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Miguel Gil Corell

Miguel Gil Corell murió en la madrugada del 19 de julio. Se fue discretamente, como él quiso, como vivió. Tenemos que decirle, con profunda nostalgia y tristeza, el adiós definitivo de la muerte, que sin piedad nos conduce hacia la eternidad o hacia la nada.

Miguel creía en la nada eterna, sin ambages ni contemplaciones, con toda la crueldad sin respuesta que sintió cuando su mujer, hace más de veinte años le dejó a él, también para siempre. Por aquellos años, al comienzo de la transición, había iniciado sus actividades cívicas. Y nosotros descubrimos a un amigo muy particular, solitario e independiente, que creía profundamente en la amistad, que siempre estaba ahí cuando le necesitábamos, y que se enroló con entusiasmo en cuantas causas cívicas surgían en defensa de la Naturaleza, del civismo y del País.

Su magisterio fue muy importante. Por una parte, como uno de los primeros profesores de Ecología de la Universitat de València, cuyos alumnos le recuerdan como un gran apasionado en esta ciencia joven. Hace apenas unos meses tuvimos ocasión de comprobarlo: el Colegio Oficial de Biólogos le nombró su primer miembro de honor el pasado mes de febrero. Un sencillo acto universitario lo festejó y Miguel, abrumado, agradeció el homenaje. Aún recordamos las últimas palabras de su parlamento para alertarnos sobre los nuevos nubarrones en El Saler, y proclamar un rotundo NO a la barbarie de la guerra.

Pero además de su magisterio universitario, el movimiento ecologista valenciano le debe buena parte de su fundamento: rigor en el análisis científico para los fenómenos naturales y el descubrimiento del patrimonio natural valenciano. Con el mismo entusiasmo que hablaba de L'Albufera, lo hacía de los parajes perdidos, desconocidos u olvidados de nuestro país interior -Font Roja, El Fondo, El Caroig, La Murta y La Casella, Martés, La Pobleta, Espadán...- o denunciaba los efectos nocivos de la radiactividad "aún en pequeñísimas dosis por su carácter bioacumulativo, ¡ojo!..." contra las mentiras oficiales, para defender las energías renovables, en especial el uso de la biomasa.

Conviene recordar a las jóvenes generaciones, que por los setenta, el ayuntamiento franquista del Cap i Casal acariciaba la idea de hacer de L'Albufera un emporio turístico, cuyo primer peldaño sería la creación de una universidad laboral en la Mata de Fang, y un puerto deportivo-urbanización en la playa de El Saler.

Aquí inició Gil Corell su ofensiva junto con los científicos Ignacio Docavo y Luis Pechuán, que consiguieron llamar la atención de la comunidad científica internacional sobre el entorno, estableciendo conexiones muy valiosas, como la de Antonio Valverde (promotor del Parque de Doñana, recientemente fallecido) o el Fondo Mundial para la Naturaleza, WWF. Así se dieron los primeros pasos para el reconocimiento de este paraje como lugar de alto interés medioambiental.

Y ahí, en L'Albufera, centró su trabajo más intenso. Fue más tarde Presidente de la Junta Rectora del parque (no le veíamos muy cómodo en traje oficial, es cierto) y, ya de retorno a la esfera cívica, presidente, mucho más cómodo, de la Fundación (no gubernamental) de amigos del lago.

El manifiesto fundacional de AVIAT (Associació Valenciana d'Iniciatives i Accions en Defensa del Territori, 1977) incluye lo que probablemente sea el primer catálogo valenciano de espacios naturales amenazados: a Gil Corell -cómo no, uno de los firmantes- se debe en buena parte el listado.

El movimiento cívico del País Valenciano ha perdido a uno de sus hombres más valiosos y sabios, por más que los representantes institucionales no hayan caído en la cuenta. Ya nos tienen, por desgracia, acostumbrados a estos desafectos.

Miguel Gil Corell, con una juventud y energía muy por encima de las de su generación, también se comprometió con los primeros movimientos urbanos de los setenta, sumándose, como uno más (aunque él, por varias razones, no era nunca uno más) a las reivindicaciones que por entonces surgieron. Detener el proceso destructivo en El Saler, elevar a paraje de alto nivel L'Albufera ("dos parajes, un solo ecosistema"), salvar el viejo cauce del Turia de la especulación (no fue posible el "bosque urbano" que él proponía, mucho más razonable y natural que el cajón de sastre o jardín de diseño que se veían venir) son algunas de las relevantes conquistas ciudadanas deudoras de gentes como Miguel o el siempre recordado Just Ramírez.

Evitaremos citar, para no incomodarle, la larga lista de asociaciones a las que prestó su colaboración o los méritos de su currículum.

Con un especial sentido del humor que parecía a veces surgir de Quevedo y de la España de esos tiempos, irónico y apasionado, inteligente y profundamente escéptico, con una amplia cultura con cierto perfume del autodidacta rebelde, y dotado de una gran memoria, Miguel era, como amigo o contertulio, una persona apasionante. Hombre radical en algunos aspectos, de una radicalidad tajante que a menudo no dejaba resquicios para la matización, su verdad era la ciencia y la naturaleza, y las defendía con la misma fuerza como cuando se hablaba de música y catalogaba a Bach por encima de cualquier otro compositor. Las obras aparentemente metódicas y siempre renovadas de Bach, las leyes de la naturaleza y la inteligencia humana fueron tres realidades que defendió hasta su muerte.

La enfermedad no alteró ninguna de sus creencias, ni tampoco sus firmes sentimientos sobre la amistad. En los últimos años y por problemas de salud, moderó su actividad en la primera línea del movimiento cívico, si bien siempre se mantuvo conectado y no dejó de expresar públicamente su posición. Si este País recupera su pulso algún día, podrá alimentarse del legado científico y cultural de personas como Miguel.

Gil Corell ha muerto y sentimos profundamente su ausencia. Su recuerdo, sin embargo, permanecerá entre nosotros. Fiel a sus principios, quiso que sus cenizas fueran esparcidas en el lago de L'Albufera. Allí descansa, en la rizada superficie de sus aguas, testigo mudo y nunca ya presente, pero real y nuestro, de nuestro maltratado territorio. Ojalá, en las noches serenas, en cualquier noche, en cualquier día, los que comprendan y quieran, puedan oír con su recuerdo la vibrante, vital, serena y siempre renovada música de las partitas o las sonatas de Bach, aquella música que tanto amó y a la que tanta pasión de su vida dedicó.

Trini Simó es profesora de Historia de la Arquitectura y del Urbanismo y Joan Olmos es ingeniero de Caminos.

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