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Crónica:FÚTBOL | Jornada de amistosos

Raúl desmonta el mito alemán

El madridista, con dos jugadas deliciosas, tumba al subcampeón mundial

Raúl, siempre Raúl, hizo ganar a España un partido de verdad. Una cita complicada, envenenada por el oficio y las incomodidades del rival. Raúl, siempre Raúl, tumbó a Alemania, una selección muy grande aunque de fútbol pequeño. Que no juega un pimiento, que destroza los partidos a golpe de músculo y esfuerzo, pero que sabe ganar y que gana. Pero ésa es justamente la mejor virtud de Raúl, siempre Raúl, el único español que tiene la victoria entre ceja y ceja, el único con la ambición suficiente para desmentir la historia y las sentencias del fútbol, también las inexplicables, como la que protegen al equipo alemán. Raúl se inventó dos maniobras deliciosas, se convirtió en el máximo goleador de todos los tiempos con la selección (31 tantos) y envió a la lona a la subcampeona del mundo. Raúl, siempre Raúl.

31 goles con 25 años
NOMBREGOLESPARTIDOS
1. Raúl3159
2. Hierro2989
3. Butragueño2669
4. Di Stéfano2331
5. J. Salinas2256

Y eso que sin fútbol, muy en lo suyo, Alemania apagó la primera alegría española con una facilidad extrema. Bastó un simple saque de esquina y que luego se juntaran letalmente la fragilidad de los unos -Casillas, su flojera en los balones aéreos, y el resto, su despiste crónico a balón parado- y la potra eterna de los otros -el balón llegó a la red tras tropezar en Bobic y Jeremies después del cabezazo de Worns-. Ocurrió exactamente ocho minutos después de que Raúl hurgara en lo más profundo de su repertorio para bajar a Alemania la cremallera.

Lo que hizo Raúl fue sublime. Recibió de Baraja un balón profundo y le ganó tres cuartos de victoria a la jugada con un control exquisito. Un gesto en seco que le abrió el panorama para el remate y mandó a la vez al rincón contrario a Metzelder, un central libre de toda sospecha que perdió de vista todavía no sabe cómo tanto al balón como al futbolista que lo llevaba. Raúl, siempre Raúl, culminó su enésima maravilla con un zurdazo ajustado que hizo inútil la estirada de Kahn, probablemente, como él mismo dice, el mejor guardameta del mundo. Su problema, ayer, fue que se dio de bruces con Raúl, quien, aunque no lo declara, es posiblemente el mejor delantero. Cuestión de gustos y criterios.

Raúl había roto con su maniobra un partido enrevesado. Un duelo incómodo a partir del cual la España de Sáez pretendía ponerse a prueba, calibrar su lugar verdadero en el escalafón del fútbol. No se ponía en cuestión su buen gusto, su mejor técnica y estética, sino su fútbol a secas, su acento competitivo, su eficacia. Enfrente, Alemania, el prototipo de equipo con limitaciones en su juego, pero no en sus vitrinas. Y que se las apaña para, aunque de aquella manera, dominar de manera insultante las esquinas de los partidos.

Así ocurrió ayer. Sin mucho más en el ataque que la interesante técnica y habilidad de Schneider y la incansable movilidad de Klose, Alemania siempre pareció más que España. Pero su ventaja, esa sensación de tener puesto el partido donde más le convenía, tuvo más que ver con su trabajo defensivo, lleno de orden, músculo y oxígeno. Rudi Voeller tiró al equipo a presionar muchos metros por delante de su área y juntó sus tres líneas en muy poco terreno. Achicó el campo y el margen de maniobra de España, siempre incómoda, acosada en cuanto agarraba la pelota y obligada a jugar en una caja de cerillas. Los alemanes siempre parecían más. Pero no mejores.

España trató sin mucho éxito de llegar el partido por otros cauces, más bien al toque y por abajo, pero le costó encontrarle el sitio al duelo. Inexistente en las bandas, con muy poca presencia de Joaquín y Vicente, la selección vivió de los balones profundos que Baraja acertó a meter en largo para conectar con Tristán, que dejó amagos interesantes pero insuficientes para doblar a los fornidos centrales germanos, y con Raúl, que tiró de inteligencia para buscarse la vida por la zona de entrelíneas. En suma, muy poco.

Raúl abrió un hueco para la esperanza con la acción del 1-0, pero Alemania lo tiró abajo de un suplido ocho minutos después. Sin jugar bien, con ese tufo a mediocridad y fútbol plomizo, Alemania imponía su criterio. Tenía el choque en su terreno favorito, que siempre coincide con el que menos le interesa al rival. Porque la mejor virtud de Alemania es, al margen de su paciencia para saber esperar su momento, es su habilidad para sacar al adversario de sus casillas. Y efectivamente, España nunca se sintió a gusto. Se la suponía armada de más talento, pero el juego español fue finalmente igual de plano y vacío que el alemán.

La segunda parte, pese a los cambios, reforzó el aire alemán del partido. España se iba perdiendo la fe y, al tiempo, se la impulsaban los alemanes, que le comieron metros al juego y al planteamiento enemigo. Jeremies se fue atreviendo con intentos para los que no se le imaginaba preparado y el duelo adquiría muy mala pinta. Fue entonces cuando apareció Raúl, que ya había regalado dos pases sublimes a Albelda y Tristán, para salvar de nuevo los muebles. Se inventó otro control, esta vez dentro del área, dejó correr el balón y se fue al suelo. El penalti lo marcó, claro, el propio Raúl, el único que se había ganado ese derecho. El único futbolista español capaz de desmentir la verdad más aplastante del fútbol, ésa que eleva el pragmatismo germano a los altares. El único que sabe cómo se le gana a Alemania. Y que la gana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de febrero de 2003