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Reportaje:

Adiós a los olvidados

Entierro en París de las víctimas de la ola de calor que no fueron reclamadas

Otro de los inhumados en la ceremonia colectiva fue Pedro Santamaría, de 79 años. Hijo de exiliados españoles, tomó la nacionalidad francesa en 1965 y, por tanto, fue a parar a la zona de indigentes del inmenso cementerio de Thiais, como el resto de las víctimas francesas. Vivía solo en una de esas buhardillas que la punzante carestía de alojamientos de París hace pasar por apartamentos. Los estudiantes suelen resistir la prueba en invierno, pero no cabe imaginar hornos más eficaces para ancianos expuestos al sol de agosto. Viudo desde hace 10 años, Santamaría permaneció muerto seis días antes de ser encontrado.

Viudo desde hace diez años, Santamaría permaneció muerto en su domicilio seis días hasta que fue hallado

Un drama familiar está en el origen de la soledad de Juan Giner. Vivía de alquiler en un apartamento de unos 50 metros cuadrados en la zona de Les Halles, los antiguos Mercados Centrales de París, donde había trabajado como repartidor. Se marchó hace 40 años de Polinyà del Xúquer, el pueblo valenciano donde reside su familia, que no ha querido saber nada a causa de que aquél dejó a su esposa por otra mujer, según dice una persona de la familia.

El vecindario parisiense de Juan Giner le recuerda con afecto, siempre en medio de plantas y de pájaros hasta que cayó enfermo de un cáncer. "Me enteré de su muerte al volver de las vacaciones", cuenta su vecino, David Sintzel, realizador en una emisora de radio, mucho más joven que Juan -tiene 34 años-, que fue testigo de su cambio vital: del hombre que amaba las fiestas y la buena vida, Giner perdió la mitad de su peso y "pasó al misticismo" tras operarse, hace cinco años. La muerte le sobrevino en el ático recalentado que ocupaba, sin duda el peor sitio para que un organismo debilitado resistiera 40 grados de temperatura.

Otras tres víctimas españolas de la tragedia han escapado al destino de morir en el olvido familiar. Alertado por la policía francesa, las gestiones emprendidas por el cónsul español permitieron localizar a las familias en España y éstas se hicieron cargo de los suyos. Sólo Giner permaneció hasta el final en la lista de los "no reclamados".

El sol no faltó ayer a la cita durante los 20 minutos que duró el homenaje a los 57 fallecidos sin familia, centrado en la lectura del texto de una canción de Barbara: "Cuando aquellos que van a irse se marchan para siempre, para siempre jamás..., que duerman, que duerman en paz", leído entre acordes de violín y flauta tras la lectura de los nombres de las víctimas, no todas tan ancianas: Valérie Dumans, de 42 años, era una de ellas.

Esta inhumación fue una iniciativa del alcalde de París, Bertrand Delanoë, pero a última hora se sumó el ministro de Sanidad, Jean-François Mattei, acogido con murmullos entre las decenas de personas -ex compañeros de trabajo de los fallecidos, vecinos, simples curiosos-, que le ven como el símbolo de la catástrofe sanitaria que ha amplificado las consecuencias del individualismo en que vive la sociedad francesa. El presidente Chirac asistió en silencio, intentando rectificar así la penosa impresión provocada por su ausencia durante las semanas en que 11.500 conciudadanos murieron durante el verano más cálido de los últimos 40 años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de septiembre de 2003