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Editorial:

35 horas largas

La semana laboral de 35 horas, el logro más emblemático del anterior Gobierno socialista francés, no ha muerto del todo, pero ha entrado en hibernación después de que el nuevo Ejecutivo, de centro-derecha, decidiera volver a las 39 horas, propuesta que ratificará la Asamblea Nacional. De los dos topes introducido en la Ley Aubry, la contrarreforma del Ejecutivo presidido por Chirac sólo elimina el cómputo de horas semanales. No el anual de 1.600 horas, aunque su aplicacíón flexible permitirá alternar periodos de más trabajo, semanas de 40 horas o más, con otras más cortas. Amplía las horas extraordinarias, pero a más bajo precio, dados los cómputos propuestos, y reduce las cotizaciones sociales, de modo que el aumento salarial que supondrá el alargamiento de la jornada no repercuta en las cuentas de las empresas. Todo ello acompañado de una rápida armonización de los distintos salarios mínimos.

La modificación de la jornada puede no sólo crear una nueva línea divisoria entre los empleados franceses -los de las grandes empresas salen mejor parados que los de las pequeñas, retrasadas en la aplicación de la semana corta-, sino que, en el colmo del cinismo, las 35 horas se acaban en teoría para todos, salvo los funcionarios, que ya lo tienen implantado en la realidad, según reconoce el ministro del ramo, Jean-Paul Delevoye. Éste prevé, como mucho, posibles flexibilizaciones en la función pública a pactar con los sindicatos.

El regreso a la jornada de 39 horas (en realidad, la media en Francia era de 38 horas antes de la Ley Aubry) llega en un momento poco oportuno de estancamiento económico. Aunque la utilidad de las 35 horas, especialmente en sectores como la sanidad, ha sido cuestionada, se suele atribuir a la reducción de la semana laboral la creación de 300.000 de los dos millones de nuevos puestos de trabajo desde 1997, y una parte importante del aumento de los contratos a tiempo parcial. Y para muchas empresas fue un instrumento para racionalizar sus plantillas. Su introducción estuvo acompañada de una paz social y una contención salarial poco habituales.

Ahora, los sindicatos se sienten engañados. Y será muy difícil que muchas grandes empresas cuyas plantillas aprobaron la semana laboral de 35 horas o de cuatro días se vuelvan atrás. Parte del legado de las 35 horas puede perdurar. A pesar de las reticencias iniciales, una buena parte de Francia, desde luego, los funcionarios, se había acomodado a esta jornada más corta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 20 de septiembre de 2002