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COLUMNA

Música para supervivientes

En un muy recomendable texto, publicado recientemente en el libro Rastros kármicos (Emecé, Barcelona, 2002), el ensayista neoyorquino Eliot Weinberger sigue audazmente el hilo de Ariadna que conduce al corazón mismo del laberinto de los racismos. El texto se llama Cataratas, y aunque claramente está escrito bajo la conmoción de las matanzas en Ruanda y Burundi de hace unos años, es sobre todo un original itinerario por las fascinaciones intelectuales y míticas que conducen a antagonismos irreparables. De los distintos ensayos contenidos en el libro se deduce que Weinberger atribuye este tipo de fascinaciones a casi todas las culturas y, de hecho, son de gran interés algunos de sus análisis sobre tradiciones no occidentales y, en especial, sobre la hindú. Llama la atención, por ejemplo, acerca de la vasta operación puesta en marcha por el nacionalismo gobernante en la India para reinventar el pasado de modo que las escuelas enseñan que las esencias espirituales proceden exclusivamente de la propia tierra india. Nunca se produjo esa famosa invasión aria de la que habían alardeado tantos estudiosos europeos porque los arios, si esto significa algo, siempre estuvieron allí.

'Cataratas' alude a las dos grandes construcciones racistas europeas, contra los negros, la raza de Cam, y los judíos, la de Sem

También los arios son, en parte, protagonistas de Cataratas, aunque en este caso no a partir sólo de los Vedas, sino también de la Biblia y de los antiguos griegos. Weinberger muestra con precisión cómo hipótesis aparentemente inocuas en el campo de la filología o la antropología condujeron implacablemente a los grandes choques raciales del siglo XX. Muchas ideas concebidas en los laboratorios mentales de las universidades decimonónicas acabaron convertidas espontáneamente en huevos de las serpientes de las que nacerían futuros desastres. Éste es un hecho indudable, si bien siempre será difícil acotar la directa responsabilidad de tales ideas en sus funestas -y a menudo manipuladas- cristalizaciones: la vieja pregunta, con tantas y tan demagógicas respuestas, sobre las presencias de un Nietzsche o un Wagner a la sombra de Hitler y de un Rousseau o incluso un Platón, como se ha llegado a decir, a la de Stalin.

Pero lo que llama la atención en Cataratas no es la condena, sino la cadencia. Weinberger no hace desfilar por sus páginas a nombres célebres para juzgarlos lapidariamente, como ha sucedido a menudo, o para absolverlos sin más, según predica el otro bando intelectual. Le importa el proceso de desarrollo de las ideas y aún más su ritmo. En esas aguas turbulentas, que acaban inevitablemente en cataratas, encontramos a Herder, Darwin, los hermanos Schlegel, Max Müller, Schopenhauer y, remontándonos hacia atrás, a san Agustín y a san Pablo. Weinberger quiere mostrar que el pasado se ha reinventado constantemente y que los grandes mitos excluyentes, lejos de ser el producto de pocas generaciones, son el resultado de una lentísima labor de sedimentación.

También ocurre, obviamente, en nuestro mundo y Weinberger, seguro de las comparaciones, no deja de buscar traducciones en él: esa lucha de civilizaciones que algunos ven como una cruzada y otros como una maldición. Sin embargo, Cataratas alude fundamentalmente a las dos grandes construcciones racistas europeas contra los negros, la raza de Cam, y los judíos, la de Sem, paradójicamente compartida con los árabes,.

Donde mejor se aplica, en cualquier caso, la lógica de la catarata es en el desastre que culmina en el holocausto judío: primero las aguas del río van lentas, aunque con esporádicos saltos; luego, sufren bruscas aceleraciones; finalmente, se precipitan en el vacío. Lo más sorprendente es que todo ocurre naturalmente, sin estridencias, sin que nadie, ni en las márgenes del río ni en el interior del propio caudal, sea capaz de adivinarlo. El estigma judío se fue grabando en siglos de historia europea, haciéndose cada vez más profundo en la política y el pensamiento. Pero nadie, antes de la catástrofe, había advertido de la proximidad de la catarata.

En la última película de Roman Polanski, El pianista, se refleja muy bien asimismo esta lógica de la catarata. Polanski, judío él mismo, se permite una osadía didáctica sin demasiados precedentes al insistir en este hecho, ya no, por supuesto, desde el ángulo de los verdugos, sino del de las víctimas. Los judíos de Varsovia, exterminados luego en masa, sienten en propia carne el horror de aquella lógica, pero dudan impotentemente ante el salto mortal que se avecina. Durante largo tiempo se refugian en la creencia de que el río, brutalmente revuelto, volverá a la lentitud anterior, e incluso cuando ya son encerrados en el gueto rehúyen conceder crédito a las informaciones que alertan del peligro. Cuando el ruido de la catarata es ensordecedor se ha hecho demasiado tarde. La insurrección es heroica, pero imposible.

Claro está que Polanski nos introduce asimismo en la insurrección más íntima de la supervivencia. En la historia del pianista Wladyslaw Szpilman la inicial inadvertencia de la catástrofe viene compensada por el tesón posterior con que el protagonista afronta su condición de casi increíble superviviente. Szpilman representa de una manera muy viva, tras la ocupación de Varsovia, el sentir general judío de que únicamente se trata de una crisis más grave que las anteriores, sin sospechar su carácter terminal. Es más: quiere mantener la libertad de considerarse un pianista y no un judío, pues, con toda razón, muchos judíos se rebelaron contra la idea de tener que identificarse como judíos. Cuando la fortuna lo pone provisionalmente a salvo entiende la nueva situación, pero no renuncia a su condición de pianista. Interpreta en el silencio.

La más admirable vertiente de la película de Polanski nos conduce a esta música silenciosa. Szpilman, encerrado en el mayor de los aislamientos, no es un héroe a la manera de los insurrectos del gueto, sino que es un héroe de su propio silencio: de esa supervivencia a la que le obliga la irremediable presencia de la catarata pero que él afronta con la constante idea de retorno a aquella situación en la que la música era su único mundo verdaderamente propio.

En la escena más emocionante de la película Szpilman, tras largo tiempo, vuelve a tocar el piano a petición de un oficial alemán. No obstante, su victoria decisiva se produce en una escena anterior, cuando teclea teclas inexistentes pero la música que escucha es más intensa que el pavoroso fragor de la catarata que le rodea.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de enero de 2003