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Reportaje:

50 años del 'caso Rosenberg'

Los hijos del matrimonio ejecutado por espionaje recuerdan el macartismo

Mientras sus padres, Julius y Ethel Rosenberg, eran ejecutados en la silla eléctrica de la cárcel de Sing Sing (Nueva York), Robert, de seis años, jugaba a la pelota en el patio de la casa de unos amigos de la familia. Su hermano Michael, de 10 años, se lo había advertido minutos antes. "Ya está, eso fue todo. Goodbye, Goodbye (Adios, adios)".

Las memorias de Robert Meeropol, que ahora lleva el apellido de sus padres adoptivos, Ejecucion en la familia: la jornada de un hijo (St. Martin's Press) serán presentadas hoy, jueves, día en el que se cumple medio siglo de la muerte de Julius y Ethel Rosenberg, un matrimonio judío acusado de conspiración por espionaje durante el apogeo de la cruzada McCarthy.

"Cualquier cosa que uno pudiera hacer para vencer a Hitler era muy importante", precisa Meeropol

Los Rosenberg , denunciados como "espías atómicos" por haber entregado el diseño de la bomba atómica al KGB en torno a 1945, lo que nunca fue demostrado, se convirtieron en un símbolo de la intolerancia política de Estados Unidos y crearon uno de los capítulos más controvertidos en la historia política del país.

Jean Paul Sartre describió la ejecución como un "linchamiento legal que cubrió de sangre a toda la nación". Picasso pintó los retratos de Julius y Ethel, hubo protestas multitudinarias en todo el mundo y los dos huérfanos iniciaron una larga etapa de silencio y clandestinidad, en la que adquirieron el nombre de sus padres adoptivos e intentaron hacer una vida normal.

Meeropol, de 56 años, relata sin sentimentalismos las traiciones de su familia materna, especialmente las de David Greenglass (hermano de Ethel), cuyo testimonio fue determinante en la condena a muerte de sus padres, y la de su abuela Tessie Greenglass, a la que describe como "una mujer ácida, odiosa, que fue mala conmigo" y terminó "depositándonos" en un albergue para niños mientras sus padres estaban en Sing Sing.

Recuerda las visitas a la cácel y cómo se escondía dentro del abrigo del voluminoso abogado de sus padres, Emanuel Bloch, para escapar de los fotógrafos a la entrada. Ya dentro, podía abrazarlos . "Si hubo momentos infelices durante esas visitas los he reprimido de mi memoria".

Robert Meeropol tenía tres años cuando el FBI arrestó a sus padres en 1950 y sólo los vio unas 20 veces más hasta el 19 de junio de 1953, cuando fueron ejecutados. Fueron años vertiginosos en el que deambularon de una casa a otra y les dominaba el miedo. Su hermano Michael fue su gran apoyo. "Eramos aliados, los dos contra el mundo. Sólo con él me sentía cien por cien a salvo", relata. Michael Meeropol, de 60 años, jefe del departamento de Economía en la universidad Western New England (Massachussets), tiene más recuerdos de sus padres. "Tengo memoria de mi madre embarazada de Robert, de juegos con mi padre, dándole migas de pan a las palomas, viajes en el metro, de mirar los rieles del tren y dibujarlos", comentó ayer en una entrevista telefónica con este periódico.

También recuerda momentos más tristes, cuando el FBI arrestó a su padre. "Escuchaba un episodio de El llanero solitario, que me encantaba. Uno de los agentes del FBI me apagó la radio, yo la volví a encender, la volvió a apagar, la volví a encender, hasta que mi madre gritó que quería un abogado".

Michael Meeropol asegura que su madre "no hizo absolutamente nada, es inocente" y sobre su padre dice que "hasta ahora estábamos convencidos de que no había ninguna actividad de espionaje", pero reconoce que "concebimos la posibilidad de que él (Julius Rosenberg) puediera haber estado involucrado en la transferencia ilegal de informacion a un aliado durante la Segunda Guerra Mundial". Meeropol advierte que no está dispuesto a juzgar a su padre "porque cualquier cosa que uno pudiera hacer para vencer a Adolfo Hitler era muy importante". Robert revela en su libro sentimientos mixtos frente a su padre y se cuestiona si él mismo, al tener hijos, no consideraría el riesgo de una actividad política por temor a dejar niños huérfanos. Sin embargo, prefiere no juzgar y declara estar orgulloso de sus padres porque actuaron con integridad y coraje.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de junio de 2003