'Vestidos de andaluces'
De esta guisa convocaba Pepe Isbert, aquel entrañable alcalde de Villar del Campo -perdón, del Río- a sus obedientes convecinos. Era para recibir a los americanos, con los postizos de un imaginario pueblecito andaluz. Hace de esto la friolera de cincuenta años. El verdadero nombre de ese lugar, sobre el que siempre erraba aquel apresurado gobernador civil de la película, es Guadalix de la Sierra, en la provincia de Madrid. Vueltas y revueltas que da la vida: de allí resulta ser oriundo mi buen amigo José Manuel Fraile Gil, excelente folclorista, que se ha llevado años recogiendo los verdaderos cantares de los gualiseños -así se llaman los del lugar-, hasta poco antes de que se extinguieran casi por completo. Pero que era un folclore todavía bastante vivo en 1952, año en que se rodó la película. Quiere decirse que, entre las muchas lecciones dulceamargas que contiene la historia de aquella Andalucía contrahecha, no es menor que Guadalix de la Sierra siempre gozó de unas canciones populares, de unas tradiciones, abundantes y muy hermosas, como para que nadie tuviera que forzar a sus habitantes a la cruel parodia de 'vestirse de andaluces'. Por la película, más bien parecía que aquellas dóciles criaturas nunca cantaban ni bailaban nada. Que sólo les quedaba en la vida esperar el maná de Mister Marshall, con los oropeles de una Andalucía de cartón piedra, a excepción de la bonita voz de Lolita Sevilla.
Ya se entiende que lo que se buscaba era precisamente la mayor eficacia de la burla, apoyada en el topicazo andaluz. Y que en este sentido la película logró un doble efecto: zamarrear a unos sumisos castellanos y despertar a una Andalucía de pandereta, que fue utilizada por el franquismo, hasta la náusea, como enseña nacional. Por cierto, sin permiso de los andaluces.
Pero no se acaban aquí los retruécanos de esta curiosa historia. Escuchando de nuevo el disco de ese rescate de Guadalix (Madrid Tradicional, vol. 14, Saga, M., 2002), resulta que varios de sus aires suenan a cosa conocida. Y ¿saben dónde? Pues en Andalucía. Claro que no será tanto la Andalucía del Bajo Guadalquivir, que es la que pasa por representante única de toda la región en materia de folclore -indebidamente-, como sí muchas de sus serranías y otras comarcas. Rondas del aguinaldo ('En mi vida he visto yo / lo que he visto esta mañana. / Un gallo estaba en la torre,/ voleando las campanas' tiene en Andalucía innúmeras variantes); de quintos, comparsas, jotas de baile... Cualquiera que sepa algo de cultura de raíz, no se extrañará de esto, pues de sobra es conocido que el cañamazo musical y oral de la mayor parte del territorio folclórico español es básicamente el mismo, y que Andalucía no escapa a esa norma, aunque con sus propias ramificaciones. Tan sólo se escapan el flamenco y la copla, precisamente. Dos auténticos enigmas, de una fuerza irresistible y contagiosa, pero que hace ahora cincuenta años se negaron, por primera vez y gracias a un valenciano llamado Berlanga, a servir de reclamo para nada ni nadie. Y menos para unos americanos que nos habían abandonado en la larga noche del franquismo.
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