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Por la paz y el empleo

Joan Coscubiela

Dos grandes temas centran el Primero de Mayo en Cataluña: la continuidad de las movilizaciones a favor de la paz y el final de una etapa económica y un ciclo político. La guerra ha acabado, pero no el conflicto, y mucho menos las razones que han llevado a la ciudadanía a ser el protagonista político durante meses. Continúa el drama de los pueblos de Irak, la inestabilidad aumenta y existe el riesgo cierto de que EEUU quiera repetir la operación en otros países.

Es más importante que nunca canalizar todo el potencial de las movilizaciones en un proyecto político que vincule a la inmensa mayoría de los sectores sociales a favor de la cultura de la paz, basada en políticas preventivas de los conflictos, el rechazo al uso indiscriminado de la fuerza y la utilización del diálogo y la cooperación. Construir esta alternativa pasa por el rechazo al unilateralismo militarista e integrista del Gobierno de EEUU; la apuesta por un orden internacional basado en la fuerza del derecho y no en el derecho a la fuerza, con unas Naciones Unidas necesariamente reformadas, que tengan como papel fundamental trabajar por la paz, y la potenciación de los espacios multilaterales, especialmente en el terreno judicial, para evitar que sólo comparezcan ante la Corte Penal Internacional los perdedores de las guerras. Y ahora que EEUU parece querer enterrar el atlantismo, incluida la OTAN, que tan buenos servicios le prestó en la guerra fría, es el momento de apostar por una Europa social unida políticamente, la vieja Europa de la razón, la libertad, la igualdad y la fraternidad, únicos valores occidentales y universales con los que los trabajadores y la ciudadanía europea se sienten identificados, lejos de los valores del fundamentalismo religioso con el que Bush justifica su imperialismo.

Pero para que exista paz en el mundo es imprescindible que exista justicia social, para que Europa desempeñe su papel es imprescindible que apueste por un modelo social alternativo a la globalización ultraliberal. Y ello significa romper con algunas políticas hasta hoy impuestas como las únicas posibles.

En este contexto, Cataluña vive, con España, el agotamiento de un modelo de competitividad basado en bajos salarios y desregulación, una manera de entender la competitividad ineficiente en términos sociales y económicos y que tiene los días contados ante el ingreso de 10 nuevos países en la UE. Aunque a nadie se le ocurre proponer públicamente que nuestras empresas compitan con las de los nuevos países bajando salarios, la realidad es que las estrategias empresariales y las políticas públicas van por ese camino. Las propuestas de permanente desregulación que recibimos los sindicatos, las políticas salariales restrictivas, el mantenimiento de un modelo de precariedad que genera grandes externalidades en las personas -siniestralidad, inseguridad social- y también en la sociedad -gastos de salud, impactos ecológicos- así lo confirman. Y lo reafirman las políticas públicas, que, lejos de preocuparse por la mejora de la formación del capital humano, de apostar por la innovación, de invertir en infraestructuras, de facilitar la compatibilidad de la vida laboral y familiar -no con subvenciones o ayudas miserables, sino con servicios comunitarios a las personas-, de facilitar la movilidad con políticas de vivienda y transporte colectivo, apuestan por que el mercado lo regule todo y por una política fiscal incapaz de garantizar el Estado de bienestar y la eficiencia del tejido productivo.

¿Qué tienen en común las reivindicaciones de la paz y el empleo de calidad? Tienen un hilo conductor, el mismo que a mi entender tienen las impresionantes movilizaciones habidas en nuestro país en los dos últimos años. La huelga general del 20-J contra la precariedad del decretazo; las manifestaciones por una nueva cultura del agua y en contra del PHN; las denuncias masivas contra las consecuencias de un modelo económico desarrollista, en el que los beneficios a corto plazo ocasionan daños ecológicos, económicos y sociales gravísimos, y las movilizaciones contra la guerra de Irak y el militarismo unilateralista de EEUU tienen en común el rechazo de amplios sectores de la ciudadanía al modelo socioeconómico construido sobre la globalización ultraliberal, sin reglas y sin derechos.

Y tienen en común la exigencia de participación, el rechazo a un modelo de democracia basado en el voto delegativo y en la mercadotecnia electoral, con ofertas demasiadas veces indistintas.

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Por eso alguien ha dicho estos días con acierto que es el momento de la política y no sólo el de las elecciones. La política que han llevado a la calle los manifestantes debe encontrar su articulación en un proyecto social alternativo. Y creo que los trabajadores quieren algo más que un cambio de gobierno y de personas. Se han movilizado y han exigido un cambio de políticas y un cambio en el modelo de empresa. Ahora que el único mundo posible del pensamiento único parece que comienza a flaquear, es el momento de hacer evidente que las políticas no son indistintas. La ciudadanía ha hecho visible que otro mundo es posible. Ahora le corresponde a la política, la política con mayúsculas, hacerlo viable.

Joan Coscubiela i Conesa es secretario general de CC OO de Cataluña.

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