Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:TEATRO | 'LA MALQUERIDA'

Tragedia de pueblo

Creo que la primera vez que vi esta tragedia rural la interpretaba Lola Membrives; luego, por Ana Adamuz. He visto a la Ladrón de Guevara, a la López Heredia. La Mistral no desmerece de lo que yo recuerdo de aquellas primeras actrices, quizá porque ella misma también las vio y ha querido reconstruir, con la ayuda del director Joaquín Vida, aquella manera de hacer, como si fuera un objeto de museo. No sé si merecía la pena, pero el sábado tenía muy buen público lleno de recuerdos o de esos falsos recuerdos que consisten en sentir como propio aquello que le han contado a uno tantas veces. Aunque algunos de ellos -los más jóvenes- rieran algo en el momento culminante: la muerte de la Raimunda (Nati). No por ella: por la situación, por el exceso.

La malquerida

La malquerida, de Jacinto Benavente. Con Nati Mistral, Manuel Gallardo, Mar Borsfallo, Alicia Agut, José M. Barbero, Lola Cordón. José A. Gallego, Luis Marín, Carmen Serrano, Jaime Tijeras y Alberto Alonso. Dirección: Joaquín Vida. Teatro Fígaro.

Algunas resurrecciones de esta obra histórica la han modernizado: la de Miguel Narros, por ejemplo, con la espectacular entrada a caballo del Esteban para llevar a la grupa a la Acacia, la 'malquerida'. Recuerdo una versión francesa con sólo cuatro personajes: el macho, las dos hembras y el sicario. El permiso del autor les fue negado o pidieron por él un anticipo excesivo; el director, entonces, lo pidió para La hija de Jorio, de D'Annunzio, y lo obtuvo a bajo precio: sin tener que modificar su versión. Siempre se dijo que la obra de Benavente (1913) estaba inspirada en la del italiano (1904), y puede ser: era muy frecuente en el teatro, desde el mismo Siglo de Oro, y sin olvidar a Shakespeare, tomar argumentos ajenos que, después de todo, son casi bienes de la narrativa popular: el valor estaba en el lenguaje, en la adaptación, en la estructura dramática.

La idea básica está, claro, hasta en el teatro griego y los apólogos orientales: el marido de la madre ama a la hija, que tambien le ama a él (de ahí su condición de mal querida; por quien no debe), cada uno en su secreto interno. El cuarto personaje es el sicario: el Rubio, que mata al novio de la chica el mismo día de su pedida en matrimonio. Por orden del 'señor amo' y por algo más: por el mando, por el poder. La frase que dice en su largo monólogo , 'Mucho mando', se hizo famosa durante muchos años -la obra se fue representado desde su estreno hasta, como se ve, ahora mismo-; y a mí ese monólogo me parece lo más original de la obra, y ese personaje el más significativo: entra en él el cinismo, la verdadera culpabilidad del crimen que no es siempre de quien lo ejecuta, la hipocresía: y el enfrentamiento del utilizado contra su amo. Es una moraleja sostenida por el villano; una alusión a la política, al poder, a la esencia del crimen: su actor la interpreta con fuerza, y supongo que si recibió menos aplausos que sus compañeros a la hora de las glorias es, como pasa tantas veces, porque representa el 'malo', que en realidad es el Esteban. Amparo Rivelles cuenta que cuando salía de gira con su madre, María Fernanda Ladrón de Guevara, la gente la maltrataba en algunas ciudades porque era la mala contra la madre.

Todo Benavente fue maltratado por las jóvenes generaciones de su tiempo: por Pérez de Ayala en su libro Las Máscaras, por Enrique de Mesa en sus críticas de El Sol; por todos los que iban a ser la generación del 27 de la que iba a salir el teatro de Lorca, el de Valle-Inclán: la modernización, la actualización del lenguaje, de los temas, de la moral pública. Cuando ganaron los fascistas, Benavente fue también maltratado por ellos: iba a decir que sin razón, pero eso sería convenir en que con otros la tuvo. Hoy se le puede ver con mayor perspectiva y reconocer su capacidad para el idioma, las frases, las situaciones y hasta el cuidado en ofender sólo un poco: el amor de padre e hija no es un incesto directo, sino que ella es sólo hija de la madre. Es cuidado, ese idioma, se mantienen claros y directos, como no puede ser menos en una compañía que encabeza Nati Mistral. Y el público parece apreciarlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de septiembre de 2002