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Crónica:FÚTBOL | 11ª jornada de Liga

El Barça se electrocuta en el Camp Nou

La falta de remate y el factor ambiental traicionaron al equipo azulgrana frente a un apocado Madrid

La carga ambiental del Camp Nou preparada para chamuscar al Madrid electrocutó al propio Barça, que no pasó del empate en un partido en el que se le exigía una victoria que mereció y al mismo tiempo se negó. A falta de jugadores y de fútbol, para el recuerdo y pasto del escarnio mundial quedará la imagen de un clásico interrumpido por orden del fondo norte del estadio, una situación que compromete y mucho al club azulgrana y por contra ayuda al Madrid a salir vestido de héroe del feudo de su gran rival.

BARCELONA 0 - REAL MADRID 0

Barcelona: Bonano; Reiziger, Puyol, Frank de Boer, Cocu; Gabri, Xavi; Mendieta, Riquelme (Saviola, m.90), Motta (Overmars, m.81); y Kluivert. Real Madrid: Casillas; Míchel Salgado, Iván Helguera, Pavón, Roberto Carlos; Makelele (McManaman, m.63), Cambiasso; Figo, Raúl, Solari (Raúl Bravo, m.60); y Guti (Miñambres, m.82). Árbitro: Medina Cantalejo del colegio andaluz. Mostró tarjeta amarilla a Figo, Guti, Gabri, Solari y De Boer. Camp Nou. Lleno. Unos 98.150 espectadores. Llovió durante el partido. Se produjeron lanzamientos de objetos, especialmente cuando Figo sacó los saques de esquina y en el minuto 72 el árbitro ordenó que los jugadores se retiraran a los vestuarios. El juego estuvo interrumpido durante unos 16 minutos.

El Madrid sacó un empate a cero que confirma la depresión goleadora de los dos equipos

Ocurrió que Figo se empeñó en botar los córners en las cuatro costados del campo, cosa que por otra parte acostumbra en casa y fuera, y a la que llegó a los del gol norte, donde campan los Boixos Nois, los mismos que recibieron el encuentro con bengalas, mandaron parar el partido un cuarto de hora. Tal que fuera un ejercicio de tiro al blanco, sobre el cuerpo del portugués fueron cayendo sin parar objetos grandes y pequeños, dañinos muchos, ante la impotencia de la policía, la irritación de la mayoría de la afición y el absentismo de la directiva azulgrana, superada por los acontecimientos, incapaz de contener un campo abierto del que el Madrid se retiró hasta que la grada se enfrió.

Pese a que se reanudó, el partido ya no se reemprendió donde lo había dejado el Barcelona, a punto para un triunfo que se había trabajado pacientemente frente a un rival que se defendía con más bravura que fútbol. Le faltó al Barça cordura en la grada y atrevimiento en la cancha, sobre todo ante la propuesta del contrario, que salió ileso del estadio, con Pavón a la cabeza. El Madrid fue un equipo más noticiable fuera que dentro de la cancha. A la lumbalgia de Zidane, se añadió un resfriado de Ronaldo, enfermedades que en otro tiempo ni se contaban al entrenador y que a día de hoy son excusa común en las estrellas del pop.

Hasta cierto punto es justificable que a Zidane le duela la carrocería de tantos gestos técnicos como ha aguantado. Con Ronaldo, en cambio, ya es otra cosa. El hombre del partido sobrevoló el Camp Nou como si fuera ET y dejó a Figo de nuevo destapado, a merced de una hinchada que le odia tanto como en su día le amó. Rebajada como quedó la alineación del Madrid, Van Gaal corría el riesgo de quedarse con su blindado cazando moscas. No tenía a quién ponerle la armadura o, cuanto menos, le sobraban carceleros. El técnico, sin embargo, mantuvo uno por uno los planos concebidos cuando se planteó desactivar a un contrario al completo sin reparar que había perdido en el camino al mejor futbolista de cada línea: Hierro, Zidane y Ronaldo. Quería el Barça repetir el partido de A Coruña. A saber: inutilización del rival, control de juego y arreón final.

No quería condenarse el Barcelona en ninguna desatención defensiva, sabedor que hasta el momento no ha remontado un partido, y se presentó en su propia casa con hasta ocho jugadores por detrás de la pelota, Riquelme de enganche y Kluivert de única punta. Y Kluivert no es Ronaldo para jugar en un paisaje como el pintado por el Barça. Incapaz en la elaboración, el Barcelona se inutilizó para suerte del Madrid, menos exigido desde que se supo su once inicial, despreocupado por Ronaldo, cómodo defendiendo.

Cambiasso y Makelele se mezclaron para que Xavi y Riquelme no recibieran la pelota, obligando al Barcelona a jugar a partir de Bonano y Reiziger, y Figo asumió el protagonismo que le concedieron las ausencias. El portugués protagonizó el primer cuarto de hora. Viró ante Cocu y Motta, que defendieron como falsos laterales zurdos, puso un centro de gol, botó los córners y hasta le metió la bota al tobillo de Cocu en una acción que le hizo cargar con una tarjeta amarilla tras haber sido volteado un par de veces. Muy juntas sus líneas, al Madrid le alcanzó con una buena presión para ligar al Barça, que sólo amenazaba con las jugadas de estrategia. Poca cosa para un partido de tanto impacto. Nada nuevo en un encuentro entre grandes, que desde hace un tiempo prefieren neutralizarse a desafiarse. Los centrocampistas se comieron pronto a los delanteros y el duelo se trabó, reducido a un asunto de desgaste físico, de tensión, de táctica.

El Barcelona desperdició mucho partido y desaprovechó también a demasiados jugadores, la mayoría de ellos en el banquillo, por no hablar ya del campo, reducido por su empeño en prescindir de las bandas. Ninguno de los futbolistas que podía hacerle daño al Madrid entraba en juego. Incluso Puyol. Hasta llegar al descanso. El Madrid, muy fatigado, se abandonó y dejó la pelota al Barça, que insistió en su diseño: a cada minuto que pasaba, un paso más adelante. Gabri fue el primero en tocar a rebato y la línea de pase de Riquelme se amplió. Únicamente un juez de línea no reconoció la superioridad azulgrana al anularle un gol a Kluivert que pareció legal a todos los efectos.

Iba cargando la máquina el Barcelona y reculaba el Madrid, de tal manera que el partido maduraba a gusto de los locales. El gol parecía más que nada un asunto de paciencia a no ser que el Madrid dijera lo contrario en una de sus contras, una suerte que ya redimió al Madrid en la pasada Liga de Campeones. Ocurrió entonces que el gol norte perdió la cordura y el partido degeneró en una crónica de sucesos. Procuró el Barcelona retomar el hilo una vez que se reanudó el encuentro, pero no hubo manera. La entrada tardía de Overmars y después de Saviola más que una vuelta de tuerca resultaron un punto de inflexión, porque a Van Gaal se le ocurrió retirar a Riquelme en una decisión que provocó la rechifla de la hinchada.

A falta de delanteros, el Madrid se defendió con entereza y sacó un empate a cero que confirma la depresión goleadora de los dos equipos. En ausencia de Ronaldo y de Zidane, el Barcelona se cebó en Figo, y se equivocó, tanto en la grada como en el palco, donde se comprobó que el desquiciamiento azulgrana obedece más que nada a la falta de altura de la presidencia. Va el Barcelona reculando y acabará por resucitar a quien sea menester para justificar su impotencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de noviembre de 2002