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Crítica:LIBROS

Variaciones sobre la extinción de los 'dinosaurios'

Aunque en forma de novela -por tanto, con la ventaja de la amenidad, pero con una cierta merma de su credibilidad-, Ramón Vilaró ofrece en Tabaco. El imperio de los marqueses de Comillas un eficaz retrato de una de las familias más poderosas en la España de la segunda mitad de siglo XIX y el primer tercio del XX. Su origen fue bien modesto: Antonio Víctor López y López de la Madrid (1817-1883) -de pequeño, Antonio López a secas-, era un huérfano jovenzuelo de Comillas (Cantabria) que emigró a Andalucía (jándalo) como primer paso para saltar a Cuba (indiano) en 1833, y amasó allí y en Filipinas tal fortuna que, regresado a España -a Barcelona: había casado en Cuba con una rica catalana apellidada Bru- pudo iniciar una carrera tan espectacular que deslumbró (y humilló) a los más ricos y poderosos de la época.

Tabaco. El imperio de los marqueses de Comillas

Ramón Vilaró

Ediciones Martínez Roca

ISBN 84-270-2883-0

El relato sobre la vida y milagros económicos de los Comillas que presenta Vilaró tiene la importancia de refrescar memorias, teniendo en cuenta que el marquesado se extinguió por razones familiares -el segundo marqués, Claudio (1853-1927), al que la Iglesia intenta beatificar, murió sin descendencia: hoy son los Güell-, pero sobre todo a causa de las crisis que suelen cebarse en las fortunas incapaces de adaptarse a las nuevas corrientes económicas, como los dinosaurios desaparecieron porque se quedaron quietos y satisfechos en un terruño que se desmoronaba bajo sus pies.

Lo cierto es que los Comillas ocuparon plaza de soberanía en la alta sociedad durante medio siglo y marcaron, para bien y para mal, algunos rumbos económicos cuyos efectos perduran. Un dato sobre esa relevancia: en los veranos de 1881 y 1882 el rey Alfonso XII instaló su residencia de vacaciones en Comillas, invitado por el fundador de La Transatlántica, e incluso allí, en aquella pequeña villa, llegó a celebrarse un Consejo de Ministros. Para festejarlo, el marqués hizo instalar en el pueblo, para la ocasión, el primer alumbrado público de España.

No faltan libros sobre los Comillas, como familia y como grupo empresarial con enormes intereses, a veces estratégicos o monopolísticos, en sectores como el transporte marítimo, la banca, el correo, los seguros, el tabaco, la construcción de ferrocarriles o la compra de inmensos terrenos en Madrid por donde iba a crecer la ciudad, amparados -insinuados- por el Rey, por los gobiernos cuando eran conservadores -el liberal Sagasta detestaba la prepotencia del marqués, que siempre se salía "con la suya"- o por el muy político y a veces en apuros económicos marqués de Salamanca.

Todo lo sabido sobre el Grupo Comillas está en el libro de Vilaró, pero su forma novelada añade otras perspectivas: la libertad con que el autor/periodista afronta el empeño, esa misma forma novelada -aunque sólo dos de los personajes son de ficción, Gil y Clarisa- que añade perfiles y licencias que no pueden permitirse en un buen historiador. Vilaró, además, ha manejado bien la mucha -y buena- bibliografía que existe sobre la poderosa familia comillana, incluso las famosas execraciones que del primer marqués escribió en 1885 uno de sus cuñados, Francisco Bru, un marginado de la familia. Fueron dos libros demoledores, entre el cotilleo y la venganza: La verdadera vida de A. López y López y, sobre todo, El marqués de Comillas, su limosnero y su tío, este último poniéndose a sí mismo como protagonista junto al segundo marqués, el piadoso Claudio, y su extravagante confesor, mosén Jacint Verdaguer.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de junio de 2003

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