Columna
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Feria

Un hombrecillo anodino asiste a todos los actos literarios de los que tiene noticia: su presencia es invariable en charlas coloquio, mesas redondas, presentaciones de obras, firmas de los autores. Se le ve ir y venir de un lado para otro con los catálogos de las editoriales bajo el brazo o cebándole los bolsillos de la chaqueta, la concurrencia lo descubre sin sorpresa adosado a una de las butacas de la última fila del paraninfo, una plaza en la que resulta tan obligatorio como si estuviera tallado sobre el asiento. En los cócteles que suelen rematar esta clase de ceremonias, el hombrecito bebe una copa de vino blanco y observa con aprensión el aire que le rodea, quizá temiendo alguna amenaza; si alguien se aproxima a preguntarle, responde con mucha educación cuáles son sus escritores favoritos y qué clase de literatura merece más ser apreciada. Un día, sin saber por qué, se ve enfrascado en una conversación con otras cuatro personas en que se discute el lugar más propicio para la lectura: la cama, opina la señora de la verruga; el sillón orejero, defiende el joven con ojos azules; el tren, se inclina el gordo; un jardín, añade el caballero de los anillos. Cuando le toca el turno al hombrecito, él se excusa con un movimiento neutro de las manos y aduce: con tanta presentación, conferencia y firma, no tiene tiempo para leer...

Recuerdo esa anécdota de un autor centroeuropeo mientras deambulo por la flamante Feria del Libro de Sevilla, que goza de un nuevo lavado de cara y que busca importar a esta polvorienta ciudad del Sur los fastos similares que se celebran en Madrid y Barcelona. Su esfuerzo resulta meritorio a primera vista: las casetas han adquirido un elegante laconismo que busca parientes en el arte contemporáneo, hay ringleras de actos acumulados en el programa de las carpas abiertas al público, se ha conseguido el compromiso de algunos autores de postín para que asistan a garrapatear sus rúbricas. Da gusto ver una feria así, después de la larga y tétrica agonía que habíamos presenciado en años anteriores, cuando cuatro stands solitarios languidecían bajo un sol que respetaba tan poco a los visitantes como a los libros.

Pero ahora está aquí, renovada y gozando de una excelente salud, decidida a emular a sus hermanas del Norte. Me he acordado del cuento de ese borroso escritor centroeuropeo porque creo que retrata bastante cabalmente qué es lo que ofrecen las Ferias del Libro, cualquiera de ellas: pasillos y cascadas de volúmenes, escaparates, lujosas encuadernaciones a lo largo de las cuales el curioso puede haraganear como en un mercado persa. La imagen del zoco, del tenderete, del gran almacén es persistente: cuando uno ha recorrido una cuarta parte del recinto ferial comienza a comprender que estos eventos renuncian a la literatura para acampar en sus alrededores. Siempre que concurro a un coloquio en una Feria del Libro se abordan temas que sólo lateralmente están vinculados al acto de leer: índices de venta, destino de la narrativa actual, relación de la novela y el periodismo, narrativa joven. Uno siente ganas de confesar, con una franqueza maleducada, que la feria debe celebrarse con otro motivo y distintas metas: festejar el acto de zambullirse en la piscina abierta en cada página, dejar que los libros se acerquen a mí, a ti, a todos. Sin solapas, sin aditivos, sin colorantes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 21 de mayo de 2003.

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