Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:LÍRICA

La veteranía es un grado

Con Leo Nucci y Ruggero Raimondi el Real ha vivido una de esas veladas que tranquilizan a la afición y a la empresa. Expectación, nombres, prestigios mediáticos y una cierta seriedad en el planteamiento. Frente a la verbena de los tres tenores, el barítono y el bajo anuncian rigor y amor al arte, recuperar la esencia del canto verdiano desde la ausencia de escena, con la partitura en el atril pero también con el movimiento inevitable de quienes llevan treinta y tantos años de tablas. Ya se sabe que las voces graves tienen menos tirón pero ellos son simpáticos y se meten al público en el bolsillo sin recursos fáciles y entregándose de buena gana.

La de Nucci y Raimondi -que no sólo han ejercido como intérpretes de Verdi sino también como rossinianos de pro- ha sido una lección de veteranía, de esa experiencia que sólo repite quien tuvo antes, retiene ahora y siempre le gustó lo que hizo. Y se repite lo bueno y lo menos bueno. Así Raimondi, que nunca disfrutó de un timbre demasiado bello, sigue utilizando como un elemento más de su carácter esa presencia escénica siempre un punto imponente y algo monocorde en el gesto. Fue notorio en el gran aria de Felipe II del Don Carlo, donde el personaje se impuso al intérprete. Nucci, por su parte, sabe mantener muy bien la línea, la voz aguanta el tipo todavía sin demasiados problemas y puede permitirse algún que otro alarde, como el final del Oh, de'verdi anni miei, de Ernani, con el que tapó con creces un comienzo inseguro y al que llegó sobrado de facultades.

Demostración de bravura

El dúo de Attila quiso ser una demostración de bravura pero, situado al inicio del recital, hizo pensar que las cosas irían sólo regular mientras, repetido como bis final, se convirtió en apoteosis tras una propina zarzuelera, un fragmento de Luisa Fernanda, que fue, con mucho, lo peor de la sesión. En el de Don Carlo entre Felipe II y Rodrigo se alcanzó una emoción extraña en este tipo de recitales que, sin embargo, no acabó de aparecer en el de Simon Boccanegra, a pesar de que Nucci comenzó muy bien en su evocación de la brisa marina, uno de esos momentos inefables del Verdi menos común. Cerraron con esa conversación prodigiosa entre Falstaff y Ford que es uno de los florones del último Verdi y que pide, quiérase o no, una escena, una orquesta entregada, un director atento y un público consciente de que está viendo un prodigio. Volvió a destacar Nucci, exagerando un poquito la bobería del cornudo mientras Raimondi sacaba panza y reaparecía con un sombrero de plumas en broma que el respetable agradeció.

La orquesta en estas ocasiones suele ser un mero apoyo. Mauricio Barbacini la dirigió en general con buen pulso y en las oberturas hubo de todo, desde la bastante insegura de Nabucco a la muy demagógica de Las vísperas sicilianas, tocada con un ímpetu que hacía pensar en ese Verdi fascinante para unos y vulgar para otros y que resulta ser el compositor más democrático de la historia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 13 de noviembre de 2002