él, sancionado, con un teléfono móvil dando instrucciones a su mano derecha para que Antón se las pasara a Marino Lejarreta para que su fiel Marino se las hiciera llegar al bueno, al noble, al esforzado, al magnífico Isidro Nozal, al gregario de 25 años, al esforzado trabajador que veía aterrizar sobre sus anchas espaldas todo el peso de tanta responsabilidad, que había ido creciendo exponencialmente, según pasaban los días, según se desmoronaba el mundo a su alrededor, según la curva de su capacidad física, la de su rendimiento, continuaba descendiendo irremisiblemente, el peso de tanta frustración.

El ONCE-Eroski se hundió y también pierde la primera plaza de la clasificación por equipos

Un peso excesivo para unas fuerzas demasiado exiguas. Nozal, el líder inesperado, el hombre que se fortalece olivando pinos con un hacha, el chaval fanático de los camiones, se hundió. Con él, a sus pies, se hundió Igor Galdeano, que no subirá al podio de Cibeles, se hundió todo el equipo, que tampoco ganó la clasificación por conjuntos. Cuando gana, Manolo Saiz y su equipo arrasan; cuando pierde, el desmoronamiento es absoluto.

Manolo Saiz sabía que había perdido la Vuelta el día anterior, bajando Navacerrada, poco después de que su temor le empujara a cerrar una moto de TVE que creía que ayudaba a Heras. Tanto lo sabía, tan consciente fue de su error -porque fue él quien decidió el desarrollo que debían llevar sus corredores, un plato de 54 dientes que se demostró insuficiente en la larga e infructuosa caza de Heras, los del Kelme y los del iBanesto.com-, que llegado al hotel por la noche recriminó al equipo su falta de valor, su nula capacidad para recortar apenas en el descenso y en el llano la ventaja que Heras y otros alados escaladores habían obtenido en la subida.

El equipo se acostó derrotado, triste, sin esperanzas. Y, sin embargo, objetivamente, la situación era envidiable. Aún había motivos para el optimismo. Nozal aún aventajaba en 1.55 minutos a Heras. Y sólo quedaba un obstáculo. Un último puerto. Y ni Heras creía que fuera posible la conquista final. Sólo lo creía Saiz, que aún intentaba engañar al mundo, engañarse un poco, que aún decía: "La cronoescalada la puede ganar Nozal".

Heras es frío, poco dado a expresar sus estados de ánimo, poco dado a dejar que las emociones le desborden. La noche anterior a la cronoescalada había hecho sus cálculos, unos cálculos hipotéticos, unas cuentas que creía casi utópicas. Las cuentas de la lechera. "Si le saco 10 segundos por kilómetro, entonces llegaré a falta de un kilómetro y aún me quedarán 15 segundos por desbrozar y entonces, quizás, si va muy justo, puede que Nozal acabe hundiéndose, y entonces, quizás, quién sabe..." Era el último día de cálculo de una última semana de Vuelta que se había pasado limando. Su necesidad, combinada con las ambiciones del Kelme y el espíritu del iBanesto.com, había dado lugar a unas etapas de montaña repetidas, una tras otra, de ataques a cuatro o cinco kilómetros de la última cima acoplados a los movimientos de los otros dos equipos y a magras cosechas cotidianas rondando el minuto.

De los cinco minutos de desventaja con que salió de la contrarreloj de Albacete había mordido tres en otras tres etapas, La Pandera, Sierra Nevada y Navacerrada. El objetivo del último día, dos minutos de golpe, parecía excesivo. Pero entonces Heras se acordó, recordó minuto a minuto su peripecia patética de hace un año por el paseo de La Castellana, cuando el Aitor González que entonces era TerminAitor le destrozó en la última contrarreloj. Y supo, lo supo mejor que nadie, lo que pasaría por la mente de Isidro Nozal cuando saliera suavemente empujado por femeninas manos de la rampa del Escorial dos minutos después de él, oyendo por el pinganillo hecho instrumento de tortura las referencias, la velocidad con la que su rival, el escalador que disfrutaba en su terreno, lo trituraba sin piedad, lo aplastaba contra los repechos, contra sus espaldas hundidas por el peso de tanta responsabilidad.

Y así lo explicó Heras después de subir al podio para celebrar su nuevo maillot amarillo, el de su segunda Vuelta a España tras la de 2000: "Sabía que si empezaba fuerte, que si le sacaba rápidamente 20, 30 segundos, Nozal empezaría a dudar, sufriría una de las situaciones más desagradables de su carrera. Vería que la diferencia crecería y crecería y que empezaría a pensar no en él, sino en todo el esfuerzo de todo el equipo detrás de él, con él, y vería que todo el mundo se hundía sobre él, sobre sus compañeros". Algunos lo llaman calvario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de septiembre de 2003