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Ángeles Santos | UNA PIONERA DE LAS VANGUARDIAS

"Pinté 'Un mundo' para que lo enviaran a Marte"

Fue una pintora precoz y sus primeros cuadros llamaron tanto la atención de los intelectuales y artistas españoles a finales de los años veinte que las exposiciones se sucedieron. La visitaban García Lorca y Jorge Guillén, mientras Gómez de la Serna se prodigaba escribiéndole. Pero ese fulgor duró sólo dos años, de 1928 a 1930. El Museo Patio Herreriano de Valladolid dedica, a partir del jueves, una exposición a esa etapa de la pintora gerundense. Una manera de darle el lugar en la historia que ella misma quiso eludir.

Se mueve con agilidad, busca entre los cuadros que tiene en distintos rincones de un salón acogedor, luminoso y ordenado en su piso al norte de Madrid, y los va colocando sobre las sillas para mostrarlos mientras habla con locuacidad de lo que le va viniendo a la cabeza. Ángeles Santos, nacida en Portbou (Girona) en 1911, tiene 91 años cumplidos. En la mayor parte de ellos, la pintura ha dado sentido a su existencia. Pero sólo en dos, cuando tenía entre 16 y 18, dejó escapar descontroladamente el genio. De 1928 a 1930 se entregó como poseída a un mundo imaginario creando obras que deslumbraron a los artistas e intelectuales de la época; un terremoto, un destello intensísimo que acabó de forma abrupta una noche solitaria a orillas de un río. "Yo era muy rara", dice ahora, casi sin querer recordarlo.

"Yo no me considero surrealista, sino una pintora de la imaginación"

"No me daba cuenta de lo que era la Guerra Civil. Yo siempre he vivido fuera de la realidad"

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En realidad fue un solo cuadro, Un mundo, el que la situó de inmediato, con su sorprendente visión surrealista, como una revelación ante los ojos atentos a las vanguardias del momento en España. "Yo había escuchado entonces que el hombre llegaría al planeta Marte y eso me impresionó. Pinté ese cuadro para que lo enviaran allá y que los marcianos supieran cómo era nuestro planeta Tierra", relata riéndose un poco de su ingenuidad, aunque sin renunciar del todo a la posibilidad. "Mi padre encargó una tela enorme (320×340 centímetros) para que el mundo cupiera. Como pintar el mundo redondo me resultaba más complicado, lo hice en forma de un cubo, y ahí cabían muchas cosas, como las ciudades y la gente. Abajo pinté unos extraterrestres, con un cuerpo con un armazón de alambre, sin pelo y sin orejas. Junto a ellos hay otros seres pequeñitos que cogen la luz del sol con una tea y encienden las estrellas. Lo hice pensando en un poema de Juan Ramón Jiménez: '...ángeles malvas / apagaban las verdes estrellas. / Una cinta tranquila / de suaves violetas / abraza amorosa / a la pálida tierra". Es su cita predilecta, la dice de memoria aún hoy en lo que parece ser un pacto selectivo con sus recuerdos.

Pintó Un mundo a mediados de 1929. "Yo no me considero surrealista, sino una pintora de la imaginación", subraya. Ese mismo mes acabó también Tertulia, considerado uno de los grandes exponentes de la influencia de la Nueva Objetividad alemana en la pintura española de los años veinte. Una obra que recuerda a las de Tamara de Lempicka y, a la vez, a las de Balthus. Encerrada en su habitación de la casa familiar en Valladolid pintó en pocos meses cerca de cuarenta lienzos, buena parte de ellos de gran tamaño. Una crítica entusiasta de Francisco de Cossío en El Norte de Castilla abrió las puertas a esta adolescente a exhibir sus cuadros junto a los de pintores profesionales.

El interés que suscitó llevó a personajes como Jorge Guillén y Federico García Lorca a visitarla mientras ella pintaba estos lienzos. "García Lorca era muy simpático; en ese momento todavía no era famoso, era un señor que cuando hablaba todos los demás callaban", afirma la pintora. "Yo no recuerdo si hablé con él, no sé. Había leído su poesía, tenía en ese momento un libro suyo, Romancero gitano, y él me lo firmó". El poeta la visitó dos veces más posteriormente. En esos meses de 1929, Ángeles Santos pinta incesantemente, lee poesía y toca el piano. "Cuando pinté esos cuadros yo solía ir muy mal vestida, hasta pensaban que yo podía ser una pobre. No le daba importancia ni a la ropa, ni al peinado, ni a mí. A veces me fumaba un cigarrillo. Casi ni comía por irme a toda prisa a pintar. Qué cosa... yo era muy extraña". El autorretrato que hizo en 1928 refleja a esa joven de aspecto rebelde y mirada intensa en un cuadro de técnica y lenguaje ya maduro.

