Columna
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Los garbanzos

De los garbanzos tiene el vecindario periódica y puntual noticia en ollas y potajes. Si ese mismo vecindario tiene un origen rural y valenciano, recordará los años infantiles y adolescentes durante los que, puchero en ristre, le mandaban a uno buscar el agua de cisterna. Los garbanzos necesitan remojo para ablandarse. Hoy se compran embotellados y semicocidos y, aunque en la mesa sean igualmente sabrosos, tienen menos gracia. Tan poca gracia como la guerra por los garbanzos que se acentúa aquí y allá en los grupos políticos apenas apunta una convocatoria electoral. La guerra por los garbanzos es incruenta pero crispa y exaspera los ánimos; desorienta, además, a un electorado sobre el que llueven mares de declaraciones antes de los comicios.

Los garbanzos, como ustedes saben, se reparten en los primeros puestos de las listas electorales que, de resultar exitosas, comportan la olla y el potaje del cargo político y el sueldo público durante un tiempo. Las preciadas semillas de la leguminosa suelen ser motivo de disensión, división y discordia: tres des que en nada favorecen al grupo político, y menos en periodo preelectoral. Para intentar deshacerse de ellas, un grupo no demasiado numeroso de militantes del PSPV castellonense peleaba, hace ya más de una década, por la limitación de mandatos; porque nadie apareciese más de un par de veces encabezando, por ejemplo, la cabeza de lista para una alcaldía o un escaño en el parlamento autonómico. Las trifulcas en la agrupación de los socialdemócratas castellonenses, hoy ciertamente apaciguada, eran por aquel entonces de tronío, y los militantes que propugnaban la limitación de mandatos pretendían lograr los siguientes objetivos: que nadie calentase en exceso un sillón hasta considerarlo como propio; que nadie cayese en la cuenta de que la contraprestación de un suelo público por el ejercicio de un cargo público era eterna, y que la discusión política y la diversidad de pareceres navegara por las aguas de los contenidos y programas, por la actividad pública más que por los intereses personales de determinados militantes y afiliados. Ni qué decir tiene que la propuesta tuvo y tiene sus adversarios, casi siempre con puesto en plaza u oportunidad de tenerla, quienes se oponían y oponen a la misma con la fútil argumentación de que no se puede prescindir de la experiencia de determinadas personas. Como si esa experiencia no pudiese estar generosamente, y por convicción política, a disposición del grupo o partido político, aun cuando el interesado no detentara un cargo público con su prestación económica correspondiente.

La loable limitación de mandatos no se llevó a cabo. Y de nuevo aparecen por aquí y por allá las consecuencias: en Benicàssim es un diputado autonómico, procedente ya de otra formación política, la persona a quien la ejecutiva de su partido quiere poner como cabeza de lista municipal, pasando por alto la decisión, acertada o no, de los militantes locales del partido; en las comarcas alicantinas son un grupo de alcaldes durante mucho tiempo quienes ahora con la condición de ex negocian candidaturas y listas independientes que, con toda seguridad, perjudicarán al que hasta ayer mismo, mientras detentaban cargo, era su partido. Y son una muestra entre otras, como la búsqueda publicitaria de trabajo, con luz y taquígrafos, de un ex alcalde y ex diputado autonómico de La Plana durante largo periodo en los cargos, que desorientan al electorado, que ve en ello una actuación garbancera, es decir, vulgar, ordinaria y falta de miras.

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