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Crítica:CANCIÓN | RODRIGO LEÃO

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Un piano en el que las teclas encadenan acordes armónicos y melodías reconfortantes frente a unas cuerdas emotivas. No era la banda sonora de El piano, ni la música para una Amélie romántica, pero podían haberlo sido. Y Rodrigo Leão podría perfectamente ser el Nyman o el Sakamoto luso. A estas alturas de la película, no se entiende que los cinestas no le reclamen, porque el compositor portugués pide a gritos una oportunidad importante. Ya en 1989 compuso la música de un filme de Manuel Mozos, pero, desde entonces, poco más.

Pasión, su último disco, es un concierto que dio en Lisboa, y que parte del repertorio de su disco en estudio Alma máter y de piezas de sus anteriores grabaciones -Ave mundi luminar, Mysterium y Theatrum-. Su actuación siguió la pauta, con apenas un par de obras inéditas y un instrumental de los días de Madredeus -Tardes de Bolonha-.

Rodrigo Leão

Rodrigo Leão (teclados), Nelson Ferreira (chelo), Viviena Tioupikova (violín), Jano Lisboa (viola), Celina da Piedade (acordeón y voz), João Portela (guitarra), Luis Aires (bajo), Luis San Payo (batería) y Ángela Silva (voz). Círculo de Bellas Artes. Madrid, 19 de febrero.

Para la filiación popular está el acordeón, ese instrumento bohemio nacido en Europa, que suena a nostalgia de otros lugares, a añoranza de personas perdidas o aún por conocer. La rotunda acordeonista nos recuerda que el fuelle llegó a Buenos Aires -Pasión- y que evocará siempre las calles de París -cantó un Jeux d'amour, apto para Jane Birkin o Carla Bruni-.

Y entran en acción batería, bajo y guitarra eléctrica -que vuelven a formar parte del devenir musical del lisboeta-, para compartir protagonismo con las cuerdas y la voz lírica -Carpe diem, canta en latín Ángela Silva-. A la vertiente neoclasicista de los primeros discos de Rodrigo Leão se suma ahora un lado más pop. No hay que olvidar que su grupo de juventud, Sétima Legião, fue uno de los pioneros del rock portugués. Y, veinte años más tarde, el recurso de la guitarra, y melodías de una sencillez desconcertante, se hacen de nuevo presentes para un discurso más accesible. Lo que está haciendo el portugués en solitario probablemente sea lo que ya intentó con Madredeus y terminó por agotarle. Así que vuelve lentamente al formato del pop, a la vez que explora vías con las que evitar la obviedad. Se le puede discutir la vigencia de sus soluciones, nunca el valor de plantearlas. El hombre capaz de renunciar hace diez años a Madredeus -el grupo que había fundado con Pedro Ayres-, justo cuando se instalaba en el éxito, se merece, como mínimo, un plus de atención.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de febrero de 2003