VISTO / OÍDOColumna
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La casa de Lucifer

Me nacieron sin contar conmigo, ni pude oponerme cuando era preso de mis pañales. A partir de cierto momento soy dueño de mi facultad de desnacerme: mi única libertad. No culpo a los que me nacieron: sería un descuido, como pasa con casi todos. No lo pregunté por discreción, por buena educación que me dieron para que no preguntara ésa y otras cosas. Mi cuerpo es mío, creo, dentro de que lo comparten otras personas: las leyes y las constituciones, por raras que sean y por malabarismos que hagan con ellas; amantes y cónyuges, hijos y padres, ordenanzas y bandos; lo ha sido un sargento, un guardia, los poetas del 27 y algunos del 98, las líneas fijas de esta columna, algún sorbo de whisky, la vesania de un general o dos, los principios del Movimiento o la Constitución. Y el clima, el accidente: la pierna de aquella caída, que se resiente; el cuello de la tortícolis. Virus y bacterias, medicamentos buenos o malos. Elecciones. Bush. Recuerdo a Lenin, qué talento: "Libertad, ¿para qué?". Para acabar conmigo. No me interesa momentáneamente la idea, o soy demasiado responsable, dependiente también de los que dependen de que yo viva o no. Y a veces me distraigo un poco, incluso en el teatro.

Lo digo por la eutanasia, la maldad permanente de prohibirla para quienes tienen interés en morir y no pueden. La sociedad se vuelca contra ellos, hasta las personas normales que no tienen prejuicios religiosos. Veo detrás de ello un viejo sentido de la explotación: si el suicidio estuviera permitido, todos los siervos de la gleba, las almas muertas del zar, los que no comen jamás, podrían escapar del trabajo que tienen que cumplir para los que poseen. El infierno: no le absuelven a uno, y a muchos eso les deja mal sabor de boca. Ni permitir el aborto. Y ahora que sobra mano de obra, no permiten la fecundación artificial ni la clonación. Son dueños de la vida y de la muerte: los de las cámaras de gas, las guillotinas y las horcas, la inyección letal que pone un médico para conservar los derechos de su clase. Están los jueces de crucifijo en la mesa: al que no tiene movimientos ni libertad para acabar con su cuerpo, que es suyo, le dicen que quien le ayude será juzgado por crimen, y además irá al infierno. Qué pena que no exista. Pienso que, por la naturaleza en esta vida de los que se designa para ir allí, debe ser un sitio apacible, tranquilo, sin amenazas. El buen Lucifer también fue víctima de la religión y del orden establecido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 22 de enero de 2003.

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