Columna
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'Fiat iustitia, ruat caelum'

¿Qué es más condenable, atentar contra el habla o contra el hablante? ¿Qué tiene más mérito, abrir un periódico al día siguiente de su cierre judicial o abrir una sede política al día siguiente del asesinato de uno de sus dirigentes? ¿Qué es peor, rechazar con enfado un diario o utilizar ese mismo diario para simbolizar una nueva ruptura en los escaños del Parlamento vasco? Seguramente es injusto pretender establecer comparaciones entre hechos tan distintos, pero parece que estos días hay que volver a recordar en qué país vivimos: un país donde cada día, todos los días, se amenaza de muerte a la libertad de expresión y asociación de miles de nuestros conciudadanos. ¿Que es posible condenar el terrorismo, solidarizarse con las víctimas y cuestionar el cierre de Egunkaria? No sólo es posible sino que, en mi opinión, todo ello es imprescindible. Pero me disculparán el desahogo: más aún que el cierre de este diario me molesta, como ciudadano vasco, la agónica condena que de tal cierre hacen estos días personas e instituciones (algún día, estoy seguro, el mundo de la cultura y el deporte vasco tendrán que mirarse en el espejo de su historia) que jamás han dicho nada cuando ETA ha atentado contra tantos y tantos lectores de periódicos, y hasta contra unos cuantos periodistas.

Y dicho esto, vamos con lo otro. El cierre de Egunkaria es un despropósito, y más con el precedente de Egin. Se ha dicho que la organización terrorista intervino (¿cómo, cuánto, cuándo, hasta cuándo?) en la creación, dirección y sostenimiento financiero del diario. Habrá que probarlo. Mientras tanto, puedo entender la adopción de medidas precautorias para evitar que individuos presuntamente implicados en un delito grave puedan escapar de la acción de la justicia, pero un diario no puede darse a la fuga. Por definición, un diario ha de estar ahí, a disposición del público, todos los días. ¿Qué sentido tiene, entonces, decretar su cierre? ¿Pero es que están reñidas la justicia y la inteligencia? ¿No es posible, no es incluso necesario, sopesar las decisiones judiciales a la luz de consideraciones extrajudiciales tales como, por ejemplo, la alarma social que los hechos juzgados puedan generar? Una cosa es evidente: la decisión de la Audiencia Nacional de suspender la publicación del diario Egunkaria ha generado una amplia y profunda alarma social. La justicia ha tocado el nervio del mundo euskaltzale, que se ha echado a la calle, y ha colocado en una situación de extrema incomodidad a todo el mundo (político, sindical, cultural, mediático) no nacionalista.

Estoy dando muchas vueltas a un comentario del escritor Anjel Lertxundi recogido en el libro de entrevistas de Hasier Etxeberria Cinco escritores vascos: "La violencia nos ha robado la energía para decir que lo que no es justo no es justo. La sociedad vasca, sin embargo, no ha aceptado que el mal es de naturaleza moral, porque tiene miedo a mirarse en el espejo y decir: estoy enferma. No hemos aprendido a poner la política bajo la lámpara de la moral por eso, nuestro conflicto actual es moral, no político". Esta dificultad para decir, sin ambages, que lo que no es justo no es justo, puede extenderse desde el corazón mismo del horror hasta salpicar espacios muy alejados del mismo. De igual modo que si uno camina y camina en dirección norte llegará un momento en que se encontrará avanzando hacia el sur, hay un antiterrorismo que acaba por volverse terrorífico. Fiat iustitia, ruat caelum. Fiat iustitia et pereat mundus. Hágase justicia aunque se hunda el cielo, aunque perezca el mundo, pase lo que pase. Como si la justicia fuese algo absoluto. Como si la justicia no estuviese sometida a las mismas incertidumbres y miserias que cualquier otra obra humana.

La bushificación ha alcanzado la política antiterrorista del Gobierno de Aznar. El ataque preventivo, la unilateralidad, la ruptura de las alianzas y el desprecio de los efectos colaterales son la expresión de esta deriva. El cierre de Egunkaria es como bombardear Bagdad sin enviar previamente inspectores. O peor aún: bombardearlo con los inspectores dentro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0024, 24 de febrero de 2003.