Columna
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Silencio

¿Qué es España? Desde el siglo XlX hasta hoy esta pregunta ha dado de comer a innumerables ensayistas, analistas, escritores, periodistas y políticos. Ha generado infinitos congresos, simposios y mesas redondas seguidas de las respectivas bandejas repletas de canapés. ¿Qué es España? Felices tiempos aquellos en que, al hablar de su esencia inaprensible, la sangre era el zumo de tomate preparado que el camarero paseaba durante el cóctel al final del debate. 'Está muy rico el pincho de tortilla', decía un hispanófilo germano. 'Pues no se pierda usted el montado de chorizo que está de muerte', exclamaba un historiador encorbatado. '¿De muerte, ha dicho usted?'. Después del aperitivo llegaba el almuerzo y en medio de unos garbanzos muy potentes la esencia de España seguía siendo el hueso del cocido más duro de roer. Siempre había considerado que la gracia suprema de España, que es uno de los mejores países del mundo para vivir, consistía en que nadie se ponía de acuerdo en qué consistía, pero aquella duda histórica que ha sido tan creativa, hoy se ha vuelto a convertir en una fuente de terror, de fanatismo, de miedo y de silencio. Nadie sirve ya canapés para eruditos en esta España en blanco y negro. Comprende uno ahora lo que pudo ser el macartismo en Norteamérica durante la guerra fría en los años cincuenta. Bajo aquella represión ideológica muchos intelectuales y héroes de Hollywood escurrieron el bulto, callaron, delataron, se comportaron como unos cobardes e incluso algunos se suicidaron; en cambio otros dieron la cara y arriesgaron el tipo, se jugaron el futuro, se largaron del país o sobrevivieron en las listas negras sin perder la dignidad. Vivir hoy en el País Vasco bajo el fanatismo nazi, la extorsión y la amenaza de muerte defendiendo la democracia y el derecho a expresarse libremente es mucho más arriesgado. Exige una fortaleza heroica. Sin duda, existe una fórmula establecida para no tener problemas: callar, no significarse o seguir hablando de lo buenas que están las cocochas ante la noticia de cualquier atentado. Pero el germen del miedo a hablar también se está desarrollando como una hiedra en el bando de los demócratas y constitucionalistas que quieren la paz. Como alguien insinúe aquí una objeción a la política antiterrorista del gobierno o una leve insinuación de diálogo, será tratado de traidor, de terrorista y en el mejor de los casos, de ingenuo o imbécil. Conmigo o contra mí: eso era el macartismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 05 de octubre de 2002.

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