MI AVENTURA | EL VIAJERO HABITUAL
Cartas al director
Opinión de un lector sobre una información publicada por el diario o un hecho noticioso. Dirigidas al director del diario y seleccionadas y editadas por el equipo de opinión

Leyenda urbana de venganza en México DF

UN TAXI ME llevará a la basílica de Guadalupe, al norte del mapa. El tráfico de la ciudad de México es caótico y sus distancias inasibles, eso da tiempo para hablar. Conversando, el taxista me refiere una noticia que acaba de escuchar por la radio: un conductor, al mando de una camioneta con la parte de atrás descubierta, del tipo pick-up, atropelló a un transeúnte. Para evitar mayores complicaciones y por miedo a la policía (temible, al parecer), siguió su trayecto sin parar siquiera. Una hora más tarde, y ya del otro lado de la ciudad, lo detuvieron de casualidad los federales (la policía) por llevar un muerto en la camioneta. ¿Cómo?: a causa del golpe el peatón había volado hasta caer en la parte de atrás. El conductor, azorado por darse a la fuga, no se había dado cuenta de la situación y lo llevaba paseando como una hora.

-¡La vengansssa del muerto! -me sonríe el taxista, chasqueando la lengua-. Así titulan la notissia.

Llegamos: el santuario de Guadalupe es impresionante. Consta de varios edificios y son todos antiguos menos la nueva basílica, que parece un velódromo. Veo a unas penitentes andar de rodillas por la explanada, desfilando entre unos puestitos donde se hacen fotos postales sobre un fondo decorado. En los puestos hay una representación de la Virgen de Guadalupe, enfrente unos burros de plástico para subir a los niños con gorros de charro. Arriba se lee el lema sobre un arco: "Recuerdo de mi visita a la Virgen de Guadalupe", y a un lado hay una foto del Papa, de tamaño real, sobre cartón recortado. Por 30 pesos (unos tres euros) te hacen la foto.

En el lado izquierdo de la basílica antigua está la sacristía, que se puede visitar como museo. A la entrada hay una colección de exvotos: son pequeñas pinturas sobre madera o chapa, ofrecidas a la Virgen en agradecimiento por alguna curación, mejora o milagro. Algunas son muy inocentes, pintadas y escritas por el propio beneficiario del milagro. Las hay a cientos.

Luego subo al cerro, que es un vía crucis, y desde arriba tengo una estupenda vista sobre la inmensa ciudad de México, en la que viven unos 23 millones de personas y cuya particular idiosincrasia mezcla a veces lo humorístico con lo terrible.

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