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Crónica:FÚTBOL | La jornada de Liga

'El Niño' desata la apoteosis

Fernando Torres vuelve en el segundo tiempo para rescatar al Atlético de la tristeza con dos goles maravillosos

En los peores momentos, cuando el juego era plano y el marcador un dilema, la grada coreó furtivamente su nombre. Cuando saltó a calentarse un minuto antes del descanso, la hinchada intuyó un agujero de esperanza. Cuando el chico descolgó su primera carrera, ya en el segundo tiempo, el Calderón empezó a sonreír y el Villarreal a temblar. Cuando se inventó el primer gol, un derechazo magistralmente colocado, el Manzanares se puso a hervir. Y cuando Fernando Torres, como remate a su mágico retorno a medio gas, juntó su corazón y su izquierda para reventar el segundo tanto, estalló la apoteosis. Su apellido retumbó hasta en el rincón más escondido de Madrid y hasta al último de los atléticos se le encogió el alma de emoción. Otra vez El Niño, otra vez la ilusión.

ATLÉTICO 3 - VILLARREAL 2

Atlético: Esteban; Contra, García Calvo, Coloccini, Sergi; Aguilera (Luis García, m. 46), Emerson (Fernando Torres, m. 46), Nagore, Movilla; José Mari (Jorge, m. 54) y Javi Moreno.

Villarreal: Reina; Belletti (Palermo, m. 75), Álvarez, Ballesteros, Arruabarrena; Guayre (Javi Venta, m. 64), Josico, Farinós (Víctor, m. 71), Calleja; Jorge López; y De Nigris.

Goles: 0-1. M. 23. Guayre dispara, Esteban rechaza y el balón le cae a Calleja, que marca.

1-1. M. 31. Cesión de Arruabarrena a Reina. El portero intenta parar la pelota, que le pasa por debajo del pie y se cuela en la portería.

1-2. M. 42. Josico se adelanta a Emerson y marca desde el borde del área pequeña.

2-2. M. 70. Gran disparo de Fernando Torres desde fuera del área que entra por la escuadra.

3-2. M. 74. Incursión de Luis García, que cede a Fernando Torres, que fusila con la zurda.

Árbitro: Ramírez. Amonestó a Belletti.

Unos 40.000 espectadores en el Calderón.

Luego, cuando el Villarreal se levantó del golpe y buscó de nuevo el empate, al Atlético le tocó sufrir de verdad. Pero ya dio igual. Fernando Torres había cambiado el destino al partido, se había apoderado de él y no estaba dispuesto a dejarse robar un solo gramo de protagonismo. Y tal vez hasta Reina, el portero rival, lo agradeció.

Porque a Reina le había tocado padecer el peor cuarto de hora de su carrera. Por el gol más tonto de su vida, un error inexplicable que le despertará repentinamente unas cuantas noches venideras, y por la crueldad con que la afición rival se lo restregó durante los minutos posteriores. El ingenio de los seguidores, también su mal gusto, le puso realmente a prueba. Porque Reina sabía que se dirigían directamente a él las carcajadas que escupían las gradas, esa mofa insistente y constante que le golpeó cada vez que el balón se le acercó y también cuando anduvo lejos. Y así es difícil centrarse y muy complicado parar. Pero Reina se centró como pudo y paró casi todo, menos a El Niño. Aguantó el tirón, aunque ya nunca dejará de dar vueltas al lance, que le perseguirá tanto como a su padre el gol que se marcó en su propia meta jugando con la selección española o el que con el Atlético le anotó Schwarzenbeck en la célebre final de la Copa de Europa de 1974.

Sin la aparatosidad de Reina, sin hacerse con un hueco seguro en uno de esos vídeos enlatados que ofrecen de vez en cuando las televisiones, el Atlético también dejó ayer unos cuantos errores. Empezando por la alineación, claro, un puro despropósito. Con Movilla otra vez castigado en la banda izquierda y el equipo otra vez sancionado en el centro con Emerson, con quien ya resulta imposible delimitar si es peor su fútbol o su actitud. También estaba Javi Moreno, pero, si había insistido con él cuando no daba pie con bola, Luis no le iba a abandonar justo después de Santander, la ciudad que vio al fin sus goles. No hubo más noticias del ariete, en todo caso, que su esfuerzo.

El Atlético, que jugó mal en el primer periodo, con esa tristeza que le caracteriza últimamente, vivió de José Mari, muy activo y muy mordaz, y de las subidas de Sergi. Sacó algún chispazo con el que arrancar un grito de las tribunas, como un tiro de José Mari al larguero, pero más bien poco. Estuvo apresado casi todo el rato por el somnífero que le aplicó el Villarreal. Los de Floro se comieron al Atlético con un entramado 4-1-4-1 muy bien ligado, que se movía con dos velocidades. Con lentitud y mucho toque en la mayoría de los casos, para dormir al contrario, y con rapidez repentina en otras, para asestar picotazos. La fórmula, adornada por la vieja atención de Floro a las acciones a balón parado, no le dejó los puntos en el bolsillo de puro milagro: por el gol tonto de Reina, que le impidió alcanzar feliz el descanso.

Hasta Luis comprendió que con ese traje no había nada que hacer. Así que movió fichas en la caseta: dejó en la ducha a Emerson y Aguilera y regaló una sonrisa a la hinchada devolviéndola a Fernando Torres y Luis García, los lesionados que tanto se habían echado de menos en las últimas fechas. Y Movilla pasó al fin al centro, su sitio. Pero, como el Luis de este año es así, hizo una de las suyas unos minutos más tarde: sentó a José Mari, con el consiguiente cabreo monumental del público, y dio entrada a Jorge.

No para tirar cohetes, pero el Atlético ya sí fue otro. Luis García llenó de veneno y variedad la banda izquierda, Movilla puso lógica al juego y El Niño, falto de ritmo, inundó de temores al rival y de alegría al propio Atlético. La grada se puso a gritar, el equipo se enchufó directamente a ella, apareció la velocidad y Fernando Torres desató la apoteosis. Con sus goles, a cual más maravilloso, sus cosas de crack y ese punto irrefrenable de felicidad que transmite. Da lo mismo quien se siente ahora en la butaca de Jesús Gil. Lo importante para el Atlético es que no vendan a Torres. Es su futuro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de mayo de 2003