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COLUMNA

Maldita columna

Una columna de humo. Antes de que el sonido de la explosión llegue a oídos de los presentes, una columna de humo y polvo se eleva hacia el cielo. Luego viene el estruendo. Crujido de metal arrancado, restallido de cristal reventado. La carne sajada no hace ruido. Son sólo unas milésimas de segundo, pero son suficientes para detener el tiempo. Antes de que el cine descubriera los efectos especiales la realidad ya nos había enseñado que la muerte violenta se produce siempre cadenciosamente, a cámara lenta. Columna de fuego. Una columna que no sostiene nada, porque nada puede sostenerse mediante la violencia, potencia impotente, patética demostración de fuerza bruta. Una columna que no vertebra nada, sino que desmembra, destroza y descoyunta. Columna a la que están encadenados el verdugo y la víctima. El primero, con los hierros de la vida despreciada; la segunda, con los de la vida arrebatada. Una columna a la que se aferra ETA, como un Sansón enloquecido, dispuesto a morir llevándose por delante a quien sea en una Euskadi que, a sus ojos, se vuelve cada vez más filistea.

Columna militar. Columna blindada de guerreros sordos por su propio ruido de metal sin alma. Quintacolumna clandestina, compinchada con el ayer contra el mañana, aliada del odio contra la convivencia. Columna de una contabilidad sangrienta que desde el primer asesinato apuntó como beneficio lo que sólo era pérdida. Columna de opinión de quienes no tienen otra cosa que expresar que su innegociable pretensión de imponerse a toda otra opinión. Pilastra carcomida de un edificio inhabitable, hito de un camino que no lleva a ninguna parte, crucero de una ruta de crucificados.

Sangüesa. Sangruna. Sangría. Sangrena. Sangrería. Sangruesa. Otro socavón imposible de recomponer en el camino hacia la construcción de una sociedad decente. Otro hueco imposible de llenar en dos familias ya para siempre rotas. ¿Qué hacer? ¿Hacer como si nada, intentar que la violencia se mantenga en la periferia de nuestra existencia, limitada al territorio del dolor compartido? ¿Hacer como si todo, situar la violencia en el centro de nuestras preocupaciones, suspender toda otra consideración que no sea la de combatirla? ¿Qué valor otorgar al crimen cuando sólo es crimen? ¿O no es tan sólo crimen? La columna de la vergüenza, que hoy se eleva hasta los mil muertos de altura, ha sido construida víctima a víctima. ¿Hasta dónde se extienden las responsabilidades por los asesinatos de hoy? ¿Hasta quiénes? ¿Acaso llegan hasta aquellas verbenas por todas las plazas de Euskadi en las que la canción del verano era aquella del "Voló, voló, Carrero voló...", con su sencilla coreografía de prendas lanzadas jocosamente al aire? ¿Cuándo y cómo se puede dar por rota la cadena de complicidades, de responsabilidades?

Todos los muertos son iguales, pero cada asesinado pesa más, resulta más insoportable para una sociedad harta de una violencia políticamente residual que ha convertido una forma de muerte en una forma de vida. Hace tan sólo diez años una carta como la de Patxi Urmeneta, el concejal de Batasuna en Sangüesa, hubiera sido recibida como esperanzadora señal de que, a pesar de todo, aún había esperanza. Al fin y al cabo, gestos bastante menos claros han sido interpretados como indicios de que "algo estaba cambiando en ese mundo". Pero es que hace diez años los muertos de hoy confiaban en tener muchos más de diez años de vida por delante. Hace diez años esta sociedad había vivido diez años menos de horror, estaba a diez años del hartazgo, estaba a diez años de sufrir los efectos de esta vomitadera en que la ha acabado convertida la vida política en Euskadi. Vomitadera, por cierto, generada sólo en parte por el terrorismo y en mucho por la manera en que lo enfrentamos.

Sangüesa. Sangruna. Sangría. Sangrena. Sangrería. Sangruesa. Columna de humo, de fuego y de sangre. Ésta es la columna que nunca hubiese querido escribir, pero que he escrito ya mil veces. Maldita columna.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de junio de 2003