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COLUMNA

Verdades bajo cero

Resulta que el patrón del kilo no pesa ya lo que anuncia; ha adelgazado, y esa pérdida de consistencia y de fiabilidad parece, por perfecta, una metáfora inventada a propósito para representar estos tiempos que nos toca vivir y que son, en tantos sentidos, desoladoramente menguantes. La lista de pérdidas es larguísima; incluye términos abstractos y concretos, desde la percepción de la libertad hasta la fórmula química del aire. Desde el deseo -en una cultura de satisfacciones inmediatas es la primera víctima- hasta la anchoa, y que el mar se desertice parece otra ocurrencia de la imaginación. Perdemos sin parar, árboles y resistencia a la injusticia. Y perdemos sobre todo lenguaje.

Que las palabras no son lo que eran nos lo recuerda a diario el discurso político que se está convirtiendo en el modelo predominante de discusión y de debate. Hablamos como hablan nuestros políticos, o por lo menos, hablamos a partir de los enfoques que ellos aplican a la realidad pública. Y en esos enfoques, la verdad no es que ya no brille ni siquiera por su ausencia -es decir, como presupuesto sobreentendido-, sino que ha dejado incluso de fingirse. Se dice que la hipocresía es un homenaje que el vicio hace a la virtud. Pues bien, vivimos tiempos políticos desvirtuados, donde los intereses partidistas y de poder no se sienten ya ni siquiera en la obligación hipócrita de disfrazarse de principios.

Acudiré al ejemplo clásico de Nixon y el Watergate. El presidente del primer país del mundo fue entonces obligado a dimitir no sólo por haber montado una red privada de espionaje, sino fundamental y simbólicamente por haber mentido al ser descubierto. Si los políticos pillados en un engaño dimitieran hoy, subirían varios enteros las estadísticas del paro.

La muestra más llamativa -sigo en los Estados Unidos porque lo que pasa allí acaba pasando, a escala, en todas partes- nos la ha dado esta semana el número dos del Pentágono, Paul Wolfowitz, al reconocer que la existencia de armas de destrucción masiva en Irak fue un argumento inflado, una argucia "burocrática" (sic) del entorno de Bush para justificar la guerra, porque era la "única razón en la que todo el mundo estaba de acuerdo". Bush mintió pero se queda en el poder; igual que Blair y que Aznar, que se queda a pesar de haber justificado lo injustificable con el mismo falso testimonio. Y la que se queda también, y además reforzada, es la idea de que hay intereses superiores a la verdad. Que la verdad es sólo una marquita en un termómetro, que a veces es aconsejable situar bajo cero.

E insisto en que lo que pasa en Estados Unidos acaba pasando, como en una maqueta, en cualquier parte. Aquí, sin ir más lejos, donde en vísperas de la constitución de los ayuntamientos, Arnaldo Otegi -devuelto a sus funciones de portavoz de AuB- no para de reclamar su parte proporcional.

El argumento que aduce es la propiedad legítima de los votos nulos. Esa legitimidad es multiplicadamente discutible; pero me ceñiré hoy a una objeción fundamental de carácter interno, es decir, que tiene que ver con la verdad íntima del programa electoral de AuB.

Durante la campaña, la plataforma hizo público un decálogo para la reflexión, con afirmaciones como éstas: "Abogamos firmemente por la desaparición de todas las expresiones de violencia del escenario político vasco" (4). "Proponemos la articulación de un proceso político, plural, dinámico, democrático y pacífico" (9). "El conflicto vasco tiene solución. Desde AuB nos comprometemos a aportar las iniciativas precisas para impulsar una salida pacífica y democrática al mismo" (10). "No vamos a mentir al pueblo" (6). Pues bien, el pueblo fue a votar con esos presupuestos; y hay que entender que la suma total de los votos obtenidos por AuB se corresponde con ese programa y esa actitud.

AuB no ha condenado el último atentado de ETA y eso deja demasiadas cosas donde siempre estuvieron; y añade una razón al cuestionamiento de su representatividad; la ilegitima también por negación de su propuesta electoral, por radical irrespeto a su verdad pretendida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de junio de 2003