Como ella dice, no se daba de

masiada importancia. O quizá sí se creyó por un momento lo de la genialidad. Su hijo, el también pintor Julián Grau Santos, presente en la conversación, comenta que sí: "Lo del genio sí se lo creyó, pero lo cierto es que nunca quiso explotar su éxito". "Yo regalaba mis cuadros, no los vendía, para qué. Si yo tenía de todo", añade ella.

Fue invitada a las tertulias de intelectuales de Valladolid, entonces una ciudad de activa vida cultural, a las que iba siempre acompañada por su padre. En Madrid la reciben en la del Café Pombo, donde conoce a Gómez de la Serna y José Gutiérrez Solana, entre otros. "A mí no me gustaba la vida de artista, ir a las inauguraciones o a las tertulias. Como no tenía nada que decir...

no tengo conversación, ¿sabe?".

No fue del todo así. Su juventud, su talento y cierto aire enigmático hechizaron a más de uno, entre ellos a Ramón Gómez de la Serna, con quien mantuvo una amplia correspondencia (que luego ella destruyó), y Juan Ramón Jiménez, a quien no llegó a conocer, pese a ser una ávida lectora de su poesía. "¿Gómez de la Serna? Ah, sí. Me escribió algunas cartas, también me escribía otra gente, pero siempre hablándome de pintura", dice hoy con desinterés.

Por el contrario, Gómez de la Serna, con 23 años más que ella, no ocultó su admiración por Ángeles Santos y así lo refleja en un artículo publicado en La Gaceta Literaria en 1931: "Tan estupenda me había parecido su obra, que al venirme a París, me paré en Valladolid sólo para ver los cuadros que guardaba en la casa paterna, y durante esa visita sólo me dediqué a ella y no vi columnas, ni ventanas platerescas, ni museos provinciales, ni amigos.

Después de mostrarme toda su obra, salimos a dar un paseo por Valladolid y entramos con su padre en un café. (...) Se notaba que era demasiado el orgullo que llevaba la niña y su gabán tiró una copa, que se rompió en holocausto.

Sus ojos violetas no se dejaban penetrar y se sentían ansias de convertirlos en negros gracias al punzón de Caín. (Será ésa la tragedia del que conviva con esos ojos imposibles).

Yo la ponderaba Valladolid:

-Yo lo encuentro alegre y ancho.

-No, no... Yo me ahogo.

Se la veía aspirar a lo maravilloso y sentir el escalofrío que dan las espaldas de las iglesias. (

...)

Volvimos a salir a la calle. Ángeles me hablaba de sus largos internados en colegios de monjas, donde se sintió abandonada en patios de blancor sobrehumano. (...)

Después entramos en un cinematógrafo. Todo era fuga en el écran, y yo la alargaba la mano para saltar al teatro flotante, como si pudiésemos navegar de un momento a otro por aguas del río norteamericano y oír en la misma noche del otro lado las canciones del río.

Se oyeron unos aplausos, y Ángeles dijo:

-No me gustan los aplausos, por ese fondo de huecos que suena en ellos.

Después de aquella estancia en el cinematógrafo familiar, tomé el camino de la estación y salí, camino de París.

Ella se quedó en Valladolid, sojuzgada a la ley común de las menores, tan estrecha y tan injusta para ella, penando de soterración, bajo unas estrellas provincianas que eran como guijos que hacían daño a su carne almada, a su espíritu sobrehumano".

Juan Ramón Jiménez simplemente la vio pasar una tarde y no pudo evitar dejarlo por escrito en Españoles de Tres Mundos: "Alguno se acerca curioso a un lienzo y mira por un ojo y ve a Ángeles Santos, corriendo gris y descalza a orillas del río. Se pone hojas verdes en los ojos, le tira agua al sol, carbón a la luna. Huye. Va. Viene. Va. De pronto, sus ojos se ponen en los ojos de las máscaras pegados a los nuestros. Y mira, la miramos. Mira sin saber a quién. La miramos. Mira".

Ángeles Santos era como un espíritu inasible. "Por momentos me ponía triste, tenía ganas de llorar y entonces me ponía a tocar el piano y me distraía. No pensaba en novios ni en nada, sólo en pintar y pintar. Como casi no comía me puse muy neurasténica", rememora hoy con un tono de educado distanciamiento que aún la caracteriza.

