Cinco mil nobles en Madrid, en una población de 31.779 moradores

Las referencias a los moradores de Madrid hace tres siglos y medio son sabrosas en el Catastro de Ensenada. En Cercedilla, por caso, vivían tres jornaleros, otros tantos leñadores, cuatro herreros, cinco zapateros y seis ganaderos, todos ellos de edades comprendidas entre los 18 y los 60 años, del estado general pues, es decir, del pueblo llano: ni eclesiásticos ni nobles. Madrid era la ciudad española con más miembros del estamento nobiliario, hasta 4.756, para una población de 31.779 personas. Sólo Getafe, Pastrana (hoy perteneciente a Guadalajara) y Vallecas superaban entonces los 500 moradores, entre los 57 villas y los 32 lugares que, con los Sitios Reales de Gozque y San Fernando, componían la provincia.

El promotor de aquel sustancioso censo fue Zenón Somodevilla y Bengoechea, un riojano nacido en abril de 1702 en Hervías, dentro de un hogar hidalgo humilde de ascendencia vasca. Un lienzo de Amiconi lo pinta, ya ennoblecido, como hombre decidido, de frente despejada y gesto un punto obstinado. Había vivido en Cádiz y trabajó como secretario del ministro José Patiño, todopoderoso bajo el reinado de Felipe V; fue también consejero del príncipe Carlos de Borbón, rey de Nápoles, luego Carlos III y de un infante almirante; y, por fin, llegó a la más alta magistratura de la nación como ministro de cuatro megaministerios: Marina, Hacienda, Guerra e Indias. Además de la organización de la Marina, el catastro que lleva su nombre fue, de sus merecimientos, el que más fama le procuró, con sus 80.000 libros de actas.

La exposición distribuye su oferta entre los intersticios que deja la estructura estrellada de la abovedada biblioteca del Ministerio de Hacienda. Sobre mostradores, entre vitrinas, las cartelas anuncian partidas, documentos y relaciones de predios a veces ingenuamente dibujados con menestrales y bestias como protagonistas. Hay un bello retrato de Jorge Juan, el gran marino y científico protegido de Ensenada. Objetos como alcancías, lacres, sellos, ambientan la atmósfera de un siglo como el XVIII en que la paz permitió previsión política y procuró prosperidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 11 de diciembre de 2002.

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