Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Editorial:

Verde Marruecos

Pese a que las autoridades intentan esconderlo, los islamistas han conseguido un éxito considerable en las elecciones municipales de Marruecos. Este hecho ha quedado camuflado por la abstención propugnada por el grupo más radical, Justicia y Caridad, por unas cifras oficiales de participación (54%) sin mucha credibilidad y por el papel jugado por los islamistas moderado del Partido de la Justicia y Desarrollo. Este partido, que oficialmente quedó el tercero en las últimas generales, decidió presentarse sólo en un 20% de las circunscripciones ante las presiones contra los movimientos islamistas tras el atentado de Casablanca en mayo, pero obtuvo un resultado espectacular: ha sido el partido más votado en 30 de las más importantes zonas urbanas. El régimen marroquí empieza a tener un grave problema, que no resolverá tapándolo o insistiendo en que el vencedor oficial, ante el retroceso de los socialistas, ha sido el partido nacionalista Istiqlal.

Una marea verde como la que protagoniza el islamismo político marroquí no violento responde, ante todo y como en tantos otros sitios, al fracaso del sistema económico y social, y a una apertura política excesivamente angosta que se puede estrechar aún más por temor o con la excusa de cerrarle el paso al islamismo, como sucedió en Argelia en 1991 con el golpe militar. El impulso reformista de Mohamed VI a su llegada al trono y las expectativas que creó cuando se proclamó "rey de los pobres" han quedado en muy poca cosa y explican el desengaño que está lanzando a los desheredados en brazos del islamismo.

Al fracaso de las reformas se suma la tensión política desencadenada por los atentados de Casablanca y, más recientemente, por los asesinatos de marroquíes de religión judía, la última y reducidísima comunidad sefardita que sobrevive en tierra islámica. Está claro que hay un islamismo violento y otro que no lo es, aunque no siempre es fácil distinguir los límites, y sobre todo los efectos de la represión antiterrorista, en un país con una tradición de respeto de los derechos humanos más que limitada. Los atentados de Casablanca llevaron a detenciones y condenas en un macrojuicio que acaba de terminar con varias condenas a cadena perpetua, incluida la del francés Pierre Robert. Al menos los jueces no han respondido a la petición del fiscal de dictar penas de muerte, que hubieran tensado aún más el clima político y creado más dificultades al régimen en sus relaciones con Europa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de septiembre de 2003