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Tribuna:EL NUEVO ESCENARIO INTERNACIONAL

Geopolítica, economía y globalización

El autor analiza el nuevo escenario geopolítico después de la guerra de Irak y critica la orientación de la política económica de EE UU.

El escenario catastrófico de una recesión mundial a consecuencia de una guerra larga con alzas importantes del precio del petróleo y actos de terrorismo internacional parece descartado. La decisión de atacar Irak era una opción arriesgada en un contexto económico de debilidad y de digestión de los excesos de la burbuja tecnológica. Aun así, la guerra de Irak, a pesar de su rápido desenlace, podría tener efectos duraderos en la economía mundial, no porque ésta haya sido una guerra por el petróleo, sino porque refuerza la política unilateralista de la Administración de Bush con consecuencias no deseadas en el proceso de integración económica internacional y de globalización. La guerra ha tenido una motivación de política interior al querer proporcionar seguridad a un país que se siente inseguro después del 11 de septiembre y aumentar de paso las posibilidades de reelección de G. W. Bush. A esto se añade un motivo geopolítico de control de una región problemática al comprobar los EE UU cómo los amigos de Arabia Saudí no eran parte de la solución, sino parte del problema del terrorismo internacional. El valor del ataque a Irak como aviso para navegantes, amigos y enemigos, no es desdeñable. Las reservas de petróleo de Irak entran en el cálculo sobre todo como elemento de presión y disuasión para el reino saudí, aunque también cabe hacer cábalas sobre el uso de Irak para desestabilizar la OPEP, dominado precisamente por Arabia Saudí. Todos estos elementos se aglutinan con una fuerte dosis de ideología neoconservadora y con un componente religioso que no ha dejado de sorprender en Europa, pero que es más marketing para consumo interno que sustancia.

La actuación unilateral en el plano político tiene consecuencias económicas

Los efectos de la guerra a corto plazo han sido evidentes en los sectores más sensibles, como el transporte aéreo y el turismo, o en términos de costes más elevados de aseguramiento de ciertas operaciones comerciales. Supongamos, pues, que el escenario más benigno sobre las consecuencias económicas inmediatas de la guerra se materialice con un precio del petróleo bajo, un mínimo de efecto disruptivo en los sectores afectados y un coste moderado para el contribuyente de los EE UU. Aun así, cabe preguntarse por las consecuencias a medio y largo plazo. Para ello hay que ponerse en el contexto post-11 de septiembre. La guerra de Irak ha sido una apuesta arriesgada de la Administración de Bush tanto en el plano político como en el económico. Lo es en el plano político, puesto que la iniciativa es básicamente unilateral, destruye el consenso entre los países democráticos en una actuación internacional, poniendo en cuestión al mismo tiempo una institución multilateral como la ONU, y clava una espina más en las ya maltrechas relaciones entre Occidente y el mundo árabe y musulmán. El éxito rápido en Irak dará alas a los miembros más intervencionistas de la Administración de Bush, desde una perspectiva unilateral, para futuras operaciones.

La actuación unilateral en el plano político tiene consecuencias económicas porque no es evidente que el mundo sea más seguro después de la guerra. La razón es que para construir estabilidad y democracia el proceso importa tanto como el objetivo mismo.

Además, el proceso de globalización puede sufrir las consecuencias del ejercicio sin límites de la soberanía de la superpotencia de los EE UU, que rechaza la jurisdicción internacional. Es sintomático que los mercados de valores mundiales apunten el resurgimiento del riesgo-país como impulsor de sus movimientos. Las tendencias proteccionistas arrecian. Por ejemplo, las perspectivas de liberalización de mercados en la Ronda Doha de la Organización Mundial de Comercio se presentan sombrías y, muy significativamente, la movilidad del capital humano se reduce. Las anécdotas abundan; así, compradores de maquinaria americana de los países emergentes pueden esperar meses para obtener un visado de entrada, por razones de seguridad, y en los dos lados del Atlántico las posibilidades de boicoteos de productos americanos o europeos, franceses sobre todo, crece. Como simbólico colofón, las patatas fritas en el Congreso de los EE UU se transformaron de "french fries" en "freedom fries".

