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COLUMNA

Cultura

Siempre me ha extrañado que cuando un partido, sobre todo de izquierdas, saca a relucir en campaña el tema cultural lo haga centrándose en el aspecto de la diversión y del espectáculo, y olvide esa inversión a largo plazo que es la educación. También me extraña, por parte de algunos artistas, esa reivindicación de "la ciudad divertida" como si realmente eso pudiera incluirse como un aspecto de peso en un programa electoral. Pero está visto que lo que vende en campaña es una foto en el periódico y se cotiza más la imagen de un batallón de artistas que la de esos personajes descoloridos y trabajados que son los maestros. No es demagogia. Es que puede que se estén cargando las tintas hacia el lado más brillante de la cultura. Realmente no sé qué capacidad tiene un ayuntamiento para exaltar el espíritu creativo de sus ciudadanos. Probablemente, en la idealización de los ochenta como década prodigiosa, al menos en Madrid, haya algo también de nostalgia de la juventud perdida. Desde luego, los jóvenes ahora parecen divertirse tanto como nos divertíamos nosotros. Y no les faltan ideas alternativas y estéticas. Puede ser que algunos valoremos más el aspecto individual de las iniciativas culturales que el que precisa ser permanente subvencionado. Nueva York, por ejemplo, es una ciudad que a pesar de ser la cuna feroz del capitalismo ha sido siempre ejemplo de efervescencia cultural y eso ha dependido, sobre todo, del ambiente generado entre los propios artistas. En los años cincuenta, ante el peligro de que los especuladores convirtieran ese barrio de almacenes llamado Soho en un lugar impersonal de apartamentos, los artistas reinvidicaron el espacio, el Ayuntamiento se lo cedió barato, y ellos hicieron de aquel lugar fantasma un foco de cultura internacional. La cultura debiera caminar, en mi opinión, siempre un poco al margen del mundo oficial. Para no pringarse y para ser más libre. Pero lo que no puede dejarse huérfana es la educación pública, a la que se escatima inversiones y se carga con todo el peso de la inmigración. En ese mundo es donde está la cultura que vendrá. Ahí es donde están los clientes de los que escriben o actúan: futuros lectores y espectadores. Aunque sólo fuera por eso deberíamos acordarnos de ellos cuando pronunciamos la palabra cultura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 28 de mayo de 2003