En ese momento algo se quebró en su interior. Y así, una noche se dejó ir. "Un día, al anochecer, me fui sola por las montañas a buscar a Dios. Fui caminando por el río, me había ido de la realidad y quise ver cómo era el creador de todo en la tierra". La encontró un guarda, la llevó con su familia y ellos la internaron durante un mes en un sanatorio. "Estuve veinte días hasta que llamé a mi padre y le dije: 'Venga a buscarme que haré lo que me mande'. Y vino a buscarme".

La noticia de su internamiento despierta en Gómez de la Serna una indignación que no contiene. Poco antes de este suceso ella le había anunciado: "Esta tarde me marcho a un largo paseo...

Me bañaré en un río con los vestidos puestos -¡qué contenta estoy de dejar, por fin, el baño civilizado en bañeras blancas!-, y después me iré por el campo, huyendo de que me quieran convertir en un animal casero".

Después de eso Ángeles Santos dejó de pintar casi hasta 1935, cuando conoce a quien sería su marido, el pintor Emili Grau Sala. Vio una muestra de abanicos alegremente decorados por él y eso cambió definitivamente su propia forma de pintar. "Mis cuadros anteriores eran más oscuros. Cuando vi los de Grau Sala me gustaron más que los míos. Descubrí a los impresionistas, a Cézanne, Monet y a Van Gogh". Ángeles Santos se casó con Grau Sala en enero de 1936. Al estallar la guerra cruzan la frontera francesa, pero poco después ella, embarazada de pocos meses, decide volver a España con sus padres, y con ellos y su hijo Julián vive los siguientes años en varias ciudades españolas. Vuelve a vivir con Grau Sala en 1969 en París hasta su muerte en 1975. Los cuadros que pinta Ángeles Santos desde entonces hasta ahora siguen la estela menos conflictiva, más decorativa de cierto impresionismo cercano al de Degas, con paisajes, bodegones y retratos de gente conocida. Ni la Guerra Civil ni los años de posguerra hacen mella en esa pintura que deja poco margen a los audaces vuelos de la imaginación de sus primeras obras. "Yo no me daba cuenta de lo que era la guerra. No sé lo que hacía, yo siempre he vivido fuera de la realidad", afirma con cierta indiferencia.

No siente nostalgia alguna ni

expresa emoción respecto a aquellos años de genio, ni tampoco a la mujer que imaginó poder llegar a ser entonces. "Se ve que me gustaba pensar cosas, imaginar. También pensaba en ir a Nueva York, ahora ya no". ¿Y por qué no lo hizo? "En esa época no se podía. Una señorita no hacía esas cosas. Yo siempre fui a los sitios acompañada por mis padres". La rebelde se apaciguó y, en una especie de pacto fáustico inverso, prefirió volar bajo, en silencio, sin dejar que nada la toque. Sigue pintando a diario, ve poca televisión, sólo los informativos y alguna película. "La vida ha sido muy larga para mí, pero yo sigo pintando y lo haré hasta que ya no pueda". Y tras un breve silencio, afirma: "Hace tiempo que quiero pintar un ángel, pero como no he visto ninguno no sé cómo hacerlo".

A Ángeles Santos le hace ilusión volver a Valladolid ahora junto con los cuadros que pintó allí y que, como ella, han hecho un larguísimo periplo para volver a ese lugar. "La ciudad debe haber cambiado bastante, pero me apetece mucho volver a ver los sitios que conocí". Y al final comenta con cierto asombro: "No sé porque me han elegido a mí para hacer esta exposición".

Algunos cuadros perdidos

EL MUSEO Patio Herreriano de Valladolid presenta a partir del próximo día 25 y hasta el 11 de enero de 2004 una exposición dedicada a la fructífera etapa de Ángeles Santos entre los años 1928 y 1930. Son cerca de 70 cuadros, entre los que se encuentran, además de 20 de los suyos, los de artistas como Salvador Dalí, Federico García Lorca, Josep Togores, José Gutiérrez Solana o Ramón Gaya; así como Sinforiano del Toro, Cristóbal Hall y Mariano Cossío, con un retrato recientemente descubierto que este último hizo al poeta Jorge Guillén. El comisario de la exposición, Josep Casamartina i Parassols, ha realizado un exhaustivo estudio de la obra de Santos en esos años clave que lo ha llevado a recuperar varias obras perdidas de esa época, entre ellos el Retrato de María Álvarez, una de las muchachas que posaron para Tertulia. También estarán obras no expuestas antes como El tío Simón y La tía Marieta, ambas de 1928, que fueron las que la descubrieron como artista. La célebre Un mundo vuelve a la ciudad del Pisuerga después de siete décadas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de septiembre de 2003

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