Columna
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Ens quedem!

Los primeros gritos de libertad que recuerdo no se distinguían del deseo de placer y se producían cada año a la caída del sol en la playa el día de la Virgen de Agosto. En la arena había carros de labranza con toldos y algunas tartanas; los caballos y las yeguas ya habían sido lavados entre la espuma de las olas y, cuando la tarde iba dejando el cielo rayado con los primeros murciélagos que parecían de almíbar, en cada familia el padre tenía que tomar la decisión de abandonar el mar para volver a casa. En ese momento se establecía una lucha. Al día siguiente se celebraba la fiesta de San Roque, abogado contra las pústulas, y en esta parte del Mediterráneo esa jornada también se dedicaba al asueto, con muchas paellas campestres e infinitas sandías abiertas. La lucha consistía en conseguir que el padre atendiera las súplicas de los niños que querían pasar esa noche en el mar bajo las estrellas durmiendo al socaire de las barcas varadas. A veces esta pugna duraba toda la tarde y se acompañaba de muchas lágrimas. No todos los padres transigían. Si por fin, después de muchos ruegos, alguno cedía, en el entorno del carro o de la tartana afortunados se producía una alegría frenética y los niños clamaban: "¡Ens quedem, ens quedem!". ¡Nos quedamos, nos quedamos! era el grito de libertad, y su eco se extendía a lo largo de toda la playa entre los grupos apostados alrededor de las canastas con viandas; y, lo mismo que las detonaciones se multiplican por simpatía, esa explosión de placer infantil hacía que otros padres se rindieran también en aquel combate. Conquistar por primera vez toda una noche en el mar sin más frontera que la luz del sol que nacería del agua al día siguiente me produjo una sensación de ebriedad que aún hoy me llega al fondo del corazón. En ese momento en la arena se batía en retirada el ejército derrotado, que se componía de todos los niños obligados a volver a casa. Las tartanas y carros de labranza partían hacia el pueblo cargados de sollozos mientras a orilla del mar otros niños felices y victoriosos seguían gritando: "¡Nosotros nos quedamos, nosotros nos quedamos!". Haber conseguido la noche en el mar para perder la identidad en las olas oscuras hasta encontrar el sol sobre los párpados dormidos fue la primera libertad que obtuve en este mundo. Al día siguiente, festividad de San Roque, vendría el perfume del sofrito de conejo que se confundiría con la brisa salada y el azul bruñido, y con estos elementos sagrados se iría construyendo el alma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0009, 09 de agosto de 2003.