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Tribuna:AULA LIBRE

Aprender a razonar

Agobiados por el sobrepeso de sus mochilas, miles de escolares inician la dura carrera de su proceso de formación sin sospechar que al final de ese largo periodo, la mayor parte de los conocimientos que habrán adquirido tendrán fecha de caducidad. La inmensa mayoría de los que lleguen a los últimos escalones de esa dura ascensión hacia el conocimiento -en cursos de posgrado, especialización, doctorado o masters- comprobarán que, en unos pocos años desde que dieron el último adiós a las aulas, una gran parte del saber que acumularon está prácticamente obsoleto. Lamentarán entonces que en esa primera mochila con material escolar no hubiese algo mínimamente relacionado con una asignatura primordial y olvidada: aprender a razonar.

La disponibilidad de la información ha alcanzado tal grado de globalización que hasta el más ignorante de los mortales -sabiendo manejar un ratón y con acceso a la Red- puede razonablemente sortear cualquier test de conocimientos avanzados y lograr una elevada calificación. La acumulación de saberes mediante métodos meramente memorísticos conforma todavía buena parte de nuestra realidad pedagógica, inmersa en una estrategia absolutamente desfasada y corta de vista, que puede acabar generando una masa de incapacitados intelectuales. Si a esa fácil accesibilidad universal a los datos le sumamos el elemento de su rápida obsolescencia, a esos incapaces intelectuales cabrá añadirles la condición de frustrados, con la permanente sensación de que lo que aprenden dura poco y no sirve para mucho.

Estamos llamados a seguir de por vida un proceso continuo de aprendizaje, de reciclaje constante, de adquisición y abandono perpetuo de conocimientos. Tal como hemos indicado, la gran mayoría de los conocimientos con los que renovamos nuestro saber los iremos adquiriendo mediante procedimientos crecientemente basados en los avances de la sociedad en red. A mayor abundamiento, la comprobación de esos saberes se hará también de forma no presencial, en una noria constante de pruebas o de exámenes, con libre acceso a la información y realizados desde el lugar de trabajo o el propio domicilio. Todo ello ha de permitir compaginar la formación permanente con la vida profesional, la familiar y los momentos de ocio. La única forma inteligente de sobrevivir y destacar en esa jungla de datos de acceso universal, superando los retos de una sociedad en permanente renovación, es una herramienta simple pero no banal: saber razonar. Aprender a razonar.

No hay que darle demasiadas vueltas para ser consciente de que la acumulación de conocimientos va a dejar de ser la señal distintiva del intelectualmente preparado y que esa distinción habrá que lograrla mediante la demostración de capacidades de análisis, de relación, de contextualización, de comunicación, que sólo la aptitud para razonar proporciona. Hay que tener esto muy claro. Dentro de muy poco a nadie se le va a dar un diploma por contestar a unas preguntas, sino por saber desarrollar ideas en todos sus aspectos y variables, con sus ventajas, sus inconvenientes y repercusiones. Y dará igual que el examinando tenga a su disposición todos los libros, apuntes y documentos que desee. Si no demuestra esa capacidad de razonar, no deberá superar la prueba.

No hay más remedio que reconocer que la capacidad de razonamiento está acogotada por una insensata ansia de demostrar -o de hacer demostrar- conocimientos en forma de recetas, nombres, fórmulas y soluciones. Año tras año se repite la misma historia y vamos de cabeza hacia una catástrofe de ignotas proporciones, pues el hecho de que la inmensa mayoría de esos estudiantes no estén adquiriendo las capacidades mínimas para sobrevivir en el mundo tecnificado y cambiante que se avecina, puede ser un auténtico cataclismo que tenga consecuencias sociales más que evidentes. Y costosas.

Sé muy bien que hay un gran número de maestros, educadores y profesores conscientes de esta situación y que intentan desarrollar en sus pupilos un sentimiento de aprendizaje que vaya más allá de esos nombres, fechas y fórmulas. Pero la tarea es tan trascendente que no se puede dejar solamente en manos de la buena voluntad, la vocación o la intuición profesional de unos entusiastas. Los formadores, pero sobre todo los planificadores de la formación, deben ser capaces de estar a la altura de las necesidades de los estudiantes y ser los primeros en adaptarse al cambio, ofreciéndoles las claves no sólo para aprender a desaprender y a reaprender, sino también a comprender, es decir, a quedarse con lo realmente necesario.

Hay que introducir cambios de forma institucionalizada en el sistema pedagógico, para dar prioridad al estímulo de esas capacidades de razonamiento. No se trata tanto de la inclusión en el horario de cualquier colegio, instituto o universidad, de un tiempo específico para desarrollar técnicas de razonamiento, como de que este concepto impregne realmente y de forma metodológica la práctica totalidad de la oferta educativa. No va a ser sencillo y exige fuertes cambios. Sobre todo en nuestras mentalidades. Hay que empezar a inculcar a cualquier escolar, desde el primer día que pisa un centro, que gran parte de los conocimientos universales están a su alcance a través de las nuevas tecnologías y de su ordenador, un ordenador que sabe manejar a las mil maravillas. Por ello debe también saber que repetir de forma más o menos ingeniosa esos conocimientos no tiene sentido y que la única forma de aprovecharlos eficazmente y desarrollar todo su potencial intelectual para cualquier actividad de su vida futura es mediante el uso sistemático de su capacidad crítica y relacional.

La información cambia cada pocos días, el conocimiento se renueva cada pocos años, pero la sabiduría continúa siendo la misma que permitió a Sócrates comprender -o intuir- que sólo sabía que no sabía nada...

Gabriel Ferraté es rector de la Universidad Oberta de Catalunya.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 24 de febrero de 2003