Los EE UU están poniendo barreras significativas a la entrada de investigadores, personal cualificado y estudiantes avanzados de determinados países. Este fenómeno es importante, puesto que el dinamismo de los EE UU se basa, en buena parte, en la importación de talento del resto del mundo dada la combinación de excelentes universidades y centros de investigación, con una facilidad para crear empresas, entorno fiscal favorable y oferta abundante de capital riesgo. Desde Europa, la fuga de cerebros a los EE UU, el brain drain, se puede considerar preocupante, si no cuantitativamente, sí cualitativamente. Por ejemplo, y con datos del censo de los EE UU de 1990, mientras que casi la mitad de los expatriados españoles en los EE UU tiene educación terciaria, en España el porcentaje baja a poco más de una cuarta parte; en los jóvenes entre 25 y 34 años los porcentajes respectivos son aproximadamente de dos tercios y de un tercio. Asimismo, entre los expatriados recientes (datos de 1990 también), en EE UU el 5% tienen un doctorado, mientras que el porcentaje se reduce a la mitad en España. Además, resulta que en los EE UU los trabajadores nacidos en Europa, controlando por otras características individuales relevantes, ganan casi un 10% más que sus pares, y tienen más tendencia a patentar inventos y empezar empresas, por ejemplo, en el sector de biotecnología. Todo ello indica que la contribución cualitativa del capital intelectual no nativo en los EE UU es crucial para el dinamismo de su economía. Esta fuerza de trabajo, muy cualificada, tiene intención de quedarse en EE UU en más de la mitad de los casos.

Obviamente, habrá que ver si estas amenazas al proceso de globalización se materializan o no, pero, en todo caso, la estrategia de la Administración de Bush pone en cuestión instituciones multilaterales que son necesarias precisamente para que el proceso de globalización dé sus frutos y tenga unas instituciones reguladoras que le den estabilidad. La libre circulación de ideas, personas, mercancías y capitales necesita unas instituciones multilaterales. Una estrategia unilateral por parte de EE UU va a chocar indefectiblemente con instituciones como el Banco Mundial o el FMI. Las primeras tensiones ya están aflorando con los programas de ayuda a Irak.

En el plano económico, la estrategia de la Administración republicana es también arriesgada. La Administración de Bush está siguiendo los pasos de la Administración de Reagan con una política de expansión del déficit público poco prudente. Al final de la Administración de Clinton se planteaba qué hacer con el superávit presupuestario. Bien, el "problema" ya está resuelto y los niveles de deuda se están disparando. Incluso el Senado, con mayoría republicana, ha recortado sustancialmente los planes de Bush de rebaja de impuestos. Es una estrategia imprudente que puede plantear problemas graves a la economía americana, sobre todo si la confianza de los inversores extranjeros, y el dólar, se desploman. Al mismo tiempo, la política económica de la Administración republicana, con medidas proteccionistas a la industria del acero, también va en contra del proceso de globalización y apertura de mercados. Habrá que ver qué recomendaciones proporciona el flamante presidente del Consejo de Asesores Económicos de Bush, el profesor Greg Mankiw, de Harvard. No lo tendrá fácil, puesto que el profesor Mankiw es autor de un manual de economía de gran difusión en el que se explican los principios del análisis económico sobre el déficit público, los aranceles proteccionistas el acero, o los subsidios a la agricultura, que contradicen la práctica de la Administración de Bush.

En resumen, el riesgo tomado por la Administración de Bush en los planos político y económico es grande, con unas consecuencias potenciales a medio y largo plazo que pueden dañar los mismos fundamentos de los valores de libre mercado que profesa defender.

¿Qué puede hacer Europa? En primer lugar, intentar reconstruir el consenso entre los países democráticos para que así las instituciones multilaterales puedan tener un papel relevante como soporte del proceso de globalización. Fundamentalmente se trata de convencer a los EE UU que la estrategia unilateral es miope. La esperanza que la Administración republicana se dé cuenta de que su estrategia en el mundo puede ser mala para la economía... y para la reelección de G. W. Bush: ¡es la economía otra vez! En segundo lugar, Europa debe poner los recursos y la voluntad necesarios para tener una política de defensa propia, aunque coordinada con los EE UU y otros países democráticos, acorde con su peso económico. En tercer lugar, Europa, y Francia en particular, debería dar ejemplo de vocación multilateral en el comercio internacional. Un buen principio sería una reforma a fondo de la Política Agrícola Común y una apertura a los productos de países en vías de desarrollo. Al mismo tiempo Europa debería aprovecharse de la situación abriendo las puertas a la circulación del capital humano que los EE UU están restringiendo. Esto requiere un cambio de mentalidad en los anquilosados sistemas científico-técnicos en muchos países europeos y dosis de flexibilidad muy elevadas en todos los ámbitos.

Xavier Vives es profesor de Economía y Finanzas de INSEAD (París) y profesor de Investigación en excedencia del CSIC.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de mayo de 2003