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Raquitismo industrial

La situación del cine español generaba en otros tiempos dolientes debates sobre su raquitismo estético y su miseria industrial. Hoy, el mercado domina cualquier otra consideración y, al menos en este aspecto, la situación no parece ser muy distinta de la que tan enfáticamente definió Juan Antonio Bardem en las míticas conversaciones de Salamanca de los años cincuenta. Después de algunos años de euforia alimentada por la concesión de tres oscars de la Academia de Hollywood y zigzagueantes aumentos del número de espectadores, el cine español durante el año 2002 se ha enfrentado a una situación crítica. La recaudación ha descendido el 32%, desde 110 millones de euros en 2001 a 75 millones el ejercicio pasado, y el número de espectadores ha caído el 37%. En este contexto, un éxito internacional como el reciente de Habla con ella, con su triunfo en los Globos de Oro, ha de verse más como un reconocimiento a la trayectoria de Pedro Almodóvar que como un síntoma de la salud de nuestro cine.

Para explicar el hundimiento pueden exponerse razones variadas. Algunas son de orden estadístico, porque no cabe olvidar que en años anteriores algunas películas (Torrente I y II, Los otros, Airbag) alcanzaron récords de taquilla difíciles de igualar o superar. Hay quien atribuye la crisis a la debilidad de las plataformas de televisión digital, pero éste es un argumento epidérmico y coyuntural, que podría explicar una disminución en la producción venidera, pero no la actual caída de recaudación y de espectadores.

La causa de fondo es la debilidad congénita de la industria española de cine, que se prolonga ya durante muchas décadas. Hoy, el cine español es un minifundio sin rentabilidad financiera, incapaz de generar de forma sistemática productos cinematográficos que atraigan al espectador más allá de fenómenos episódicos. Baste saber que el 82,4% de los productores sólo fabrica una película, y siete de cada diez pierden dinero. No existen empresas competitivas capaces de poner en pie proyectos rentables cuando se exige una financiación razonablemente elevada, ni distribuidoras que privilegien los productos españoles en las salas. A eso se le llama raquitismo industrial.

Las soluciones son complejas y requieren tiempo. El lanzamiento de una industria española de cine requiere ideas nuevas y proyectos más ambiciosos, dirigidos a un público que consume hoy cine norteamericano y francés reciclado del espectáculo hollywoodiense porque no tiene otras opciones. No es una cuestión de ayudas públicas ni de legislación restrictiva del cine estadounidense, que ya existe; es cuestión de que las ayudas, pocas o muchas, se apliquen a la reestructuración de la industria antes que a la subvención particular de tal o cual película. Sin empresas fuertes, el cine español dependerá eternamente de la fortuna de los títulos de éxito, y cuando no los fabrique, se encontrará cara a cara con la miseria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 22 de enero de 2003.

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