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COPAS Y BASTOS

Sobre ruedas

Este verano intenté practicar el skate. A la primera, me caí al suelo, sin ni siquiera avanzar un miserable metro sobre una tabla decorada con dibujos de tortugas Ninja. Me dolió el culo durante una semana. Al saber que el día de la Mercè se celebraba una reunión de skaters (un skatepark, le llaman) en la plaza de Catalunya, me acerqué un rato a ver si aprendía algo. Las calles adyacentes estaban tomadas por miles de personas sin otro objetivo que el de ocupar la calzada. Una vez en la plaza, procuré no mirar el monumento hecho a Macià, en parte porque los expertos dicen que es horrible (y a mí me empieza a gustar) y en parte porque se rumorea que hay ratas (y me sabría mal certificar esta metafórica mala noticia). En el centro, allí donde hace décadas unos amigos juramos encontrarnos la noche del cambio de siglo para comprobar en qué clase de carrozas nos habíamos convertido, se agolpaban los skaters.

Veo, veo: un circuito con rampas y dos docenas de practicantes compitiendo en acrobacias. A unos pocos metros, un enorme escenario donde un disc jockey machaca al respetable con sonidos atronadores, de esos que uno debe escuchar como si no fueran un endemoniado taladro. Eso, sumado a la verborrea de un speaker con nulo repertorio de adjetivos, contamina el lado sonoro de la escena. El lado visual es más estimulante. Parece que estemos en un suburbio de Los Angeles, con una legión de jóvenes cortados por un mismo patrón estético. Siempre ha sido así. Cuando prometíamos encontrarnos en la plaza de Catalunya con el cambio de siglo, también lucíamos ropas y peinados de estética hippy-progre que, con la intención de luchar contra lo establecido, se quedaron en moda. Cambió el siglo, nadie acudió a la cita pero la plaza de Catalunya sigue siendo una superficie ideal para resbalar, sobre todo los días de lluvia, cuando el agua se mezcla con la capa de excrementos de paloma.

Pero volvamos a la indumentaria del personal: gorras, camisetas, pantalones anchísimos, gomas de calzoncillo a la vista y bambas supersónicas. En principio, representan una estética inconformista, hip-hop o grafitera pero, a la práctica, son el blanco preferido de multitud de marcas de ropa deportiva. En el circuito, ninguno de los skaters lleva protección, ni en la cabeza, ni en las rodillas ni en los codos, quizá porque, llegados a cierto dominio de equilibrio sobre la tabla, debe considerarse que lo ideal es follar sin condón, conducir sin cinturón y patinar sin protección (aunque también podría ser que estuvieran en fase de precalentamiento). Entre los skaters, no hay ni una sola chica. Algunos lucen perillas, tatuajes, y pasean su musculatura a una velocidad no exenta de caídas aparentemente leves, no sé yo si porque de verdad son inocuas o porque los tipos duros no se quejan, sobre todo delante de sus novias. Detrás de las vallas, un público formado por passavolants observa las evoluciones de los atletas sobre ruedas.

Entre gorras de rapero aficionado y pendientes de bucanero, hallo un pequeño quiosco donde se venden pipas y chucherías, como en los tiempos en los que uno se hacía una fotografía cerca de las palomas (ahora las palomas ponen cara de cobrar por permitir que les dés de comer). Hay seguridad privada de la empresa JARC, una mesa para inscribirse y un grupo de grafiteros completando un mural figurativo. También hay chicos bailando break-dance, aunque es posible que esta denominación haya caducado (a lo más moderno que he llegado en materia coreográfica ha sido a emular a José Luis Fradejas en el programa Aplauso). El desfile de camisetas casi produce vértigo. Entre los más jóvenes, son mayoritariamente comerciales, pero también hay excepciones ideológicas (contra el Plan Hidrológico, a favor de Sandino). Pese a la parafernalia de marcas que convierten este ruedo en una exposición de patrocinadores (que contrasta con los tenderetes de la VIII Mostra d'Associacions, solidarios y humanitarios en su mayoría), las acrobacias de los skaters siguen siendo un prodigio de equilibrio. Deslizarse por la vida sin contaminar no deja de ser una proeza. No en vano cuentan que el skate lo inventaron los surfistas para matar el aburrimiento de los días en los que no podían echarse al mar. En cuanto a esta moda que glorifica las tallas grandes y la ausencia de cinturón, aunque haya sido banalizada por la publicidad, tiene una explicación. Lo cuenta Chuck D., del grupo Public Enemy, en su libro Fight the power: "Los jóvenes compran el look negro, como los vaqueros talla XXL, sin saber que ese estilo nació en las prisiones. En la década de 1970 los cinturones fueron prohibidos en las cárceles porque los presos se ahorcaban con ellos. No tenían más remedio que llevar los pantalones sueltos y medio caídos. El poder sabe enriquecerse hasta con sus propias humillaciones".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de septiembre de 2003