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COLUMNA

El guardián ciego

Los medios de comunicación oficiales u oficiosos no saben qué elogios hacer de los aspirantes a la sucesión de Aznar. El único que se encuentra últimamente en horas bajas es Jaime Mayor Oreja, convertido a su pesar en un émulo del conejo apresurado de Alicia que corre para siempre llegar tarde. De Rajoy se dicen maravillas, resaltando incluso su aspecto de dandi británico y la finura de esos balbuceos reales o fingidos con que empieza sus intervenciones. En cuanto al escapado en la salida, Rodrigo Rato, es el economista del capital en estado puro, capaz de sanear la economía y conservar las ventajas del pasado socialista. Gescartera, ni se menciona. Así que tenemos un porvenir venturoso.

El único inconveniente, desde el punto de vista de la eficacia, es que ese juego de primarias en los partidos, a mucha distancia de la fecha de las elecciones, no ha traído hasta ahora buenos resultados. La razón principal es el desgaste a que se encuentran sometidos quienes tienen que estar postulando las propias virtudes políticas durante meses en competencia con rivales del mismo partido. En México, la larga pugna de las primarias favoreció sin duda a Fox. La experiencia de Borrell entre nosotros tampoco fue muy estimulante. Por todo ello, Zapatero hace bien en mantener un perfil bajo en espera de su hora.

Es Aznar quien ha asumido la responsabilidad de la ofensiva para mantener en alto el estandarte del partido y contrarrestar el golpe del Prestige. Lo ha hecho lanzando una auténtica cruzada en forma de endurecimiento de la legislación en los campos del terrorismo y de la inseguridad ciudadana. La dosificación en el anuncio de las reformas es prueba de que se intenta aprovechar al máximo la triste popularidad que la voluntad punitiva suscita en amplios sectores de la opinión pública. Todos los recursos valen en este sentido y un buen ejemplo es el tremendo programa de Carlos Dávila, entrevistando a la madre del guardia civil asesinado en el último enfrentamiento con ETA. Resulta perfectamente lícito exponer ante la opinión pública esas experiencias trágicas, pero si lo que se quiere es la justicia hacen falta ponderación y contextualización de manera que el dolor de una madre produzca una reflexión y no sólo una reacción emotiva en defensa del orden. Lo mismo puede decirse del tipo de argumentación esgrimida para el incremento en cascada de los castigos. A corto plazo, puede resultar rentable electoralmente, pero más allá de lo inmediato el sucesor de Aznar puede pagar la factura cuando inevitablemente la opinión compruebe que a pesar de ello los delitos y el terrorismo subsisten. Habría que recordar la observación del fabulista ilustrado: "Porque son jinetes malos, los que no me gobiernan sino a palos".

Hay, además, una vertiente muy preocupante en la táctica elegida por Aznar. Está dispuesto a hacer pagar a Zapatero la factura de sus críticas en el caso Prestige. Así que no pierde ocasión para señalarle con un dedo acusador, de insensato si se opone a alguna de las medidas propuestas o de pusilánime si las secunda. No le importa que por ello se abra un foso entre nuestros dos grandes partidos cuando en pocos meses va a ser absolutamente imprescindible su entendimiento para elaborar una estrategia conjunta frente al golpe de Estado encubierto que en Euskadi ha anunciado Ibarretxe. De entrada, Aznar y los suyos están focalizando en los últimos meses de manera exclusiva su mensaje sobre el tema vasco dirigiéndolo a la opinión pública española, a la que en este caso no hace falta convencer, al margen de que es un monólogo sobre el castigo, en tanto que la opinión pública vasca resulta completamente olvidada. Ibarretxe va por el mundo tan feliz contando que su pueblo tiene ocho mil años de historia y cantando las ventajas de su solución irlandesa dentro de Europa. Desde el Gobierno, nada: Ibarretxe se equivoca y debiera ocuparse del terrorismo. Todos los datos sobre la confusión que impera en torno al plan en la sociedad vasca y los apoyos que recibe a falta de explicación alternativa no son merecedores de atención alguna. Sin darse cuenta de que es en este punto donde se juega el futuro político y no en unas dosis mayores o menores de cárcel, o en la reedición del triunfo electoral protagonizado por uno de los tres aspirantes o por el tapado que Aznar designe.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de enero de 2003